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Washington.— La amenaza de cerrar la frontera entre Estados Unidos y México es la última de las acciones que la administración liderada por Donald Trump ha puesto sobre la mesa como medida para poner freno a la migración que ha convertido el éxodo centroamericano en una crisis para una Unión Americana regida por políticas antiinmigrantes.

“Es difícil imaginar el cierre de la frontera México-Estados Unidos”, apunta a EL UNIVERSAL Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano.

Nadie duda que la advertencia es un paso más en el estilo “duro y amenazante” de Trump. “Le funciona políticamente”, dice Shifter, convencido de que está recuperando una retórica que puede ser útil con su base electoral, pero es nociva para las relaciones internacionales.

“Desde el inicio de su campaña presidencial en 2015”, apunta Maureen Meyer, directora para México de la Oficina en Washington para América Latina (WOLA), “quedó claro que Trump iba a usar una retórica cruel, antiinmigrante y anti-México como una pieza central de su campaña y su presidencia”. La última advertencia hay que encajarla en esta tendencia, como parte de su lenguaje “deshumanizante.

“Con su amenaza de cerrar la frontera Trump está utilizando la misma estrategia de bravucón que usó en la renegociación del TLCAN y en otros contextos internacionales, creyendo que a través de amenazas y maltrato otros países van a ceder a sus exigencias sin medir las consecuencias de largo plazo para Estados Unidos”, añade.

En este caso, la amenaza es la deriva de la presión a otros países, México en este caso, para que actúe siguiendo su voluntad (frenar caravanas de migrantes centroamericanos), así como la incorporación de la advertencia al Congreso para un cambio en la legislación. Para Meyer, el creciente número de migrantes que llegan a la frontera demuestran el “fracaso de la política de disuasión” de la administración.

Rachel Schmidtke, del Mexican Institute del Wilson Center, compara la amenaza del cierre de la frontera con provocar que el gobierno federal se quedara sin fondos o declarar una emergencia nacional para conseguir dinero para el muro, o la política de separación familiar.

“Cerrar la frontera es una decisión precipitada, mal concebida y drástica que probablemente aumentará la crisis en lugar de ayudar, es algo que hemos visto antes”, explica, y deja claro que es probable que sea “contraproducente”, al igual que la idea de cortar ayuda a los países del Triángulo Norte centroamericano.

Los efectos no sólo serían “desastrosos” en el terreno económico: toda la región de la frontera se vería altamente impactada. “Afectaría a muchas ciudades fronterizas y a los ciudadanos estadounidenses y mexicanos que cruzan diariamente para trabajar”, expresa Andrew Selee, director del Migration Policy Institute, quien en su último libro, Vanishing frontiers, analiza precisamente la relación indisoluble e integrada entre ambos países.

Meyer recuerda que afectaría a los jóvenes estadounidenses que viven en México, pero estudian en Estados Unidos y “rompería la posibilidad” de que miles de personas visiten a sus familiares al otro lado de la frontera. Schmidtke señala que se apunta a “una pérdida de conocimiento, cultura e información para ambos países”, y a la pérdida social que significaría en cuestión de confianza en las comunidades binacionales.

“En lo general, causaría un caos en la frontera que grupos criminales podrían buscar aprovechar”, asegura Meyer. “La dureza sin estrategia ha enseñado los huecos del sistema y los polleros han explotado estos huecos y ofrecido servicios nuevos a los migrantes”, añade Selee.

Sobre las posibilidades de que termine cumpliendo su amenaza, los analistas no apostarían por el presidente. “Hay demasiado en juego”, reflexiona Shifter, “aunque con Trump es muy difícil predecir” por su carácter “impulsivo, que pocas veces piensa en las consecuencias de sus decisiones”. Para Schmidtke, el principal obstáculo será el propio Partido Republicano.

Meyer recuerda que no es la primera vez que Trump amenaza con cerrar la frontera —al menos siete veces desde octubre de 2018—, y augura que la decisión podrá cambiar cuando vea el impacto “sumamente negativo” en la vida de los estadounidenses, a los que “presume representar” y que se verán afectados principalmente por el golpe económico.

“Difícilmente se puede cerrar la frontera, pero Trump sí puede hacer que se mueva el tráfico comercial, vehicular y peatonal más lentamente (…) Hay cierta ironía en hacer difícil el flujo legal de personas y bienes porque el presidente Trump no haya podido parar el flujo ilegal”, concluye Selee.

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