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Arturo Ortiz ha vivido los temblores más fuertes de la Ciudad de México como el de 1957, cuando se cayó el Ángel de la Independencia y los sismos devastadores de 1985, por lo que ante el terremoto del 7 de septiembre pasado afirma que estuvimos “a punto de no contarla”.
Don Arturo vive en la unidad habitacional Vicente Guerrero, en la delegación Iztapalapa, donde pasó el sismo de 8.2 grados la noche del jueves. Mientras sus hijos le gritaban para bajar lo más rápido posible del edificio que habita, él trató de mantener la calma, cargó a su perro y, tratando de sostenerse en pie, descendió del edificio rumbo a la calle.
“Primero empezó leve, luego se sintió muy fuerte, de un lado a otro y hubo crujidos de paredes y vidrios”, comentó el señor Ortiz, quien trabaja como taxista, y apuntó que las diferencias con el temblor del 85 fueron la duración y la combinación de movimientos oscilatorios y trepidatorios.
“Este sismo [del 7 de septiembre pasado] duró un minuto más o menos y el otro fue de unos tres o cuatro, también se sintió de arriba a abajo. Fue fuerte, pero si se tarda como el del 85 muchos no la hubiéramos contado ahora”, describió Arturo.
Recordó aquel terremoto del cual se conmemorarán 32 años la mañana del próximo 19 de septiembre.
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“Me tocó en el tercer piso de un edificio, en el cruce de Plutarco Elías Calles y Las Torres, miraba al piso y veía cómo todo se movía, tenía en frente una secundaria, también se movía, ¡y cómo corrían los chiquillos, de un lado a otro!”, rememoró.
El terremoto de 1985 tuvo una magnitud de 8.1 grados, ha sido el más destructivo y mortífero en la historia de la capital; cerca de 300 edificios se vinieron abajo y miles murieron aunque no hay cifras claras.
“Todo lo que era San Antonio Abad y Calzada de Tlalpan muchos edificios se cayeron”, comenta Arturo.
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También recuerda el sismo de 1957. Tenía seis o siete años de edad. “Mis papás tenían una casa con dos recámaras y no podían caminar para abrir la puerta, en mi cuarto había un ropero y escuchaba cómo se azotaba ¡paz, paz!, sobre la pared.
“Era tanta la desesperación que cuando pudimos salir mis papás se regresaron porque habían dejado a mi hermano el más pequeño, un bebé de brazos”, añade.
El sismo de 1957 ocurrió un 28 de julio y tuvo magnitud de 7.7 grados, con epicentro en las costas de Guerrero y es recordado porque provocó la caída del Ángel de la Independencia en el Paseo de la Reforma.
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Don Arturo dice que puede tratarse de una coincidencia, pero se pone a pensar en la periodicidad con que han ocurrido los terremotos en en el país.
“Estaba haciendo cuentas y más o menos cada 30 años ha habido un sismo de este tipo, a mí me tocó el de 1957, cuando se cayó el Ángel de la Independencia, luego el de 1985 y ahora éste”, concluye.
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