México, estás viendo y no ves

Contra toda la adversidad y tragedia del terremoto, vi a ese México del cual me enorgullezco; el que abandonó la apatía y las burlas para pasar a la acción, ese que forma cadenas humanas para sacar escombro y buscar sobrevivientes. México, estás viendo y no ves que el terremoto no destruyó nada, sino que construyó un nuevo país.

Texto: Arturo Ramírez

“Estas viendo y no ves”. Cualquiera que haya nacido en México sabe lo que significa esta expresión utilizada de forma coloquial y folclórica para referirse a una situación que sumamente clara y evidente, pero que escapa a la capacidad de entendimiento del interlocutor. En ese sentido, el título debería ser leído así: México, tienes frente a ti la solución, y no la estás viendo.

En estos días, desde el Atlántico, han llegado noticias lentas, pero constantes. Primero se dio a conocer un terremoto que afectó principalmente a los estados sureños de Chiapas y Oaxaca; después, volvió a aparecer en los titulares que otro sismo había afectado a la Ciudad de México, al Estado de México, Puebla y Morelos.

Mi primera reacción al enterarme, con singular egoísmo humano, fue preguntar cómo se encontraba mi hermana, quien lleva dos años viviendo en la Ciudad de México. Mientras esperaba la respuesta vi la devastación a través de redes sociales: edificios enteros desplomándose, niñas y niños sepultados bajo los escombros de su colegio y figuras borrosas corriendo confusas entre nubes de polvo. Todo en una ciudad que parecía haber sido asolada por una guerra.

Al recibir las noticias de que mi hermana había salido de la situación con solo un esguince, me sentí aliviado y, a la vez, profundamente apenado. Imposible no sentir angustia por todas las víctimas, por las personas que quedarían en la calle, por el dolor y la tristeza, por el desasosiego de las personas que perdieron a sus familiares.

Es sumamente frecuente que ante situaciones que afectan a todo el país —los abundantes casos de corrupción de la miserable clase política del país, las desapariciones forzadas, o la violencia generalizada— la mayoría de la gente (me incluyo) reacciona casi invariablemente de dos formas; con apatía, que normaliza y anestesia el golpe del suceso, y con ironía humorística, que critica a los involucrados. Esa ironía propia de quien está acostumbrado a ser despojado de lo suyo. David Foster Wallace sintetizaba: “La ironía es el canto del pájaro que ha llegado a amar su jaula”.

Pero esta vez, no. Contra toda esa adversidad y tragedia, vi a ese México del cual me enorgullezco tanto, ese que forma cadenas humanas para sacar escombro y buscar a los sobrevivientes. Ese que no duda en ayudar a personas que no conoce y que aun así son su familia.

Un México alineando hombro con hombro a todas y a todos sin ninguna distinción de razas, clases sociales, identidades de género, preferencias sexuales o afiliaciones políticas; que satura los albergues con donaciones de comida e inunda las calles con voluntarios. El que festeja cuando se rescata de las ruinas a un perro o a una tortuga, valorando la vida, sea de la especie que sea. Que guarda silencio cuando los puños se elevan por encima de la cabeza y que se une para cantar cuando el “Cielito Lindo” es invocado. Todo ante los ojos de una joven generación de mexicanas y mexicanos.

Este sismo ha dejado una sensación diferente en el país. Trascendió, en general, la respuesta eficaz de la ciudadanía por encima de las autoridades. Trascendió, por ejemplo la plataforma digital Verificado19S y la toma las instalaciones del DIF en Morelos para recuperar los donativos que el gobierno estatal retuvo; la desconfianza hacia los medios masivos de comunicación y el uso responsable de las redes sociales; las miles de casas que abrieron su puerta en la Ciudad de México para recibir a quien lo necesitara; los alimentos y medicinas de todas partes del país que llegaron con algunos mensajes de apoyo, un cercano “estamos con ustedes” aún a kilómetros de distancia.

No es sencillo asegurar que el país ha cambiado repentinamente, pero tengo claro que se han sentado las bases para un cambio sustancial: vernos a nosotros mismos de una manera diferente, valientes, fraternos, capaces de cualquier cosa, espejeando la opinión que otras naciones se formaron de nosotros resaltando la solidaridad y la incondicionalidad.

Es más que evidente que la clave de la transformación del país reside en la unión, en respetar la libertad, perspectiva y derechos fundamentales del otro; en dialogar y ayudar a alguien cuando lo necesite; en exigir y presionar conjuntamente al gobierno para que cumpla de manera íntegra sus funciones; en demandar justicia si se incurre en ilícitos y generar juntas vecinales, crear asociaciones civiles. En general, siempre saber que, en caso de que cualquier cosa suceda, tendremos a alguien a un costado para apoyarnos.

No sólo se están reconstruyendo las ciudades afectadas y los edificios derrumbados. Se está construyendo un país en el que, al igual que la reacción ciudadana ante este desastre, colaboraremos todas y todos.

México, estás viendo y no ves que este terremoto no destruyó nada, sino que construyó un nuevo país.

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