Regularmente la historia mexicana ha reconstruido a sus personajes como simples representaciones de lo que se considera o no aceptable. Tal ha sido el caso de Francisco Cárdenas, asesino material de Francisco I. Madero y a quien se le ha considerado como un simple sicario. No obstante, Edgar Sáez López matiza esta idea en su libro "Francisco Cárdenas, una vida entre el orden y la transgresión" (Secretaría de Cultura, 2021), donde reconstruye la carrera policiaca y militar de este personaje, cubriendo las etapas más importantes de su vida.

Cárdenas nació en 1878, en La Palma, municipalidad de Sahuayo, Michoacán, siendo el menor de seis hermanos. A diferencia de otros pobladores “no padeció una infancia de trabajador como peón” y “su familia se preocupó porque aprendiera las primeras letras”; esta ventaja le serviría para enlistarse en el cuerpo de la Policía Rural de la Federación, en 1898. Mientras ascendía dentro del cuerpo, contrajo matrimonio con Ramona Trujillo en 1909, con quien más tarde tuvo una hija llamada Enedina.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

Su momento de mayor fama fue cuando, un año después, participó en la captura y muerte del bandido Santana Rodríguez de Palafox, “Santanón”, un rebelde que estaba en contra de Díaz. Gracias a este logro fue ascendido, sin embargo, la prensa publicó un relato que aseguraba “que un soldado del 24º. Batallón, de apellido Curiel, era el verdadero ejecutor de Santanón y que Cárdenas había aprovechado la situación”. Luego de su promoción, el rural fue culpado de diversos cargos por abuso de autoridad, no obstante, a pesar de lo que señalaban las investigaciones, negó las acusaciones y nunca fue procesado.

Previo a la Decena Trágica, Cárdenas ya había mostrado antipatía por Madero, especialmente frente a Ignacio Teresa y Mier, yerno de Díaz y otro de los conspiradores, por lo que su participación en el magnicidio no fue casual, además de que Aureliano Blanquet tenía al michoacano por persona de confianza. Así, tras el derrocamiento del “Apóstol de la democracia”, se planeó el atentado y se decidió que el rural cometiera el crimen para no manchar el nombre del Ejército. Como resultado, recibió 18 mil pesos y conservó parte de “las pertenencias de Madero y Pino Suárez, incluidos 60 mil pesos que Madero llevaba cosidos en sus ropas”.

Una vez que Huerta accedió al poder, a Cárdenas se le encargó detener a los revolucionarios de Michoacán, aunque no tuvo éxito. Luego de la caída del régimen, se alió con Pascual Orozco, corriendo con la misma suerte. Fue así que abandonó a su familia y huyó a Guatemala en 1914, donde fue encarcelado en varias ocasiones, sin delito aparente. A pesar de estar detenido, tuvo ciertos privilegios, como salir de la cárcel con otros reclusos. En ese lapso comenzó una relación con Ernestina Fonseca, a quien le dejaría todos sus bienes.

En 1920, tras ser liberado, el gobierno mexicano pidió su extradición, por lo que fue perseguido y nuevamente detenido. Supuestamente, se suicidó con un revólver que llevaba oculto en un pañuelo para evitar el proceso judicial, sin embargo, hay inconsistencias. Según Sáenz, “Cárdenas no se suicidó, pero tampoco se puede afirmar que haya sido un asesinato […] por el lugar tan concurrido en que sucedieron los hechos”.

Francisco Cárdenas, como personaje, resulta complejo, mas, vale señalar que es el reflejo de lo que muchos rurales buscaban posterior a la caída del porfiriato: la restauración. Finalmente, debemos reconocer que Cárdenas “fue un corrupto y arbitrario; el gobierno maderista lo toleró y el huertismo lo premió”.