Robaron, huyeron y los dejaron ir

Ricardo Rocha

Difícil encontrar una palabra que describa a dos sujetos tan deleznables como Javier Duarte y Guillermo Padrés. A cuál más de rapaces y ladrones. Pero me quedo con una: obscenos. Porque los dos representan lo peor de la condición humana: la impudicia total y desvergonzada. Aquella a la que no le importa que jamás puedan volver a su tierra porque los echarían a pedradas. Aquella que les impedirá siquiera verse al espejo sin asco de sí mismos. Aquella que les justifica cualquier crimen a cambio de llevarse una gigantesca fortuna producto de sus raterías como gobernadores de Veracruz y Sonora.

Allá en el norte, el panista Padrés se comportó con la hipocresía que caracteriza a los practicantes de la misa dominical: golpes de pecho ese día y voracidad sin límites todo el resto de la semana. Se hizo célebre cuando mandó construir una presa —con recursos federales, claro— en un rancho de su propiedad. Actualmente la Procuraduría General de la República tiene una orden de aprehensión en su contra por enriquecimiento ilícito y desvío de recursos. También se le imputan sobornos por más de ocho millones de dólares para favorecer compras de su gobierno; lo mismo transacciones bancarias a través de una empresa holandesa. En suma, la Contraloría sonorense calcula en más de 30 mil millones de pesos el desfalco al erario público, equivalentes a 30 universidades, 300 escuelas y al menos 50 hospitales. En días pasados, le fueron retirados sus derechos partidistas en el PAN y se encuentra formalmente prófugo.

El caso de Javier Duarte en Veracruz es escandalosamente demencial: tan sólo en 2015 el daño patrimonial que provocó a su estado asciende a 16 mil millones de pesos, y en el escenario del desastre un centenar de alcaldes tienen tomado el Palacio de Gobierno estatal en Jalapa por el desvío de al menos 3 mil millones de pesos en recursos federales, cuyo destino el gobierno de Duarte nunca pudo comprobar. Por esa corrupción desatada, por los crímenes contra periodistas, secuestros, desapariciones forzadas y decenas de fosas clandestinas, Veracruz vive un estado de emergencia como nunca antes en su historia. En contraste, cada día surgen nuevas pruebas y evidencias de la fortuna que este engendro de la inmoralidad ha amasado en su beneficio y el de toda su parentela convertida en una auténtica corte de ladrones.

También Duarte está prófugo e igualmente expulsado, en su caso del PRI. Pero lo más vergonzante es que ambos fueron advertidos por el gobierno y sus hipócritas partidos de que ya se armaban gruesísimos expedientes en su contra, lo que les permitió preparar una huida cómoda y segura.

A ver: tan sólo en los años recientes 11 gobernadores han sido señalados como ladrones y corruptos y sólo uno, el priísta Andrés Granier, está en la cárcel: Todos los demás disfrutan alegremente sus malhabidas fortunas: los priístas Humberto Moreira de Coahuila, Fausto Vallejo de Michoacán, César Duarte de Chihuahua, Rodrigo Medina de Nuevo León, Fidel Herrera de Veracruz, el panista Armando Reynoso Femat de Aguascalientes y los perredistas Narciso Agúndez de Baja California Sur, Juan Sabines de Chiapas y los ya mencionados aquí, Padrés y Duarte. Para quienes encontré una palabra que todavía los define mejor: escatológicos.

Periodista

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