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Un grito desesperado

Paola Rojas

Ya ni los acarreados son como antes; ahora se animan a gritarle de todo al que indirectamente puso las tortas, el traslado y la “gratificación”

Estuve la noche del Grito en el Zócalo chilango. Ya se cumple una semana y todavía no me repongo. La ausencia de los que quisieron llegar y no pudieron contrastaba con la presencia de quienes “espontáneamente” acudieron en autobuses para ocupar el espacio indicado.

A pesar de que no hubo acceso a la plaza principal para quienes marcharon en contra del gobierno, se escucharon silbidos y abucheos. Me quedó claro que ya ni los acarreados son como antes; ahora se animan a gritarle de todo al que indirectamente puso las tortas, el traslado y la “gratificación” por su presencia. Y no los critico, al contrario, me solidarizo con quienes tuvieron que acudir al tour con arenga incluida. La verdad no me extraña que entre el frío, la lluvia, el abuso y la corrupción se hayan generado gritos que no estaban en las instrucciones.

La mañana del jueves 15 el Zócalo amaneció amurallado, no sólo por vallas metálicas, sino por los rostros parcos de los elementos del Estado Mayor Presidencial. Pienso en quienes (patriotas o no) intentaron llegar a sus trabajos o casas en la zona y tuvieron que someterse a un escrutinio estricto. Pienso en los que de plano tuvieron que buscar una vía alterna porque en ese momento aquel pedazo de patria, el más representativo que tenemos, le pertenecía sólo a aquellos uniformados de negro.

Por la tarde, la plancha se había convertido en una escenografía del México de finales de los sesenta. Algunos visitantes ya entraban en fila por la puerta trasera de Catedral con torta en una mano y brazalete verde en la otra. No había puestos de comida ni huevos con confeti, pero sí agentes vestidos de civil tomando fotografías a quien les parecía sospechoso. La revisión fue para todos; ni los niños se salvaron. La alegría de muchos se quedó en los arcos detectores de metal.

La noche sorprendió con una incipiente lluvia y un viento que agitaba nuestro máximo símbolo patrio. La luna llena se mostró esplendorosa en todo lo alto (por si no lo recuerdan, México significa “el ombligo de la luna”). Más tarde, la música cedió el paso a la solemnidad, y llegó entonces lo esperado... “el Grito” breve, veloz y tenso, con campanazos antes y después para evitar silencios. Se sintió como grito de auxilio. Palpable fotografía del México que celebramos... Confieso que me angustió la prisa y también el ondear de la bandera con una fuerza casi furiosa. Sentí zarandearse con ella a la patria y a mis nervios. Por fortuna siguieron los fuegos artificiales que desviaron la atención y disminuyeron la tensión. Durante 10 minutos iluminaron las miradas de todos los asistentes, pagados y no.

Eso sí, aunque los aplausos verdaderos sean cada vez más escasos, no comparto la propuesta de quedarnos sin festejo. Gritar “Viva México” es celebrar a este país, no a sus gobernantes.

EL HUERFANITO. Poco se comentó que, por primera vez en la historia, la escolta que entregó la bandera al Presidente estuvo integrada solo por mujeres.

Me dicen que la decisión generó algunas resistencias, pues aunque en los últimos años las mujeres se han abierto camino en la Defensa y la Marina nacionales, algunos consideraron que era “muy pronto” para que ellas encabezaran la entrega solemne. Esto a pesar de que una tercera parte del contingente que desfiló por las calles de la Ciudad el 16 de septiembre eran elementos femeninos.

La marcha de las mujeres no se detiene. Es inútil tratar de frenarla.

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