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Donají.— Héctor extiende su pulgar derecho hacia la carretera en señal de ride. A su lado, en el piso somnolientos, su sobrino de 10 años y su hijo de nueve; de pie, su hijo adolecente, su cuñada y su esposa. Todos esperan el aventón que los acercará a Veracruz, siguen al grueso de la caravana; blindarse y avanzar en grupo es más seguro.


“No tenemos dinero para cruzar y lograr llegar por medio de un coyote hasta donde está mi familia, porque cobran mucho dinero, además de que es peligroso, así que no teníamos más opción que venir en la caravana, aquí estamos seguros, dormimos en el suelo, pero sólo así lograremos escapar y esperamos cruzar, si así es la voluntad de Dios”, comentó.

Raúl huye de la pobreza, viaja sin compañía, y aunque su objetivo es cruzar no se aferra, si no lo logra espera encontrar trabajo en el norte de México, donde le han contado que pagan bien a los albañiles. Asegura que es obediente, que sigue todas las instrucciones de los coordinadores y dirigentes de la caravana, y que camina en grupo, por protección.
“Dejé a mis hijos en Honduras, no los quise arriesgar, esto no es para ellos, yo me arriesgué porque ya estoy grande y voy a buscar un mejor futuro para ellos, para que tengan educación y comida todos los días en su mesa, por eso paso hambre y se ampollan mis pies, es por ellos”, dice sin despegar los ojos en las camionetas que transitan abriéndose paso entre la multitud que espera el ride.
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