Salud a prueba: las lecciones de la pandemia en el mundo

Tras el Covid-19, la telemedicina se perfila como una alternativa en EU, pese a su alto costo; por brote, se prevén alteraciones mentales

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Una enfermera en el Hospital Northwestern Memorial, en Chicago. Los médicos realizaron un trasplante de doble pulmón a una paciente con Covid-19, el pasado jueves. Foto: AFP
Mundo 14/06/2020 01:05 Víctor Sancho / Corresponsal Actualizada 05:08

Washington.- Hace unos días, The New York Times preguntó a más de medio millar de epidemiólogos cuánto tardarían en hacer algunas acciones cotidianas en la “nueva normalidad” tras el brote del Covid-19. Entre las interrogantes estaban cuánto se demorarían en ir al doctor para revisiones médicas u otro motivo no urgente: 60% contestó que lo haría este mismo verano; 29% se puso de plazo entre tres y 12 meses, y 11% señaló que tardará más de un año en hacerlo.

El sistema sanitario ha estado en el núcleo de la pandemia, centro neurálgico de todas las miradas, víctima de cálculos respecto a su sobresaturación y uso de recursos. En el futuro, sin embargo, el brote va a cambiar su forma de actuar; de hecho, como lo hará todo en un contexto postvirus.

Sin una vacuna efectiva y distribuida a gran escala, volver a las consultas médicas o a las salas de emergencia parece un deporte de riesgo extremo: se está rodeado de potenciales focos de infección entre población con algunas de las defensas bajas y con mayor probabilidad de contagio. Habrá que hacer cambios y la American Medical Association (AMA) generó guías de reapertura y medidas específicas para centros de salud.

Además de las normativas propuestas por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), impulsan la creación de espacios para gente sana y enferma o limitar el número de acompañantes. O cosas más mundanas, como el retiro de las revistas de las salas de espera y otros elementos que puedan ser foco de infección. Es probable que se instauren nuevas rutinas como conversaciones previas con pacientes para saber si tienen síntomas o se han hecho la prueba.

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Además, eso implicaría que las visitas tendrán que ser más largas en duración y espaciadas entre ellas para dar tiempo a la desinfección y colocación de todo el material protector necesario.

“La parte más asustadiza es que con la cantidad de protección que el doctor va a llevar, vas a visitar a un médico que parecerá un extraterrestre”, dijo a la CBS Matt Crespin, el presidente de la American Dental Hygienists’ Association (ADHA).

Es precisamente el gremio de dentistas, ortodontistas e higienistas quienes presentan más incertidumbre, lugar por antonomasia donde el contagio puede ser más evidente y es impensable la sana distancia e imposible el uso de mascarillas.

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Un oficial, que sobrevivió al coronavirus, al ser dado de alta del Centro de Salud Providence Saint John, en Santa Mónica, California, en abril pasado. Foto: AFP

 

No sólo los tratamientos son con la boca abierta de par en par, sino que muchas de las técnicas y herramientas usadas emiten gases y aerosoles que se quedan en el aire de la habitación, haciendo que el intercambio de bacterias y virus sea muy elevado, lo que obliga a muchas clínicas a actualizar y mejorar sus sistemas de ventilación.

La población siente el mismo peligro: una encuesta de abril del North American Dental Group recogió que 71% de los sondeados se sentía incómodo de volver al dentista por algo que no requiera atención urgente.

Lo único positivo que sacan por ahora los especialistas médicos del futuro del sistema de salud es que, con total y absoluta certeza, se va a tener que hacer una transformación de los servicios médicos, y eso tiene un nombre muy concreto: telemedicina.

El gobierno de Estados Unidos confirmó que la telemedicina ha llegado para quedarse. La expansión impulsada durante la pandemia no se prevé que retroceda con las reaperturas ni siquiera en el hipotético caso de que todo vuelva a la misma realidad que antes de la llegada del coronavirus.

“No me imagino volver hacia atrás”, señaló Seema Verma, la administradora de los servicios públicos Medicare —para mayores de 65 años— y Medicaid —para población de bajos ingresos—, asegurando que los estadounidenses han visto el valor de las consultas a distancia y telemáticas.

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“Parece que no sería una buena cosa forzar a nuestros beneficiarios volver a las visitas personales”, resumió. No solo ellos: también a gente con escasa movilidad, aquellos que sólo necesiten chequear la evolución de una patología o los que viven en comunidades rurales, lejos de centros de salud.

“Antes del Covid la telemedicina parecía un lujo, pero ahora hay gente que piensa que una experiencia médica con base tecnológica puede ser la nueva normalidad”, comentaba al The New York Times la doctora Angela Fausaro, fundadora de Physician 360, firma en ese ramo. No es la única que piensa que en esta idea, por no hablar de la inmediatez en diagnósticos, tratamientos y, por tanto, cura.

“Es más seguro, rápido, fácil”, opinó Chris Jennings, asesor en salud en las administraciones Obama y Clinton. “Durante años hemos hablado de la promesa de la telemedicina y sus oportunidades.

“Los últimos meses nos han enseñado que puede ser un punto de inflexión, algo revolucionario”, indicó Mark Holmes, profesor de la Universidad de Carolina del Norte.

Hay quienes creen que las grandes empresas tecnológicas, como Google, Apple o Microsoft, entrarán al sector salud gracias a la telemedicina, no sólo con su tecnología, sino proveyendo servicios.

Una de las consecuencias que advierten expertos es del cierre de hospitales rurales: la telemedicina hará menos necesaria su ubicación física en lugares remotos, poniendo la carga en centros en grandes centros poblacionales, lo que perjudicaría a los habitantes haciendo más difícil su acceso personalizado al sistema sanitario.

Hay otras hipótesis que podrían entrar en nuestras vidas, como por ejemplo la emisión de un pasaporte inmunológico, un certificado que se daría a aquellos que den positivo por los anticuerpos del coronavirus.

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Esa opción detractores la sitúan a la altura de las mejores distopías futuristas, por la clasificación y estratificación social que significaría —favoreciendo a aquellos que hayan pasado la enfermedad y potencialmente animar al contagio—, sin dejar de lado asuntos como la privacidad de historial médico, el desconocimiento de la seguridad de inmunidad de los anticuerpos, y la potencial discriminación que se derivaría.

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Una dentista, mientras limpia el material queusará en lo que llega su paciente en Gavere,Bélgica. Una encuesta de abril del NorthAmerican Dental Group recogió que 71% sesentía incómodo de ir a consulta. Foto: NICOLAS MAETERLINCK. AFP

 

Otra idea, más factible, es la de que habrá nuevas costumbres y hábitos higiénicos, empezando por lavarse las manos más frecuentemente, que mejoraría la salud.

El doctor Anthony Fauci, el epidemiólogo estrella de Estados Unidos, ahondó que no se debería saludar de la mano nunca más. En ese sentido, 42% de los expertos en ese rubro encuestados por The New York Times dijeron que tardarán más de un año en volver a abrazar o estrechar manos con amigos.

Además de los cambios estructurales y sociales, una de las partes más importantes será la afectación de todo este periodo pandémico a la salud individual.

El encierro en los hogares ha llevado a un llamado de las autoridades médicas a buscar opciones para hacer ejercicio en confinamiento y seguir con una alimentación sana, pero además de los efectos físicos, lo que más preocupa a los expertos es la afectación que habrá en los niveles mental y emocional.

“[Las normativas de quedarse en casa] han conllevado un coste significativo en la salud mental y el bienestar de la gente, particularmente en aquellos con trabajos inseguros o de bajo salario”, resumía Simon Williams, de la Universidad de Swansea en Reino Unido, coautor de un estudio sobre las percepciones del aislamiento durante la pandemia del coronavirus.

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La era de la distancia social no ha hecho más que causar más casos de ansiedad, depresión y estrés, derivados por muchos factores: desde preocupación por la salud hasta el temor de no acceder a comida, pasando por posibles problemas económicos por el cierre de empresas o el aumento de la sensación de soledad y aislamiento.

Sobre este último punto hace tiempo que el exdirector de salud pública del gobierno de Barack Obama, Vivek Murthy, advierte de la que denomina la “epidemia de la soledad”, patología que cada vez afecta a más estadounidenses: hace dos años, un estudio de Kaiser apuntaba que 22% de adultos se sentía solo o aislado, con las consecuencias para la salud mental que conlleva.

La sensación de angustia, depresión o estrés no se prevé que termine cuando se reabran los países y las calles vivan la “nueva normalidad”. Estudios aseguran que parte de las personas temen que sentirán ansiedad social, que derivaría en ansiedad clínica por la respuesta que se esperará o la incertidumbre sobre cómo habrá que actuar.

“Será necesaria una respuesta rápida en términos de programas de salud pública para mitigar estos impactos en salud mental. Esperar a dar este apoyo hasta que se relajen las medidas de distancia social puede ser devastador y dejar secuelas en la salud mental”, advirtió Williams.

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