San José.— La candidata presidencial colombiana Ingrid Betancourt Pulecio anunció que de convertirse en presidenta de Colombia propondrá a México despenalizar las drogas, insistió que la guerra que Estados Unidos lanzó desde 1971 contra el narcotráfico es un “total fracaso” y sugirió que el dinero para combatir a las mafias sea invertido en un plan social en apoyo a las víctimas del contrabando de estupefacientes en América Latina.
En una entrevista con EL UNIVERSAL, Betancourt dijo que el proyecto podría asimilarse al multimillonario Plan Marshall, ejecutado por EU para reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Betancourt aludió indirectamente a dos factores: México es frontera con EU, que es el mayor mercado mundial de consumo de drogas ilícitas, y Colombia es el principal productor global de cocaína.

Al confirmar este año su candidatura para los comicios de mayo próximo (segunda ronda en junio), Betancourt emergió como figura internacional a la que deberá seguirse con atención en 2022.
Betancourt cumplirá hoy 20 años de que las ahora extintas guerrillas comunistas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) la secuestraron siendo aspirante presidencial por el opositor partido Verde Oxígeno.
El cautiverio se prolongó por seis años, cuatro meses y nueve días y concluyó el 2 de julio de 2008, cuando las fuerzas militares colombianas la rescataron con otros 15 rehenes.
De 60 años, dos hijos, politóloga y candidata por Verde Oxígeno, Betancourt inició ayer una gira en la zona sur de Colombia donde fue secuestrada. Ubicada en una encuesta de este mes como tercera en la intención de voto tras el izquierdista Gustavo Petro y el centro-derechista Rodolfo Hernández, intensificó su lucha por llegar el 7 de agosto entrante a asumir la presidencia y gobernar por cuatro años.
¿Cree que la guerra contra las drogas es un fracaso?
—Un total fracaso. El poderío económico de EU, el mayor del mundo, no ha podido acabar con este flagelo. Esa constatación de una derrota simplemente nos tiene que volver más humildes y creativos. Decir: si no se pudo de esta manera ahora encontrémos- le una solución no a la producción, sino al consumo.
Tenemos que unirnos los latinoamericanos para derrotar a estas organizaciones quitándoles el músculo financiero y hacer que este mercado no valga nada, regalándole la droga a los consumidores en establecimientos del Estado que puedan seguir a los adictos.
Hagamos de esto un problema de salud y desbaratémosle el negocio a los narcotraficantes para acabar con la violencia y la corrupción que emana de estas organizaciones delictivas. Espero que desde mi presidencia Colombia y México podamos encontrar soluciones al narcotráfico.
México y Colombia debemos hacer lo necesario para acabar la guerra contra las drogas, mirar cómo vamos a despenalizar la droga para acabar con ese negocio y hacer una política continental de transferir esa guerra al narcotráfico a una especie de Plan Marshall para América Latina para invertir en aquellos desplazados por la violencia y el narcotráfico en estos países.
Usted conoció las entrañas de la derecha y, con las FARC, las de la izquierda. ¿En cuál posición está?
—Las extremas izquierda y derecha en Colombia son iguales. Hacen la misma política de odio, enfrentamiento, exclusión y en la que el fin justifica los medios. Están dispuestos a cualquier cosa con tal de llegar al poder. Y cualquier cosa en Colombia es muy grave: es aliarse a las delincuencias de narcotráfico, paramilitarismo, guerrillas [izquierdistas] ligadas a cárteles [del narcotráfico] y a una clase política muy corrupta y especializada en saquear al Estado.
Colombia pierde un tercio de su presupuesto anual [estatal] en corrupción. Por eso es país de gente pobre siendo país rico. Ofrezco una visión entre corruptos y no corruptos. La corrupción despoja a los colombianos más humildes de sus derechos. Hay recetas de izquierda y derecha que sirven y otras no. Este es el momento de salir de las camisas de fuerza ideológicas y de decir qué se quiere hacer con el poder: servir personalmente y a los amigos, las roscas del poder en Colombia y en América Latina, o a las mayorías.
¿Es la anticorrupción un mensaje desgastado?
—Puede que sea recurrente. La corrupción es el mayor problema de nuestros países y las poblaciones están cansadas, indignadas. En Colombia los colombianos resienten la corrupción por el coronavirus: 2 millones de colombianos salieron de la clase media precaria y volvieron a la pobreza porque el dinero del apoyo social fue desviado a cuentas del exterior de personajes muy oscuros.
Las maquinarias de la corrupción en Colombia son organizaciones delictivas que hacen política como si fueran partidos y sólo buscan saquear al Estado. Los colombianos han sido muchos años complacientes con las maquinarias. Piensan que la única manera de llegar al poder es con esas maquinarias.
Mi posición es diametralmente opuesta: ganar sin maquinarias y confrontar la manera derrotista de pensar que nos dice a los colombianos que ser corrupto es parte del ADN de Colombia. La población está contra la pared por la pandemia, sin actividad laboral, sin recursos ni ahorros y en miseria sin poder comer ni dos veces al día. Esto tiene que cambiar.
¿Cree que el aparato patriarcal de Colombia está listo para una presidenta?
—Sí. La guerra [que estalló en 1964] dio a las colombianas la responsabilidad como cabeza de familia. El 40% de los hogares en Colombia son mujeres solas con sus hijos a los que educaron y sacaron adelante. Transformaron a Colombia, construyeron una clase media. Cada colombiano tiene de referente a una mamá o a una hermana que admira y respeta.
Las mujeres reivindican fuertemente su derecho a ser autónomas. Las disparidades de género son inmensas. Los colombianos ya hablan de la necesidad de tener visión de mujer al mando del país para cambiar profundamente las cosas, sin curaciones momentáneas.
Enfrenté al narcotráfico en la política, fui víctima del secuestro de la extrema izquierda de la guerrilla de las FARC. Al ser liberada sufrí linchamiento moral de la extrema derecha por su miedo, como clase política tradicional, a dejar el poder. Esto me dio capacidad de aguantar ataques y mirar al horizonte. Veo a una Colombia liberada, madura democráticamente, solidaria, unida para tender la mano a los más desfavorecidos. Colombia ha privilegiado las sombras de su identidad colectiva y es hora de privilegiar la luz.
¿Hay empoderamiento de la mujer en América Latina?
—Es un recorrido que las mujeres damos en el continente, cada una a su velocidad. Las latinoamericanas son cada día más educadas, capaces y audaces. Esto va a cambiar al continente. Tampoco apoyo una posición feminista tradicional: no creo que esto sea una guerra de género. Somos complementarios y la visión de mujer ha hecho falta en América Latina para resolver problemas, concebir el futuro, definir prioridades.
¿Llevar a la mujer de la cocina a la tribuna política?
—Correcto. Entender que la mujer en la cocina es muy valiosa y remunerar ese trabajo. Cuando una mujer se mete en la política se mete con su cocina. Las mujeres somos fronteras: somos mamás y somos políticas.
Nuestra fuerza viene de los que nos rodean. Olvidar nuestra comunidad y familia nos hace ver el mundo como ruedas sueltas, olvidarnos de la responsabilidad con los que están cerca. Y el entorno y la familia ampliada son Colombia: olvidar que hay gente que está sufriendo porque hay un saqueo sistemático del Estado, es algo que no cabe en la visión de mujer, que concibe a la nación como a su propia familia.
A 20 años del día del secuestro, ¿cuáles son sus sentimientos en este día?
—Es momento de reflexionar sobre lo que sucedió para que no vuelva a suceder. Reconstruir el itinerario que me llevó al secuestro y mirar cuáles fueron las decisiones que se tomaron e implicaron un cambio histórico para Colombia. El secuestro mío no es un asunto individual, es un asunto país. Colombia quedó casi siete años entre paréntesis, esperando que eso tuviera solución y sintiéndose secuestrada conmigo.
Al principio Colombia trató de olvidar a los secuestrados. Algunos decían que había que sacrificar a los secuestrados porque no se podía aceptar el chantaje de la guerrilla. Pero los colombianos dijeron ¡basta ya! Hubo marchas multitudinarias y presión sobre los estamentos políticos, económicos, para lograr la libertad de todos los que estábamos secuestrados. Fue el inicio de un cambio de sensibilidad en Colombia.
Si puedo aspirar a la presidencia es porque esa transición que nos llevó a la libertad está dando frutos para cuestionar al sistema económico, político y social de Colombia.
¿Recuperó su paz interna?
—Sí. Son dos momentos de campaña presidencial. En la de 2002 tenía 40 años. En la de 2022 tengo 60. Es curioso porque veo ataques y tácticas similares para contrarrestar mi acción política. Siento que soy una persona diferente. Es muy curioso, porque en el fondo de mí misma pues sigo con el mismo ADN y soy yo, pero la vida sí me dio yo diría una distancia que me permite ser mucho más desprendida de todos estos ataques y tener una fuerza que, la verdad, no tenía antes.