Tenía todo o casi para convertirse en el heredero político de su papá: su nombre (el mismo del “mejor presidente en la historia de México”), el apoyo irrestricto del aparato político, la simpatía heredada en las bases sociales obradoristas. El primer paso sería fabricar el “baño de pueblo” desde la Secretaría de Organización de Morena, de allí brincaría a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México o, quizás, a La Grande.
Pero se hartó de las simulaciones, no estaba dispuesto a reproducir las apariencias que mantuvo su padre por tantos años: el modesto departamento en Copilco, el Tsuru blanco y los 200 pesos en la cartera. ¡Al diablo con la austeridad republicana!
Con el triunfo de Morena, en 2018, a Andy le hizo justicia la revolución de las conciencias: no tuvo cargo en el gobierno pero ni falta le hizo, desde fuera construyó una red de negocios criminal.
El primer paso consistió en ubicar a sus amigos en posiciones clave de la administración pública: Daniel Asaf —el mismo que lo acompañó en su viaje a Tokio— como jefe de ayudantes de su padre, mientras otros de sus leales ocuparon cargos en dependencias desde las que podían otorgar por adjudicación directa o mediante concursos simulados contratos y concesiones. Otros de sus amigos se ubicaron en instancias con atribuciones para “apretar“ por si hiciera falta, como el SAT, en tanto Amílcar Olán constituía empresas que de la noche a la mañana obtenían contratos multimillonarios o les modificaba su objeto social de manera que una ferretera podría vender medicamentos a sobreprecios de escándalo.
La mera invocación de su nombre (Andy) era suficiente para que gobernadores morenistas le dieran contratos a las empresas de su red, también servía para remover obstáculos como ocurrió en el caso de los buques transportadores del combustible ilegal.
Ante las evidencias que cada vez estrechan más el círculo (el retiro de su visa americana, las investigaciones de Mexicanos contra la Corrupción y la impunidad sobre su compleja red de negocios y su nombre que aparece mencionado en la trama del huachicol fiscal), cualquiera que no se llamara Andy estaría en serios problemas, pero no aquí porque la Fiscalía General de la República (FGR) no irá por él; como tampoco investiga al senador Adán Augusto López y sus nexos con La Barredora o no encuentra al almirante Rafael Ojeda, porque, como lo ha reconocido la propia presidenta Sheinbaum, si cae uno, caerían los otros.
Sin embargo, la tentación del presidente Trump de ordenar un golpe quirúrgico en México que mueva a su electorado y las investigaciones recientes que advierten sobre presuntos vínculos de algunos de los cercanos a Andy con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) encienden las alarmas.
Si hacer negocios al amparo del poder puede resultar algo “normal” en un país en el que la corrupción es la verdadera costumbre del poder, vincularse con los narcos es otra cosa: son palabras mayores.
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario. @alfonsozarate
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