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Hace más de 50 años Jorge Adalberto Camacho Castillo escuchó sobre la creación de una “ciudad subterránea” como en París, Francia, donde la gente se transportaría e incluso habría comercios.
No tenía idea de cómo sería, incluso creyó era una ilusión, lo único que sabía era que iniciaban las obras de la primer línea del Metro.
En 1969, Jorge dejó sus estudios en una vocacional y comenzó a buscar trabajo; se enteró que solicitaban personal para supervisar las obras de la Línea 1 del Metro e inmediatamente acudió y se quedó con un horario de las 23:00 a las 7:00 horas, donde vigilaba las obras de las estaciones Balderas, Cuauhtémoc e Insurgentes.
Durante las conversaciones con sus compañeros se enteró que estaban solicitando gente para quedarse permanentemente a trabajar; había filas larguísimas para presentar solicitudes, pero no importó, Jorge, a pesar de la desvelada, decidió ir a las oficinas y presentar su solicitud.
Pasaron un par de meses y le llamaron, tras ser aceptado, lo mandaron a capacitación.
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Jorge se pone serio frente a las cámaras, dice que aún le imponen, aunque ya lo han entrevistado antes pues tiene casi 50 años trabajando en el Metro y ha sido condecorado por el organismo en algunas ocasiones.
Recuerda que tras hacer su solicitud alcanzó el cargo “más bajo”, el de auxiliar de jefe de estación, que se encargaba de apoyar en la vigilancia de las estaciones, así como el de ayudar a los usuarios y de suplir al jefe de estación en taquillas en caso de que se registrara algún problema.

Expectativa. Dice que previo a la inauguración, la gente ya había tenido contacto con la línea pues había domingos en que las autoridades decidían abrir las instalaciones para que lo conocieran.
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“Los domingos estaba la gente esperando a que abrieran, pero había domingos que no y otros sí. La gente llegaba a querer entrar, no era necesario avisar, la gente estaba dispuesta a querer entrar.
“Era algo maravilloso ver el gusanito rosa, nuevecito y flamante, circular. Era un tren de nueve carros, de 150 metros de largo, que acá no teníamos”, recuerda, mientras se le iluminan los ojos.
El 4 de septiembre de 1969 se inauguró la línea que iba de Zaragoza a Chapultepec, y a pesar de que era costoso, la gente gastaba un peso para subir al tren y recorrer la Ciudad de forma subterránea.
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“El transporte más barato era como de 34 centavos, había uno que cobraba hasta 70 centavos, pero el Metro era el de moda y muchos querían subir aunque costara 1.20 pesos [en caso de comprar sólo un boleto o un peso si se compraba el cuadernillo con 10].
“Nos lo pintaban muy bonito, nos decían que iba a ser una ciudad subterránea que iba a haber negocios, iba a ser como París, entonces todos queríamos conocerlo”, expone con asombro, pues asegura que muchos usuarios preferían gastar más en su traslado con tal de utilizar esta ruta.
Durante casi 50 años Jorge ha sido auxiliar de jefe de estación, conductor, jefe de estación e inspector de jefe de estación.
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Tiene 71 años y aunque asegura que sigue teniendo la capacidad para hacer todas las actividades, decidió que ya es el momento de dejar el organismo y planea jubilarse en los próximos meses.
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