Bruselas.— Europa no sólo se hace vieja, sino que vive una crisis de fertilidad que amenaza el estado de bienestar. “La Unión Europea se enfrentará a un cambio demográfico significativo que tendrá graves consecuencias para su mercado laboral, competitividad, sanidad y costes de las pensiones. Este cambio demográfico no es una fluctuación temporal, sino que provocará una transformación estructural”, señalan Peter Bosch y Sophie Walravens, del Instituto Real de Relaciones Exteriores Egmont.
El Fondo de Poblaciones de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) asegura que la crisis de fertilidad reside en un sistema y unas normas sociales que impiden a las personas cumplir sus aspiraciones reproductivas: hay una brecha entre el número de hijos que las personas desean tener y los que realmente tienen.
Una encuesta realizada por el UNFPA en 14 países, incluyendo tres Estados miembros de la UE, certifica esta tesis: la mitad dijo que tiene menos hijos por barreras económicas, incluyendo el aumento del costo de vida, la inseguridad laboral, la falta de vivienda asequible y obstáculos para el cuidado infantil.

Uno de cada cuatro reportó problemas de salud, como enfermedades crónicas o problemas de fertilidad, mientras que una de cinco hizo referencia a preocupaciones como conflictos, el cambio climático y tensiones económicas.
A estas inquietudes se añade el aumento de la participación de la mujer en la educación superior, evolución que se aplaude, pero es citada a menudo como factor que conlleva un retraso en la maternidad.
Incluso en Finlandia, considerado el país “más feliz del mundo”, la tasa de natalidad va a la baja desde 2010. El gobierno ve como posibles razones las dificultades que los jóvenes enfrentan para mantener relaciones estables, así como un mayor enfoque en las oportunidades educativas y profesionales.
La crisis de maternidad ha llegado al punto de que, en algunas islas griegas, las escuelas han tenido que cerrar por falta de niños.
“El problema al que se enfrentan la UE y el resto del mundo es acuciante, y los políticos deben reconocer lo que está en juego actualmente para ir más allá de los discursos alarmistas y abordar con urgencia esos problemas estructurales, centrándose en crear las condiciones adecuadas para que las personas alcancen sus expectativas de fertilidad”, señalan los expertos del Egmont en un reciente análisis.
En la UE nacieron en 2024 casi la mitad de niños que hace seis décadas, 3.55 millones de nacimientos, comparado con 16.4 millones en 1970. La tasa de fecundidad no llega ni siquiera al mínimo para el reemplazo generacional de 2.1 nacimientos por mujer. En 2024, la tasa media fue de 1.34 nacimientos vivos por mujer.
Ni siquiera los países con las tasas más elevadas alcanzan el umbral mínimo: Bulgaria, con 1.72 nacimientos vivos por mujer, seguida de Francia, con 1.61; Eslovenia, con 1.52; Irlanda y Dinamarca, con 1.47, respectivamente. Las peores notas se las llevan la isla de Malta, con 1.01; España, con 1.10 y Lituania, con 1.11 nacimientos.
Hace más de 20 años, una de las grandes motivaciones tras la decisión de ampliar la UE fueron las ventajas económicas de expandir la demografía del espacio comunitario. El 1 de mayo de 2024, el bloque creció de 15 a 25 países y sumó más de 74 millones de personas, abriendo un enorme abanico de oportunidades al añadir nuevos consumidores y una fuerza de trabajo relativamente joven y educada. Gracias al Big Bang, el mercado único de la UE es 12 veces más grande en términos de población y 20 veces mayor en términos económicos. Industrias como la construcción se han beneficiado enormemente, particularmente de la mano de obra de trabajadores polacos, sobre todo en Alemania —alrededor de 2 millones—, Francia —un millón—, Suecia y Holanda —unos 200 mil—.
Sin embargo, el bono demográfico de hace 22 años comienza a perder fuerza. En Polonia, uno de los motores del crecimiento demográfico, existe hoy una contracción de la población.
Los pronósticos de la Agencia Europea de Estadísticas (Eurostat) han encendido las alarmas: anticipan una contracción de la población de 32% para 2100, al pasar de 37.5 millones de habitantes a tan sólo 25.6 millones. La previsión es peor de la que había estimado Eurostat en su cálculo de hace tres años, en el que estimó la cifra en 29.5 millones.
Las cifras ponen de manifiesto la magnitud de la crisis que afecta a la UE y que ha terminado por contagiar a la católica y conservadora sociedad polaca, que hoy muestra una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo y cifras de fallecimientos que superan los nacimientos. La población polaca ha disminuido prácticamente desde 2012, pero mostró un acentuado aceleramiento el año pasado, cuando contabilizó unas 168 mil muertes más que nacimientos, la cifra más alta desde 2021, año de la pandemia. En Europa, la inmigración suele ser una herramienta que ayuda a atenuar en parte la tendencia demográfica a la baja. Pero Polonia concedió el año pasado el menor número de permisos de residencia a inmigrantes de fuera de la UE desde 2014.
Si bien las medidas restrictivas migratorias han sido factor, lo cierto es que hasta ahora ningún gobierno polaco ha podido abordar el problema, a pesar de las múltiples iniciativas implementadas, desde el aumento de las prestaciones por hijo hasta la renovación de la financiación para la fecundación in vitro.
Varsovia no es la única que ha sido incapaz de frenar el declive demográfico. Eurostat estima que la población disminuirá en 18 países de la UE entre el periodo 2025-2100. Sin embargo, el impacto no será uniforme. Las mayores reducciones se anticipan en Letonia y Lituania, 33.4% y 33.9%, seguidas por Polonia y Grecia, 30%. Portugal, Hungría, Italia, Rumania, Croacia y Bulgaria prevén bajas de más de 20%; Austria, Alemania, Eslovenia, Finlandia y República Checa, de aproximadamente 10% de la población total, mientras que en Dinamarca y Francia, menor a 5%. Alemania seguirá siendo el socio más poblado, pero para 2100 se habrá contraído en 9 millones de habitantes, de 83 millones en la actualidad a 74 millones.
En conjunto, la población comunitaria habrá disminuido gradualmente en 53 millones de 2025 a 2100, es decir, de 451.8 millones a 398.8 millones. Pero no sólo habrá menos europeos, la edad media de la población aumentará en 6.6 años durante ese periodo y la población de 65 años o más se habrá duplicado. La contracción demográfica no es un asunto menor, porque compromete la prosperidad europea, como señaló en un análisis divulgado el año pasado por Marketa Pape, del Servicio de Estudios del Parlamento Europeo.
“El descenso de la población en edad laboral plantea riesgos de mayor escasez de mano de obra, aumento de la presión sobre los presupuestos públicos, empeoramiento de las disparidades territoriales y despoblación.
“Estos riesgos pueden perjudicar la competitividad de la Unión, frenar las transiciones ecológica y digital y socavar la cohesión social”, advierte. La preocupación es de tal nivel que la gestión de la transición demográfica, asunto de responsabilidad exclusiva de los Estados, se está convirtiendo cada vez más en un desafío compartido que demanda soluciones colectivas. Esto explica por qué la Comisión Europea se ocupa cada vez más en desarrollar instrumentos conjuntos, enfocándose principalmente en el apoyo a los padres y madres, el empoderamiento de las generaciones más jóvenes, la mejora del bienestar de las generaciones de más edad y la gestión de la migración.
Agnese Vitali, del UNFPA, en un evento celebrado en diciembre pasado en el Parlamento Europeo y presidido por el eurodiputado Pierfrancesco Maran, fue muy precisa en cómo afrontar la crisis de fertilidad: hay que evitar las políticas demográficas coercitivas o dirigidas a objetivos específicos. Afirma que las respuestas tienen que ser sostenibles y dar prioridad a los servicios de salud sexual y reproductiva, la igualdad de género, la educación, el trabajo digno y la protección social, situando los derechos humanos y la libre elección individual en el centro de la política.
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