Crónica. La ciudad es una "gelatina"

La preocupación de no tener en dónde vivir ocupaba la mente de Sandra
El susto, esa consecuencia sicológica de un fuerte temblor, se queda en el ánimo de la gente que ha escuchado la alarma sísmica. FOTO: IVAN STEPHENS. EL UNIVERSAL
24/09/2017
03:40
Juan Arvizu
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Perdió su pobre vivienda por el temblor del martes y anduvo por la ciudad, sin techo, ni comida, preocupada por la enfermedad de uno de sus tres pequeños, pero más le duelen, dice, “las mamás de los niños de la escuela [Enrique Rébsamen]”, que es lo peor que ha ocurrido en la tragedia de la Ciudad de México. Lo suyo, “no es nada, todo se recupera, pero la vida de un hijo…”.

Sandra Hernández, de 28 años, durmió mal la noche del viernes en Urgencias de La Raza, pues no tenía adónde ir y ahí amaneció este sábado; antes, el jueves, estuvo en un hotel de 150 pesos la noche, pero el estrés no la dejaba descansar. Temerosa se sobresaltaba, y ni qué decir de la incomodidad de la sala del Seguro Social que fue su albergue.

A las seis de la mañana se dirigió al Centro de la ciudad y cuando vino el sismo de las 7:52 horas, Sandra no sintió, no escuchó y no recibió el contagio del miedo que se propaló por la urbe con el sonidor de la alarma sísmica, que daba los buenos días a los millones de habitantes de la capital del país.

En las áreas de destrucción, los trabajos de remoción de escombros se suspendieron y vecinos en toda la ciudad salieron a la calle en pijama y pantuflas, con perros en brazos, y con azoro, a falta de maquillaje o “manita de gato”. Temerosos miraban si se movían los edificios o los postes. Fueron momentos de no saber qué iba a suceder.

El hecho es que el susto, esa consecuencia sicológica de un fuerte temblor, se queda en el ánimo de la gente que ha escuchado la alarma sísmica, pero doña Sandra es una de las muchas personas que no se han dado cuenta del peligro. Además, el temblor fue leve.

Con todo, Sandra está tensa, porque sus hijos se exponen a los peligros de la calle y del caos en los que se ha vivido desde la primera hora de la tarde del martes, y por fin, en este cuarto día, encuentra un lugar de descanso, donde se da un baño, sus hijos comen y deja de preocuparse porque le vayan a robar a alguno de sus pequeños.

La ciudad, en tanto, es una gelatina. Hay incertidumbre, como uno de los efectos del sismo matinal de 6.1 Richter, que se reporta como réplica del primer terremoto del mes. En la jornada de este sábado aumenta el número de fallecidos en la capital a 169 personas. Pero el conteo no se ha cerrado aún.

En la colonia Del Valle, la Comunidad Marista muestra la efectividad de su brazo de apoyo a la sociedad, con un ejército de voluntarios que moviliza toneladas de ayuda que recibe en el Centro Universitario México (CUM), y que desde allí se reparte a donde sea necesario.

Para animarse, de manera espontánea, alguien canta Cielito lindo y los brigadistas se unen en un gran coro callejero que sin dejar de mover cajas con ayuda se contagian entusiasmo.
La acción de los voluntarios se diversifica. Si en las primeras horas urgía quien cargara con escombros, ahora, por ejemplo, en el albergue de la Delegación Cuauhtémoc, a la hora de la comida de sirven platillos calientes, preparados por una chef profesional, asistida por vecinas de Peralvillo.

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