Denis Mukwege, el médico “reparador” de mujeres del Congo

Denis Mukwege, estudiado en Francia, decidió volver a su país para fundar un hospital de maternidad; con el paso del tiempo, la clínica se convertiría en lugar de tratamiento físico y mental para víctimas de brutales ataques sexuales durante la segunda guerra del Congo
Mukwege fundó en 1999 el Hospital Panzi en Bukavu para maternidad, aunque pronto se convirtió en clínica de tratamiento de violaciones tras la segunda guerra del Congo
Mukwege fundó en 1999 el Hospital Panzi en Bukavu para maternidad, aunque pronto se convirtió en clínica de tratamiento de violaciones tras la segunda guerra del Congo. (Foto: EFE)
05/10/2018
18:19
EFE y AFP
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Trabajar sin descanso y nunca resignarse ante el horror. Esta es la máxima de Denis Mukwege, el doctor que “repara” a las mujeres violadas en el este de la República Democrática del Congo (RDC) y que este viernes ganó el Premio Nobel de la Paz junto a la yazidí Nadia Murad.

A dos meses y medio de unas cruciales elecciones en Congo, el jurado del Nobel ha recompensado asimismo a una de las voces más críticas hacia el régimen del presidente Joseph Kabila, más escuchada en el extranjero que en el propio país.

“Cuando violan a una mujer, allá donde sea, es a mi mujer a la que violan. Cuando violan a una hija, a una madre, es a mi hija y a mi madre a las que están violando”, dijo Mukwege a la agencia EFE en 2014 con motivo del Premio Sajarov que le concedió el Parlamento Europeo.

Nacido en 1955 en la República Democrática del Congo, Mukwege fundó en 1999 el Hospital Panzi en Bukavu, en el este del país. Lo concibió para permitir a las mujeres dar a luz en condiciones óptimas.

Sin embargo, en poco tiempo el centro se convirtió en una clínica de tratamiento de las violaciones debido al horror de la segunda guerra del Congo, ocurrida entre 1998 y 2003, durante la que se cometieron numerosas violaciones masivas.

Esta “guerra contra el cuerpo de las mujeres”, como recuerda el médico, continúa por la presencia de milicias en zonas del norte y del sur de Kivu.

Allí, trata a las mujeres que son violadas por los grupos armados, muchas veces en grupo, usadas como un arma de guerra más; se ocupa también de aminorar los efectos devastadores de esos daños, tanto físicos como morales, con una prioridad: “No debemos precipitarnos con una operación si no hemos recuperado psicológicamente a esa mujer”.

Para ello cuenta con un equipo de asistencia social, psicológica y psiquiátrica, que ayudan antes de proceder a un tratamiento quirúrgico complicado, ya que muchas mujeres acuden con destrozos físicos en su aparato genital.

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Foto: AP

Este médico congoleño siempre ha tenido claro que las violaciones a cargo de militares son “una potente arma de guerra”, que busca “destruir no sólo físicamente a la mujer, sino a toda la comunidad a la que pertenece” y que se prolonga cuando se producen embarazos de niños no deseados.

“El hombre deja de ser hombre cuando no sabe dar amor ni esperanza a los demás”, declaró en 2015 a los empleados del hospital de Panzi que dirige en Bukavu, la capital de la provincia de Kivu del Sur.

Tiene 63 años, está casado y es padre de cinco hijos. Estudió en Francia, donde pudo trabajar, pero no lo hizo. Optó por regresar a su país y quedarse en él durante los momentos más oscuros.

Su padre, un pastor pentecostal, le ha inculcado la fe. Es muy creyente y "vive sus valores en todo lo que hace" y sobre todo "nunca se da por vencido", cuenta una europea que colaboró con él varios años en Panzi.

Su combate por la dignidad de las mujeres víctimas de los conflictos que devastan el este de la República Democrática del Congo desde hace más de 20 años lo expone a todo tipo de peligros.

Está acostumbrado a las amenazas. Una noche de octubre de 2012 escapó a un intento de atentado. Después de un breve exilio en Europa, en enero de 2013 regresó a Bukavu. No podía abandonar a sus pacientes.

Viaja a menudo al extranjero para alertar sobre la tragedia del este congoleño y denunciar el recurso a la violación como “arma de destrucción masiva” en las guerras.

Entre dos viajes al extranjero, como este año a Irak para luchar contra la estigmatización de las mujeres violadas yazidíes, se ve obligado a vivir recluido en su hospital bajo la protección permanente de soldados de la Misión de las Naciones Unidas en Congo.

“Es un hombre recto, justo e íntegro pero intratable con la mediocridad”, describe el doctor Levi Luhiriri, médico del hospital.

agv

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