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Antes del temblor, Dingo —un perro labrador— estaba inquieto, inusual. La señora Roberta pensó que era por el escándalo que había ocasionado el simulacro del sismo o tal vez quería hacer sus necesidades. Fue entonces que le puso la correa y pensó en sacarlo a pasear al parque detrás de su casa; juntos atravesaron la sala y ante la impaciencia del can, sólo alcanzó a tomar las llaves de la casa.

Apenas pisaron la calle, el perro empezó a aullar. Roberta se sintió mareada y un movimiento brusco la tiró. El sismo de 7.1 grados había empezado y los tomó por sorpresa.

Roberta es vecina del Colegio Enrique Rébsamen y observó cómo la barda y los tres pisos se vinieron abajo. En ese momento —relata— no tenían idea del tamaño de la tragedia.

Instintivamente ella y el perro corrieron a la entrada del plantel para ver cómo podían ayudar. Dingo se le escapó de las manos e intentó escarbar desesperadamente en un montón de escombros, justo el lugar de donde desde el día del temblor han sacado a 22 niños y cuatro adultos sin vida, y se han rescatado vivos a otros 10 estudiantes del colegio.

“Fue algo muy rápido, de verdad que no nos dio tiempo a nadie de nada, de nada. Las alarmas no sonaron, nadie avisó. Todavía estábamos hablando o asimilando lo del terremoto de 1985 con los vecinos. Me acuerdo que decíamos lo bien que ya se preparaba a los niños, que ya había una cultura de qué hacer en una situación así”, comenta.

“Con lo que no contábamos es que los edificios están muy mal hechos, mal construidos, o no sé; no sé qué pasó en la escuela, porque fue impresionante cómo todo se vino abajo, fue en una cuestión de nada. A todos esos pobres niños no les dio tiempo, cuando llegamos lo que hicimos fue sacar a los que estaban en el patio y pedir ayuda; se me parte el alma, pero no pudimos hacer nada más, todos estaban encerrados”, cuenta la vecina del plantel educativo.

La mujer, enfermera de profesión y con 45 años, jura que Dingo la salvó posiblemente de una situación más complicada. Su casa presenta cuarteaduras de consideración y parte del colegio dañó la estructura de su techo. Dice incluso que si le hubiera hecho caso o entendiera lo que el perro quería decir, incluso salvaría a los niños. Se consuela argumentando que contra la naturaleza nada se puede hacer.

“Ahora que ya lo pienso con calma, el perro sabía lo que iba a pasar, él sabía de la escuela y sabía que había niños, porque es muy juguetón, entonces quizá si lo soltara alertara a todos o hiciera un escándalo; no lo sé con exactitud, pero siento que pude hacer algo más”, dice la entrevistada, quien prestó su cochera como centro de acopio y atención médica para los primeros niños que empezaron a salir del colegio.

Al igual que la casa de la señora Roberta, otras tres viviendas presentaron daños graves. Aún esperan un peritaje para saber si se pueden habitar o serán demolidas. Mientras tanto pernoctan con sus familiares y en el día ayuda en lo que pueden en toda la zona.

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