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Nueva York.— “Veredicto”. Nunca una palabra simplemente intuida había causado un terremoto parecido. A las 12 en punto, mediodía exacto de una mañana de fuerte ventisca y nieve en Brooklyn, el mensaje más esperado en la sala 8D de la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York se hizo real. Fue sólo un murmullo casi imperceptible, pero su ruido fue atronador. Los 12 miembros del jurado encargados de definir el destino de Joaquín El Chapo Guzmán habían llegado a una decisión unánime.
La noticia empezó a correr y los periodistas se agolparon a las puertas de la sala, esperando pasar por última vez el cordón de seguridad previo a acceder a la corte. Ya todo el mundo sabía que sí, que era en serio, y no se trataba de otra falsa alarma como las que habían dominado seis días de deliberaciones empapadas de tedio.
Un silencio absoluto. A las 12:18 sonó el ruido de cadenas y se hizo el silencio absoluto en la sala. Todo el mundo de pie a la espera de la última aparición de El Chapo; la única sentada era Coronel. Guzmán apareció vestido con traje y corbata negros, camisa gris. Saludó como siempre a su esposa, que le respondió levantando el pulgar.
El Chapo, en los últimos días del maratónico juicio en su contra, mantuvo una serenidad impropia, o quizá adecuada para alguien que asume que su destino está ya marcado, sin poder de escapatoria ni con uno de sus famosos túneles.
A las 12:30, una funcionaria entregó al juez Brian Cogan un fólder manila con el veredicto. Empezó la lectura en voz aséptica, como quien recita la lista de la compra.
Culpable.
Culpable.
Culpable.
Y así hasta 10 veces.
El Chapo pasará el resto de sus días entre rejas.
El capo no hizo ninguna mueca, mantuvo la mirada al horizonte, sin sorpresa. Coronel aguantó estoicamente en la sala, aunque después dijera que estaba triste con la decisión y otros aseguraran que lloró.
Sus abogados, ante un veredicto esperado, resoplaron. Los fiscales abandonaron su perfil gris para esgrimir algo parecido a una mueca de felicidad.
El juez Cogan agradeció a los 12 ciudadanos anónimos el trabajo realizado —no pudo evitar una arenga patriótica en el cierre, declarándose “orgulloso” de ser estadounidense— y, a las 12:35 del 12 de febrero de 2019, dio por finalizado el juicio contra Joaquín Guzmán Loera.
Entonces llegó la descompresión. Toda la tensión acumulada durante meses —incluso años— desaparecía por completo, al igual que El Chapo desaparecía de la sala camino de nuevo a su celda. Saludó educadamente a sus abogados con un apretón de manos, agradeciendo los servicios prestados, y el último gesto fue para su esposa.
Besos invisibles. Juntó los dedos de la mano izquierda y besó las yemas tres o cuatro veces. Lanzó los besos invisibles a Coronel, y las mismas yemas toquetearon físicamente el corazón de El Chapo, en un tocar rítmico como un latido. Guzmán se dio la vuelta, puso las manos a la espalda y desapareció arrastrando 10 declaraciones de culpabilidad en su contra y una vida tras las rejas.
Se cerró la puerta que hizo desaparecer a El Chapo y se rompió el silencio. Los fiscales se abrazaron, se fundieron felicitaciones y agradecimientos con despedidas y buenos augurios. Los periodistas corrieron en estampida hacia la puerta, ávidos de soltar al mundo la noticia de que el capo del Cártel de Sinaloa había acabado su carrera.
A la salida de la corte, una decena de policías militares resguardaban el edificio armados con armas larguísimas y equipo de guerra, como para evitar que El Chapo escapara de su destino. Autoridades de gobierno comparecían ante la prensa para celebrar su mayor victoria en la denominada “guerra contra las drogas”.
Detrás de ellos, Coronel abandonaba la corte escoltada por agentes de seguridad del gobierno, directa al vehículo que la esperaba, sabiendo que nunca más podrá hablar ni abrazar a su esposo. Esta vez, El Chapo no escapó al veredicto.
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