“Fátima no existió hasta que murió, le fallamos”

Metrópoli 19/02/2020 02:37 David Fuentes Actualizada 06:00
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Entre el dolor y la culpa despiden a la niña asesinada en Tláhuac; forman valla humana desde su casa hasta el panteón

Con porras, hurras, mariachis, globos blancos, osos de peluche, juguetes y el reclamo de justicia fue como familiares, amigos vecinos y curiosos le dieron el último adiós a Fátima.

En punto de las 16:00 horas, el féretro blanco partió de su domicilio al panteón de Tulyehualco, fue un tumulto el que asistió a despedirse de ella, gente que ni la conocía, pero que se conmovió hasta las lágrimas al enterarse del atroz crimen.

Desde la puerta de su casa hasta la entrada del panteón se formó una valla humana de más kilómetro y medio: se tomaron de la mano y le gritaban que no estaba sola, mientras se limpiaban las lágrimas.

Delante del ataúd sus hermanos y compañeros de clase iban esparciendo pétalos blancos. Al fondo, un mariachi que se ofreció a acompañarla entonaba Las Golondrinas.
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Con veladoras, afuera de su casa la gente (familia, amigos y desconocidos) formó su nombre.

Pobladores de las alcaldías Tláhuac, Milpa Alta, Xochimilco, Coyoacán, Tlalpan y hasta de la zona centro llegaron a despedirla.

El sentimiento era de dolor, impotencia y hartazgo, pero también de culpa: “Fátima no existió hasta que murió. Ahora todos nos lamentamos, lloramos y exigimos justicia, pero también somos culpables, todos los que estamos aquí, todos los morbosos, ustedes, que nunca nos preocupamos por ella en vida.

“A nadie le importó, ni a sus papás ni a las autoridades. De qué sirve que ahora le traigan los osos de peluche que nunca tuvo en vida, de qué sirven todos esos globos, la música.

“La memoria de Fátima debe ser un ejemplo para que ningún otro niño, mujer o cualquier persona muera de esa manera, nadie lo merece, ni nosotros como sociedad.

“Pero también hay que ser conscientes de que mucha culpa de esto es de nosotros: como sociedad fallamos”, sentenció la señora Virginia, quien desde la alcaldía Cuauhtémoc llegó a despedir a la niña.
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Los hermanos mayores de Fátima la acompañaron en todo momento y recibieron el pésame por la dolorosa pérdida.

En la misa de cuerpo presente, las palabras del párroco Alfredo Martínez fue en el mismo tenor: “Antes que nada quiero pedir por los medios de comunicación que han estado aquí, haciendo su trabajo de manera correcta, sin ellos estoy seguro que muchos de ustedes no estuvieran aquí.

“También los invito a un momento de reflexión, este ángel que se nos va nos está dejando un mensaje. Quizá esa fue su encomienda en este plano terrenal y así lo debemos ver, nadie merece morir así y cuesta trabajo asimilarlo; sin embargo, nos debe dejar un aprendizaje, tenemos que estar unidos como sociedad, como vecinos, como hermanos, esto se pudo evitar, si no estuviéramos ensimismados, ahora hay que aprender de ese error”, expuso el sacerdote de la iglesia de San Sebastián, lo que provocó que más de un asistente lo mirara a los ojos y le dieran la razón asentando la cabeza.

Los padres de Fátima se mantuvieron al margen, entre la colaboración con la fiscalía local para dar con los responsables y el tumulto no tenían cabeza para nada, “mi prima no los puede atender ahora, denle un poco de espacio por favor”, replicó una tía de la menor.

Sus hermanos, distantes, callados, con los ojos llorosos y un nudo en la garganta, recibían abrazos de propios y extraños; por segundos se quedaban en algún regazo para luego regresar junto al féretro.
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Con porras y marichis despidieron el ataúd de la pequeña, al tiempo que exigieron justicia por el atroz crimen.

En medio de esta escena, quien en vida era muy alegre y platicadora, ahora se encontraba tendida en un pequeño ataúd blanco.

La gente se acercaba a ella, miraba su carita perfectamente peinada con una diadema azul; como si quisieran acariciarla daban un golpecito en el cristal y se retiraban uno a uno los asistentes.

“Era mi amiga, todas las tardes iba a platicar conmigo, me decía: ‘Hola amiga’, ‘buena tarde amiga’, ‘buenas noches amiga’. Diario era así, no puedo creer que ya no esté, era una luz esa niña”, cuenta sollozando Guadalupe, una mujer de 60 años, quien convivía con la pequeña.

El panteón de Tulyehualco estaba repleto. De todos lados esperaban a la niña. Cuando entró soltaron globos blancos y de inmediato exclamaron: “¡Justicia! ¡Justicia!”.

Su tumba se abarrotó con globos, flores y rosas, todo blanco. “¡Fátima, Fátima, Fátima!”, gritaban los asistentes al tiempo que le aventaban un puño de tierra. El último adiós fue un aplauso que duró más de un minuto. Luego la tumba quedó sola, igual que cuando ella estaba viva, como ahora que ya no está aquí.

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