Entre el asombro y la complacencia, madres y padres se cuestionan qué hacer con sus hijos.

Ambos jóvenes muestran un entusiasmo desbordante por lo que llaman un nuevo trend: las batallas de “farmear aura”.

“Nos avergüenza verlos en esas expresiones”, confiesa la madre, desconcertada.

“Farmear aura” se ha convertido en una forma de esparcimiento: la escenificación de una generación urgida por encontrar espacios de diversión y convivencia.

No debemos olvidar que son, quizá, los más lastimados por la prolongada parálisis social que dejó la pandemia.

Si lo observamos desde la empatía, detrás de estas expresiones podemos encontrar una profunda orfandad cultural y artística.

Pero ¿por qué nos molesta tanto a los adultos?

Quizá porque nos devuelve el reflejo de una triste realidad: el abandono cultural de las nuevas generaciones y la ruptura en la transmisión de saberes.

Hoy presenciamos el empoderamiento absoluto de las redes sociales, el ágora donde se democratizan nuevos y cuestionables criterios estéticos que desplazan valores como la rigurosidad, la dedicación, la proporción, la armonía, el equilibrio compositivo y el dominio de la técnica.

En el fondo, estas batallas no surgen del vacío.

Son también un síntoma de la cultura que les hemos heredado.

Durante siglos, las distintas escuelas artísticas rompieron con la tradición, pero lo hicieron a partir del dominio de una técnica, de una identidad y de una búsqueda genuina.

Hoy, en cambio, buena parte de la cultura parece sometida a la lógica de la estridencia, la velocidad y el mercado.

El arte tiene que ser explicado por sus creadores y curadores, en lugar de provocar por sí mismo una emoción.

El arte enfermó del absurdo, como un patógeno que consume nuestra época.

Acercarse a la música, a la pintura y a las distintas disciplinas artísticas debe masificarse: conocer la historia del arte como recurso pedagógico, como forma de encuentro social y como posibilidad de reconstrucción emocional.

Las nuevas generaciones intentan tejer con las hebras olvidadas que les dejamos.

Su tejido social se construye a remedos, pero esto no es culpa de ellos: es consecuencia directa de un abandono que provocamos.

Un buen amigo economista me recuerda que el producto interno bruto cultural en México sufrió un desplome drástico.

En 2024, el sector cultural creció apenas 1.2% respecto al año anterior.

Mientras celebramos que millones han salido de la pobreza alimentaria, ignoramos que muchos más pueden estar entrando en la pobreza cultural.

Los jóvenes necesitan oferta cultural.

Y quien hoy la está brindando es una entidad abstracta que habita en la red: un colectivo definido por algoritmos que decide qué se masifica y qué se pone de moda.

El joven, más que nunca, necesita aprender a pintar, a tocar un instrumento, a bailar, a actuar o a mirar.

Quizá entonces las batallas que den sean motivo de orgullo.

Porque quien conoce el arte también se conoce; quien aprende a manejar un pincel descubre que puede construir en lugar de destruir; quien se para en un escenario teatral encuentra un escenario muy distinto al de la calle o la pantalla.

La cultura no elimina la violencia, pero ofrece algo que esta nunca podrá dar: pertenencia, propósito y una vía para transformar lo que llevamos dentro sin convertirlo en daño.

Tras charlar con estos padres, concluimos que las nuevas generaciones ya traen su propia aura; el verdadero reto no es aplaudir cómo la “farmean” en el vacío, sino darles los recursos estéticos y culturales necesarios para que no se les apague.

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