Bruselas.— Luego de Palestina, Líbano, Qatar, Siria e Irán, en la agenda de asuntos pendientes de Israel aparece Turquía, aliado de Europa y de Estados Unidos, pero al mismo tiempo socio de Rusia y simpatizante de Hamas.
Conforme la intensidad del conflicto entre Tel Aviv y Teherán cambia, el centro de gravedad de la atención se desplaza hacia Ankara, una de las voces más relevantes en Medio Oriente y que un día fuera aliado israelí en una región hostil.
“Ahora que el papel de Irán como polo dominante de la oposición regional a Israel está en entredicho, se está consolidando una nueva rivalidad entre Israel y Turquía, una rivalidad que conlleva otros intereses, otros riesgos y una trayectoria mucho más impredecible que el enfrentamiento que la guerra actual pretendía resolver”, señala en un análisis Rawan Khodeir, investigadora del Al Habtoor Research Centre con sede en Dubái.
La causa subyacente de la tensión es la competencia por la hegemonía regional, la lucha por el equilibrio de poder, según analistas como Yoni Ben Menachem, del Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs. “Altos cargos de la seguridad en Jerusalén creen cada vez más que el debilitamiento de Irán ha elevado a Turquía a la posición de principal competidor estratégico de Israel en Medio Oriente”, sostiene en un documento Ben Menachem.
“Según su análisis, Turquía cuenta con un ejército numeroso y capaz, industria de defensa en rápida expansión, su pertenencia a la OTAN y una capacidad cada vez mayor para proyectar su influencia militar y política en toda la región. Además, los responsables israelíes consideran que el sentimiento antiisraelí no se limita al gobierno de Erdogan, sino que es compartido por sectores importantes de la oposición política turca y por una amplia parte de la opinión pública”.
Gallia Lindenstrauss, investigadora del Institute for National Security Studies de la Universidad de Tel Aviv, asocia el discurso público israelí y su referencia a Turquía como “el nuevo Irán” a un tema de seguridad.
“A Israel le preocupa especialmente la presencia militar de Turquía en Siria, la implicación de Ankara en la cuestión palestina y la posibilidad de que surjan tensiones en el Mediterráneo Oriental”.
“Además, Turquía está ganando fuerza militar, adopta posturas extremadamente críticas hacia Israel e incluso recurre a un discurso para deslegitimar a este país”.
La preocupación es recíproca. El ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, declaró que su país considera que la crisis actual forma “parte del intento de Israel de alcanzar la hegemonía regional” y las operaciones kurdas respaldadas por Israel en el interior de Irán no son una cuestión secundaria, sino una rotunda prueba.
Para el gobierno turco, cualquier actor que arme, financie o preste apoyo a grupos afiliados a la insurgencia kurda, conocida como PKK, y fichada como organización terrorista, supone amenaza directa para la seguridad nacional turca. Independientemente de la cosmovisión de los actores, tanto el gobierno del premier israelí Benjamin Netanyahu como el presidente turco Recep Tayyip Erdogan sacan tajada política.
De cara a las legislativas del 27 de octubre y buscando movilizar apoyo interno, la administración de Netanyahu presenta a Turquía como un adversario que los acorrala. Turquía supuestamente trabaja para configurar un nuevo orden regional en el que actúe como principal centro de poder en el mundo sunita tras el repliegue chiita, dominado por Irán.
El régimen de Erdogan usa la tensión con Israel para consolidar la base de simpatizantes con la causa palestina, siria y libanés. “La instrumentalización mutua de la amenaza no es exclusiva de ninguno de los dos gobiernos, pero resulta especialmente peligrosa porque ambos se describen mutuamente en términos existenciales en una región que ya se encuentra en guerra. Esta retórica crea bases de apoyo, endurece las expectativas de la opinión pública y limita la capacidad de los futuros líderes para buscar la distensión sin parecer débiles”, escribe Khodeir.
Turquía fue el primer país de Medio Oriente en reconocer a Israel, en 1949, y al amparo de un aliado común, EU, ambos países desarrollaron durante décadas una asociación estratégica. Entre 1994 y 2002, ambos suscribieron 30 acuerdos de cooperación, de los cuales 13 en el ámbito militar. Las relaciones dieron un giro en 2002, con el triunfo del populista de derecha Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). El gigante musulmán, hasta entonces centrado en los problemas internos, decidió salir de su zona de confort y comenzó a incursionar en esfera internacional, promoviendo integración regional basada en la independencia económica y la identidad musulmana en común. Mejoró la relación con los países vecinos y terminó haciendo de la cuestión palestina causa colectiva.
Si bien la cuestión palestina se volvió una de las principales fuentes de conflicto en las relaciones entre Israel y Turquía, para analistas el punto de inflexión fue el incidente de Mavi Marmara, el 31 de mayo de 2010, cuando el ejército israelí atacó esa embarcación turca de ayuda humanitaria que intentaba romper el bloqueo de la Franja de Gaza.

A partir de entonces, las relaciones entre Ankara y Tel Aviv llegaron a un punto de ruptura. El distanciamiento pasó a la guerra de palabras desde el inicio de la ofensiva de Israel en Gaza en 2023 y recientemente se ha intensificado con el intercambio de mensajes incendiarios y con el reconocimiento por parte de Israel del genocidio del pueblo armenio perpetrado por los otomanos en 1915.
“La rivalidad de Turquía con Israel se ha convertido en una limitación estructural que condiciona prácticamente todos los asuntos regionales: Siria, el Mediterráneo oriental, el cabildeo en Washington y el corredor del mar Rojo”, asegura Asli Aydintasbas, investigadora del Centro de Estudios sobre Europa y Estados Unidos en el Instituto Brookings. “La política estadounidense debería afianzar a Turquía en la OTAN, gestionar la rivalidad turco-israelí antes de que derive en un conflicto armado”.
La rivalidad turco-israelí se desenvuelve en varios escenarios. En el Mediterráneo oriental, Turquía muestra recelo por la creciente cooperación militar de Israel con Chipre y Grecia, países con los que mantiene disputas territoriales y por el control de recursos.
En Siria, Israel ve con desconfianza la expansión de la presencia militar y de seguridad turca a través de cooperación en diversos ámbitos. Hay esfuerzo en curso para prevenir el establecimiento permanente de bases militares turcas en el territorio, lo que podría restringir las operaciones aéreas israelíes en la zona. Turquía parece estar decidida a ampliar su influencia en Líbano, blanco de ataques y de ocupación territorial por parte de Israel, argumentando la amenaza de la milicia Hezbolá. Ankara considera a Beirut parte de la seguridad nacional turca.
En Palestina, servicios de seguridad israelíes han acusado al gobierno turco de ayudar a Hamas con apoyo logístico, financiero y político. Turquía se ha posicionado como uno de los mayores defensores de causa palestina, que le ha servido para actuar como potencia regional.
A principio de año, los reservistas israelitas, el coronel Gabi Siboni y el general de brigada Erez Winner, en un análisis publicado en el Jerusalem Institute for Strategy and Defense, abordaron el complejo desafío que enfrenta Israel en sus relaciones con Turquía. “Por un lado, Turquía no es un adversario militar directo como Irán, sino un miembro de la OTAN integrado en densas redes económicas y geopolíticas, que incluyen estrechos vínculos con los países occidentales, entre los que destaca EU. Por otro lado, bajo el mandato de Erdogan, Turquía se ha posicionado como la fuerza líder de la hermandad musulmana a nivel mundial”.
Identificaron la diplomacia como el medio más eficaz del que dispone Israel para enfrentar el reto: “La pertenencia de Ankara a la OTAN y sus ambiciones de adquirir relevancia mundial hacen que siga siendo vulnerable a la presión estadounidense y europea”.
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