PRI: ¿una revuelta en ciernes? (II)

Salvador García Soto

La “reforma del PRI” que empujan grupos internos tras las recientes derrotas electorales de ese partido representa, en esencia, una reacción contra el proceso de restauración del control autoritario que Enrique Peña Nieto impuso al priísmo desde la Presidencia. Aunque no se cuestiona la lealtad al presidente, al que se le reconoce incluso como el “jefe máximo”, los sectores inconformes del PRI pugnan por un grado mayor de “autonomía” de su partido con respecto al gobierno y a decisiones que le afectan y que, en muchos casos, toman miembros del gabinete sin medir el impacto negativo para el partido gobernante.

Al mismo tiempo, se buscaría mejorar los procesos democráticos y de consulta internos para garantizar mayor representatividad y competitividad de sus candidatos a puestos de elección y evitar que, como ha ocurrido a lo largo del sexenio, todas las candidaturas importantes —especialmente la sucesión presidencial— queden en manos del reducido grupo de Los Pinos.

Ese es quizá el trasfondo más importante de la batalla política e ideológica que se avecina en el PRI: el control de la sucesión presidencial a partir de una reforma partidista que busca corregir las fallas y problemas que llevaron al priísmo a perder el pasado 5 de junio el control de siete estados del país y que, a juicio de quienes empujan un “cambio urgente”, podrían llevarlos a perder la Presidencia de la República en 2018, si no se corrige el rumbo en el actual sexenio.

Pero ¿quién o quiénes pueden encabezar una reforma al interior del viejo partido? Hay ya varios grupos que se mueven de manera soterrada, desde ex dirigentes nacionales, gobernadores, lideres parlamentarios y dirigentes estatales que podrían sumarse a un proyecto que proponga un “rescate del PRI”. Algunos de esos grupos empujan la idea de que quien puede liderar un movimiento de reforma es el ex líder nacional,
Manlio Fabio Beltrones, aunque él sólo ha planteado la idea de una “reforma necesaria” en el partido gobernante.

El panorama no se ve fácil para cualquier cambio dentro del PRI. El control desde la Presidencia es absoluto y algunos lo comparan con el sometimiento del priísmo en épocas del presidencialismo omnímodo. De hecho, siempre fueron los presidentes los que echaron por tierra cualquier intento de reforma en el viejo PRI.

Desde Miguel de la Madrid con la Corriente Crítica en 1988, que pedía mayor “autonomía” y mayor “democracia interna” en la selección de sus candidatos, la respuesta de Los Pinos a Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo fue la descalificación total y la acusación de “traidores” en sendos desplegados en la prensa firmados por las cúpulas priístas. Aquel intento de reforma priísta terminó con la expulsión de la Corriente Democrática y la mayor fractura en su historia, que daría pie al Frente Democrático Nacional y después a la unión de las izquierdas en el PRD.

Luego, con Ernesto Zedillo en 1998, surgió la Corriente Renovadora, que encabezaban Sergio García Ramírez, Irma Cué y José Encarnación Alfaro, quienes impulsaban la candidatura de Rodolfo Echeverría para dirigente nacional del PRI y pedían, contra la imposición zedillista, un “proceso interno democrático” para elegir al dirigente. Ante la fuerza que tomó el movimiento renovador y la inscripción de Echeverría en contra del “delfín” de Zedillo que era José Antonio González Fernández, el grupo de “reformistas” fue llamado a Los Pinos.

“No chinguen, eso no se hace. El presidente es el dueño del PRI”, le dijo Liébano Sáenz a Encarnación Alfaro y exigió que retiraran la candidatura de Rodolfo. Ante la negativa de los renovadores, la operación de Los Pinos fue fulminante: el ex presidente Luis Echeverría directamente intervino y le pidió a su sobrino retirarse por petición directa del presidente Zedillo. Rodolfo Echeverría declinó su candidatura y la exigencia de democracia interna fue sepultada en el PRI que dos años después, en el 2000, perdería por primera vez la Presidencia de la República.

Así terminaron esos dos intentos “reformistas” en el PRI que desafiaron el poder de los presidentes en turno; por no hablar de la “idealista” XIV Asamblea Nacional impulsada por Luis Donaldo Colosio en 1990, que introdujo en los documentos básicos cambios que impulsaban la democracia interna y la autonomía del presidente y que dos años después, en 1992, fueron fulminantemente borrados en la “contrarreforma” de la XV Asamblea ordenada por el presidente Salinas de Gortari.

La pregunta es si así terminará nuevamente cualquier intento de reforma del PRI que en estos momentos desafiara el poder de Peña Nieto ¿también los aplastarían desde Los Pinos?

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