Comúnmente se piensa que los tratados de comercio ofrecen certidumbre para las empresas y las inversiones. Sin embargo, la reciente revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá () demuestra que también pueden convertirse en instrumentos de poder, seguridad y competencia geoeconómica.

Desde su entrada en vigor en 2020, el tratado estableció una vigencia de 16 años, hasta 2036, y una revisión conjunta en 2026. El escenario más favorable consistía en que los tres gobiernos acordaran extender su vigencia hasta 2042. No ocurrió así. Estados Unidos decidió no comprometerse con esa extensión, por lo que el acuerdo permanecerá vigente hasta 2036, sujeto a revisiones anuales.

Esta decisión trasciende un desacuerdo comercial. Las reglas de un acuerdo económico nunca son neutrales: reflejan los intereses y las capacidades de negociación de quienes lo diseñan. Cuando un tratado se negocia entre países con distintos niveles de poder, es frecuente que las normas terminen favoreciendo las prioridades del actor más fuerte.

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Ese ha sido históricamente el caso de América del Norte. La superioridad económica, tecnológica y política de Estados Unidos lo convierte en el principal arquitecto de las reglas regionales. En consecuencia, las revisiones anuales fortalecerán su posición negociadora, pues le permitirán ajustar progresivamente el tratado conforme evolucionen sus prioridades y su estrategia.

¿Hacia dónde apunta esa estrategia? La respuesta puede resumirse en un concepto que hoy ocupa un lugar central en la política estadounidense: la seguridad económica. Washington considera que la competitividad industrial, el liderazgo tecnológico y la resiliencia de las cadenas de suministro forman parte de su seguridad nacional.

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Bajo esta lógica, Estados Unidos impulsa la producción doméstica en sectores estratégicos como los semiconductores, la inteligencia artificial, la industria automotriz, el acero, el aluminio, los minerales críticos y la industria farmacéutica. Para ello ha combinado subsidios, incentivos fiscales y políticas arancelarias que buscan atraer inversiones hacia su territorio y reducir los incentivos para producir en el exterior. En cierta medida, se trata de una nueva forma de sustitución estratégica de importaciones.

El T-MEC ya incorpora esta lógica. Las reglas de origen del sector automotriz y el capítulo laboral buscan fortalecer la producción regional y responder a preocupaciones históricas de Estados Unidos sobre la competencia basada en menores costos laborales. Es razonable anticipar que las revisiones anuales profundicen esta tendencia y continúen favoreciendo la producción norteamericana.

Un segundo objetivo consiste en reducir las dependencias económicas consideradas riesgosas, particularmente respecto de China. Estados Unidos busca fortalecer las cadenas regionales de suministro, disminuir la presencia de insumos y tecnologías provenientes de economías que considera adversarias y limitar la influencia china en sectores clave. Desde esta perspectiva, el T-MEC también debe entenderse como un instrumento de competencia geoeconómica.

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No sería extraño que las futuras revisiones incorporen nuevas disposiciones para coordinar políticas comerciales frente a , armonizar aranceles en sectores considerados críticos o fortalecer los mecanismos de revisión de inversiones extranjeras en actividades sensibles para la seguridad económica regional.

Para México, el principal desafío consiste en comprender que las revisiones anuales no serán un simple ejercicio técnico. Serán un espacio de negociación donde se redefinirán las reglas que organizarán la producción, la inversión y la competitividad de América del Norte durante la próxima década.

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Preservar el acceso preferencial al mercado estadounidense seguirá siendo una prioridad mexicana. Sin embargo, ello no debería impedir que México fortalezca su capacidad de negociación y construya una estrategia propia frente a la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China. De lo contrario, las revisiones anuales podrían convertirse en el mecanismo mediante el cual Estados Unidos continúe moldeando el futuro económico de la región conforme a sus propias prioridades.

*El autor es Director de la Licenciatura en Relaciones Internacionales, UPAEP

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