Horizonte Político
En días recientes, la OCDE entregó el veredicto del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) 2025, y el resultado para México confirma lo que el mundo laboral y educativo venía advirtiendo: se está formando una generación con menos herramientas que sus antecesores para competir en un mercado global cada vez más exigente y automatizado. No es opinión. Son cifras.
Los estudiantes mexicanos de 15 años obtuvieron 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, contra promedios de la OCDE de 463, 461 y 482: entre 53 y 75 puntos por debajo, casi dos años de escolaridad perdidos. Desde 2015 la caída acumulada es de 22 puntos en matemáticas, 15 en lectura y 5 en ciencias: no es un tropiezo, es la tendencia de una década. Cuatro de cada diez estudiantes -41.8%- no alcanzan el nivel básico de competencia, frente al 19.7% de la OCDE, y apenas 0.5% llega a la excelencia, contra 11.9% en los países desarrollados. Hasta en la región salimos mal parados: Uruguay y Chile nos superan con claridad.
Ante este diagnóstico, la presidenta Claudia Sheinbaum y la SEP optaron por minimizar: que la prueba "tiene limitaciones", que la ciencia "se mantuvo estable", que la Nueva Escuela Mexicana preserva la equidad; aunque no el aprendizaje. Es la retórica que convierte el dato incómodo en cuestión de interpretación. Pero ni la OCDE ni su director de Educación, Andreas Schleicher, pueden maquillar lo evidente: un país que invierte en cobertura sin invertir en calidad solo aplaza la factura. Y esa factura la pagarán los jóvenes que hoy tienen quince años, no quienes hoy ocupan un cargo público.
El problema no se agota en el aula: estos jóvenes llegarán a un mercado que ya los recibe mal: 18.9% de los mexicanos de 18 a 24 años ni estudia ni trabaja -tercer lugar entre los 38 países de la OCDE, cuando hace tres años ocupábamos el séptimo-. El desempleo juvenil (4.8%) casi duplica al nacional (2.7%), seis de cada diez ocupados -58.8%, según el INEGI- trabajan en la informalidad y tres de cada diez viven en pobreza. A ello se suman la automatización y la inteligencia artificial: quien sale de la educación básica sin comprensión lectora ni razonamiento matemático no está en desventaja, está fuera de la carrera antes de correr un solo tramo.
A las organizaciones sindicales les corresponde ir más allá de defender a quienes ya están en el mercado formal. Un sindicalismo maduro sabe que la educación no empieza en la fábrica, sino en la infancia: en el hogar y en la escuela del hijo del obrero. Cuando Vicente Lombardo Toledano fundó en 1936 la Universidad Obrera de México, comprendió que un movimiento obrero sin cultura está condenado a la dependencia. Sigue vigente: el artículo 153 de la Ley Federal del Trabajo faculta a los sindicatos a construir, junto con empresas y gobierno, esquemas de formación dual, conforme a la Declaración del Centenario de la OIT. Pero su compromiso con la sociedad no termina en el aula: fortalecerla exige acompañar la educación desde la primera infancia y defender la escuela pública como bien común, porque el desarrollo integral de una nación se decide, primero, en la formación de sus niños. Un sindicalismo que calla ante el rezago traiciona a la generación que mañana ocupará sus filas.
Pero es al Estado a quien toca lo más incómodo, porque sobre él recae la responsabilidad primera y la culpa mayor. Formar a las nuevas generaciones no es un trámite administrativo ni una cifra de cobertura: es la obligación fundacional de todo poder democrático, porque de ella dependen la sociedad que viene, su resiliencia y su capacidad de transformar el entorno. Un gobierno que enseña a leer y razonar forja un pueblo capaz de cambiar su destino; uno que maquilla el dato incómodo y legitima su modelo por el relato de equidad -nunca por los resultados- condena a millones a heredar el mismo rezago. Asumirlo obliga a una política de Estado -no sexenal ni faccional- entre la SEP, la Secretaría del Trabajo y los sectores productivo y sindical. Jaime Torres Bodet, que dirigió la SEP y luego la UNESCO, entendía la educación como la única política capaz de igualar destinos y formar pueblos libres; hoy parecemos haberlo olvidado.
¿Qué le espera a quien hoy tiene quince años? Un mundo profesional que ya no perdona la falta de herramientas y un mercado que exige cada vez más mientras ofrece, en la informalidad, cada vez menos. José Vasconcelos soñó con una raza que hablara por el espíritu de la cultura; hoy bastaría con que hablara con fluidez lectora y dominio matemático. Los jóvenes no piden un discurso: piden una educación que los prepare para el mundo que heredarán y un mercado que los reciba con dignidad. Ambas deudas siguen pendientes, y la factura, como todas las que se aplazan, llega con intereses.
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