¿Está resurgiendo una regla que el mundo enterró por ochenta años? ¿Estamos volviendo a la época donde el territorio y los recursos son de quien tiene poder para apropiárselos?
La resurrección de las esferas de influencia
Estados Unidos tomó el control del petróleo de Venezuela.
Rusia y Estados Unidos negocian el futuro de Ucrania sin que Kiev tenga la última palabra.
Argentina reactivó su reclamo histórico sobre las Malvinas justo cuando se descubrió petróleo en sus aguas.
A simple vista, tres conflictos sin conexión.
Mirados de cerca, comparten una misma idea: la esfera de influencia, un concepto que la diplomacia del siglo XX intentó borrar y que hoy resucitan las dos superpotencias de la Guerra Fría.
Dos rivales defienden la misma idea
Rusia exige, por escrito, que su entorno, incluida Ucrania, sea reconocido como zona de "interés privilegiado", con derecho de veto sobre cualquier medida de seguridad.
Estados Unidos, en paralelo, invoca abiertamente la Doctrina Monroe, ahora doctrina Donroe (la idea de que América Latina es zona de influencia exclusiva de Estados Unidos) para justificar el control sobre el petróleo venezolano.
Argentina observa esta tendencia y ve una oportunidad: si las esferas de influencia vuelven a ser moneda válida, tal vez el asunto de las Malvinas también pueda reabrirse.
El petróleo detrás del discurso
Ninguno de los tres reclamos es sólo simbólico.
Detrás de cada uno hay un recurso extraíble esperando: 65.000 millones de barriles en Venezuela, tierras raras y territorio industrial en el este ucraniano, y crudo en las aguas de las Malvinas.
La grieta que comparten los tres casos
Hay algo más que conecta estos casos: en ninguno está del todo claro que quien firma o pretende firmar tenga legitimidad plena para hacerlo.
¿Puede un gobierno interino venezolano comprometer el petróleo por cien años? ¿Puede Ucrania ceder territorio cuando su propia Constitución se lo prohíbe? ¿Puede Argentina reclamar la soberanía de un territorio negándole a su población el derecho a decidir sobre él? La legitimidad, en los tres casos, es la pieza más frágil.
No todos parten del mismo lugar. En Venezuela y Ucrania, una potencia busca imponer condiciones sobre un actor con menos poder.
En Malvinas, es al revés: el reclamante es el más débil. Intenta negociar contra una potencia nuclear que no tiene ningún incentivo para ceder.
Por eso Malvinas apenas está planteándose, mientras los otros dos avanzan.
Hace unos años habría sido un tabú diplomático decir en voz alta: “Esta es mi zona, no te metas”.
En cambio, hoy esta idea se defiende en entrevistas, se negocia en cumbres y se asienta en tratados.
Nadie reintrodujo por sí solo esta regla: la están reviviendo varias potencias a la vez, cada una convencida de que el mapa se acomoda a su favor.
Rusia la aplica en su frontera; Estados Unidos, en su hemisferio. Pero una medida que solo vale para el más fuerte no es una regla: es, en realidad, su ausencia.
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