John Watson Foster fue un abogado y canciller, encargado de llevar las relaciones entre Estados Unidos en México durante las administraciones de Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz, periodo al cual dedicó un libro, Las memorias diplomáticas de Mr. Foster sobre México, que fue publicado en 1923 por la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana.
El ministro llegó proveniente de Nueva Orleans a las costas de Veracruz en junio de 1873. Ahí fue recibido por una comitiva encabezada por su homólogo José María Lafragua, de quien destacó su amabilidad y su gusto por el cigarro. Sobre la vida en México, “lo que más impresionaba al residente extranjero […] era la carencia de facilidades de comunicación”, pues el correo salía para su país de origen cada tres semanas, además de que no existía forma de telegrafiar al extranjero y, aunque más tarde se estableció una línea por tierra, “los postes que sostenían el alambre […] eran el lugar favorito en el que el ganado se iba a rascar los lomos”, por lo que la mayor parte del tiempo no había servicio.
Debido a lo anterior, “en los círculos bancarios y comerciales, todo el mundo se dedicaba a trabajos de oficina durante la “semana de correspondencia,” pero después de haberse despachado se seguía una temporada de descanso y recreo”, por lo que aprovechaban para hacer días de campo o excursiones a zonas como Cuernavaca, Toluca, Pachuca o Puebla, regiones a las cuales se iba a caballo y portando armas de fuego debido al peligro de ser atacados por salteadores.

Algo que Foster también resaltaba era la reticencia de los círculos mexicanos y españoles para congeniar con los residentes no hispanohablantes, sin embargo, “cuando logramos hablar el idioma y nos familiarizamos más con sus costumbres, ellos comenzaron a asistir a nuestras recepciones en la Legación y éramos huéspedes bien recibidos en sus casas”. Asimismo, la burguesía mexicana tenía costumbres que le eran ajenas: “dan una gran ‘tertulia’, o reunión vespertina, o baile, pero no acostumbraban a dar comidas a las que se invitaran extranjeros […] sin embargo, concedían una pródiga hospitalidad”.
Uno de los periodos más álgidos para él, fueron los primeros dos años de la administración de Díaz. Luego de un intenso conflicto entre lerdistas y porfiristas, Díaz resultó ganador en las elecciones de 1877; así, Foster comunicó al gobierno de Washington el acontecimiento y solicitó instrucciones. No obstante, no hubo pronta respuesta ya que entre ambas naciones existían tensiones debido a un conflicto pasado en la frontera por unos terrenos, además del constante paso de indios y revolucionarios.
Aquí las mediaciones del ministro fueron de mucha utilidad, ya que, luego de que fuera llamado a comparecer a Washington sobre la situación y la estabilidad del gobierno de Díaz, “el presidente y el secretario de estado quedaron satisfechos por mis declaraciones de que sería mejor no demorar ya por más tiempo el reconocimiento y al volver traje conmigo a México la autorización para ponerme en relaciones oficiales con el gobierno mexicano”. Luego de este reconocimiento, Díaz dio un banquete en honor al diplomático en el Palacio Nacional.
Finalmente, el canciller terminó sus tareas en el país en marzo de 1880, cuando fue trasladado a servir en el mismo puesto dentro del Imperio ruso. Foster representó para México un aliado en sus relaciones con Estados Unidos, gracias a su honesta y sencilla opinión. Sus tácticas de negociación durante sus puestos políticos al servicio del Congreso de Washington dieron pie a que el funcionario desempeñara el cargo más conveniente para él.
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