"Y el abuelo un día en un viejo barco se marchó de España.

El abuelo un día, como tantos otros, con tanta esperanza.

La imagen querida de su vieja aldea y de sus montañas se

llevó grabada muy dentro del alma, cuando el viejo

barco lo alejó de España".

Alberto Cortez

"Pueblo mío que estás en la colina tendido como un viejo

que se muere, la pena, el abandono son mi triste compañía.

Pueblo mío, te dejo sin alegría".

José Feliciano

Fue el 4 de octubre del año 2023 la primera vez que visité el pueblo de Jabaloyas, conducido por las preciosas manos de mi amada esposa Gloria Elena Martínez Yagües, conocida en el mundo literario con el criptónimo de GEMY. Veníamos de Cuenca, camino a Teruel con destino final a Valencia. Sin embargo, en la ruta era obligatoria la parada para conocer la tierra de sus ancestros, la región de donde emigró el abuelo de mi amada hace más de un siglo.

Desde ese día y hasta la fecha debemos haber regresado prácticamente una docena de ocasiones, en cuando menos la mitad de ellas para pernoctar, disfrutando de noches estrelladas incomparables. Las veladas allí se desbordan de algarabía, como recitaría puntualmente el inmortal poeta argentino Don Alberto Cortez, que tanto amaba la Península Ibérica y le escribió versos hermosos, nostálgicos, mágicos y místicos, como el que engalana el epígrafe.

Ese día en particular, el de la visita inicial, nos esperaba el principal anfitrión de esta tierra: el querido PRIMO (CON MAYÚSCULAS), Don Fermín Yagües Ferrer, quien nos guió espléndidamente por el laberinto de las antiguas genealogías familiares y sus memorables moradores. Lo acompañaban en tan generosa labor dos parejas de entrañables lugareños: Carmen con Gaspar, y Eva con Marc, sencillamente de lo mejor que tiene el pueblo en materia de hospitalidad y finas atenciones. Debo confesar que no fue ese mi primer acercamiento con el emblemático nombre que da título a esta bendita tierra anidada al pie del Javalón. Dato curioso: el nombre del pueblo se escribe con B, a diferencia del monte, que se eleva a más de 1.650 metros sobre el nivel del mar en la Sierra de Albarracín, Teruel, Aragón.

Fue en los años ochenta cuando, en mi natal Tijuana, Baja California, México, escuché por vez primera el enigmático nombre de Jabaloyas. A nuestras respectivas familias, los Martínez Yagües y los Mora Álvarez, nos une un legendario pasado común que incluye afectos añejos y amistades nostálgicas que abarcan varias generaciones de convivencias entrañables, superando con creces el medio siglo de afortunados encuentros. Fue el tío mayor, Don Ismael, quien abrió ese camino. Lo llamo "el mayor" porque fue el primogénito de la unión entre el abuelo Don Eduardo Yagües Jarque y Doña Elena Ames Gilbert, quienes procrearon además a Doña Gloria, madre de mi amada esposa; a la tía Doña Alicia, y a Doña Josefa, ya en el reino del Señor, junto con Eduardo, quien partió siendo un bebé y desde donde, sin duda, envían bendiciones a los suyos cada día.

Fue precisamente el tío Ismael quien, me atrevería a decir, internacionalizó el nombre de Jabaloyas, ese nombre que su padre llevó en el corazón y en las venas hasta Las Américas, al inaugurar un negocio turístico con ese emblema, que aún pervive en la memoria de la zona bajacaliforniana. Apenas el pasado 9 de abril de este ya inolvidable 2026, recibimos de manos de nuestra adorable hermana Mariela, junto con el "CUÑAO" Óscar Castillo Murciano, la generosa invitación a escribir estas sentidas líneas de homenaje al pueblo que dio origen a la magistral dinastía de los YAGÜES, dinastía en la que ahora nos integramos como Familia, sumando a ella a nuestros propios descendientes: hijos, nietos, hermanos, padres, abuelos, ese interminable y monumental etcétera de cariño del que habla Cortez al honrar sus orígenes.

"Y al tiempo al abuelo lo vi en las aldeas, lo vi en las montañas, en cada mañana y en cada leyenda, por todas las sendas que anduve de España".

Así celebran quienes, siendo ya amplia y dichosa descendencia, regresaron algún día a la tierra del abuelo a honrar su memoria y el espacio que tanto amó, mientras él los acompañaba sonriendo desde el cielo en tan majestuosa celebración. En uno de mis paseos, en una de aquellas veladas, caminé por primera vez a la Plaza Vieja.

Era ya entrada la tarde. La luz caía oblicua sobre las piedras y todo el casco antiguo adquiría ese color entre miel y ceniza que tienen los pueblos de la sierra cuando el sol se rinde. Avancé por calles estrechas que olían a leña y a tomillo seco hasta que de pronto la plaza se abrió ante nosotros, y allí estaba: la Casa de la Sirena…

Construida en el siglo XV, de mampostería oscura y dos plantas que se sostienen con una dignidad que el tiempo no ha logrado quebrar. Pero lo que detiene los pasos es la portada: un arco carpanel abocinado de grandes dovelas, enmarcado por un alfiz, y sobre él, tallada en piedra con una precisión que hiela, la figura que da nombre a la casa. Una sirena. Cuerpo de mujer hasta la cintura, cola de pez desde allí hacia abajo. Con una mano se peina los cabellos. Con la otra sostiene un espejo. Me quedé mirándola más tiempo del que habría sido discreto.

A los lados de la portada, en las ventanas, otros dos escudos: uno con el sol, otro con la luna. Nadie en el pueblo parece ponerse del todo de acuerdo sobre qué significan. Algunos hablan de astrología, otros de alquimia, otros simplemente bajan la voz y cambian de tema. Hay quien afirma que esta casa no la levantaron manos ordinarias. La leyenda, antigua como el propio pueblo, cuenta que en una noche de luna llena las brujas de Jabaloyas bajaron desde las cumbres del Javalón cargando enormes rocas. No en carros ni a hombros: las transportaron volando, ensartadas en las puntas de sus ruecas y sus escobas, con una precisión que ningún cantero humano habría podido igualar. Y así, piedra a piedra, en el silencio de esa noche que nadie vio pero todos recuerdan, levantaron o adornaron las paredes de la casa que hoy contemplamos.

Yo miraba el espejo de piedra que la sirena sostiene sin cansarse desde hace siglos y pensaba que hay objetos que no se desgastan porque no pertenecen del todo al tiempo. La sirena, entiendo, no es un adorno caprichoso. En el folclore de esta tierra, como en el de tantas otras, las sirenas y las brujas comparten naturaleza: ambas seducen, ambas conocen secretos que los hombres no están preparados para escuchar, ambas fueron temidas y perseguidas por eso. La figura con el peine y el espejo vigilaba la entrada de la casa. Era un talismán, o una advertencia, según quién se acercara y con qué intención.

Algunas versiones de la leyenda van más lejos. Dicen que la casa fue el lugar donde se reunían las mujeres sabias del pueblo: curanderas, herbolarias, conocedoras de plantas y de cielos. Allí preparaban brebajes, compartían saberes, realizaban rituales de protección para los suyos. La sirena, con su espejo que refleja y su peine que ordena los hilos, era la guardiana de ese conocimiento. Lo que hoy llamaríamos medicina popular, entonces lo llamaban brujería. La diferencia la ponía el miedo de quien juzgaba.

Otras versiones, más mundanas pero no menos interesantes, señalan que la casa fue en el siglo XV el lugar de encuentros más discreto y concurrido de la comarca: amor, seducción y magia mezclados en la misma copa. La sirena, mitad mujer y mitad criatura del agua, simbolizaría esa dualidad que el pueblo siempre supo sostener entre lo sagrado y lo prohibido. Los historiadores más cautelosos apuntan a que el escudo podría tener origen en familias de comerciantes de lana italianos, donde la sirena era figura heráldica conocida. Puede ser. Pero en Jabaloyas prefieren la versión que tiene luna llena y escobas volando sobre el Javalón, y no se les puede reprochar.

Esa noche, de regreso a la casa donde pernoctaba, pasé de nuevo frente a la portada. Solo, mientras los demás ya habían entrado al calor y a las voces. La luz había desaparecido del todo y la piedra era otra cosa en la oscuridad: más antigua, más densa, con un peso distinto. La sirena apenas se adivinaba en la sombra. Solo el contorno del espejo captaba algo de la luz de la farola. Me pareció que me miraba.

Encendí un cigarro y me quedé allí un momento que no supe medir.

El frío de la sierra baja cuando el sol se va con una determinación que no admite negociaciones. Desde el Javalón llegaba un viento que olía a tierra mojada y a algo más, algo que no reconocí entonces y que no he sabido nombrar desde.

Pensé en el abuelo.

Pensé en ese hombre que salió de esta región cargando un nombre, Jabaloyas, y que ese nombre llegó a Tijuana y se convirtió en letrero de negocio y en palabra que los nietos aprendieron antes de conocer el lugar. Pensé en si el abuelo habría pasado alguna vez frente a esta portada, si habría mirado a la sirena como yo la miraba ahora, si se habría preguntado lo mismo que uno siempre se pregunta frente a las cosas que son más viejas que uno: qué saben que nosotros no sabemos.

La memoria de los pueblos es así. Guarda capas. Debajo de la genealogía está la historia, debajo de la historia está la leyenda, debajo de la leyenda está algo que no tiene nombre conveniente y que la sirena del escudo lleva peinando desde el siglo XV con absoluta indiferencia hacia quienes pasan.

Levantemos la copa para brindar jubilosos por JABALOYAS: sus fundadores, su gente buena, maravillosa y luminosa. Por la Casa de la Sirena y sus piedras que guardan secretos. Por las mujeres sabias que el pueblo nunca del todo olvidó. Por el abuelo, que se llevó este nombre cruzando el agua y lo depositó en otras tierras como quien planta algo sin saber del todo qué crecerá. Que Dios Padre los colme de bendiciones eternamente.

El segundo epígrafe, del magistral Don José Feliciano, lo integré porque encierra en su melodía la tristeza de aquella partida original. Para quien escribe estas líneas, es su interpretación más hermosa, la que inevitablemente arranca lágrimas. La incluí porque representa puntualmente la antítesis de lo vivido por el abuelo Yagües, quien en infinidad de alegres ocasiones regresó a su bendito origen acompañado de sus seres más amados, dejando así memoria viva para la posteridad.

Y la sirena, desde su portada de piedra en la Plaza Vieja, lo vio todo. Lo ve aún.

AÑORANZA:

Este emotivo texto, se registró en el noble concurso literario que organizó el entrañable pueblo de Jabaloyas, lo publicamos hoy para guardarlo en la memoria eternamente.

Hasta siempre, buen fin.

¡EL UNIVERSAL ya está en WhatsApp! Desde tu dispositivo móvil, entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

TEMAS RELACIONADOS