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En opinión de algunos estudiosos, la soledad, en la era de la globalización, alcanza ya proporciones epidémicas. Se trata de una experiencia íntima que no es ajena a la realidad virtual: la falta de compañía como experiencia dolorosa, el aislamiento que genera zozobra, un cerebro solitario en alerta constante.
Hace poco, matando la tarde en una librería de Madrid, una de esas en las que se pueden hojear sin prisa los libros que abarrotan las mesas de “novedades”, me topé con uno de frases sobre superación personal de Josef Ajram. Ciertamente el tema no es nuevo, ha estado presente entre las preferencias del público desde hace tiempo. Pero me llamó la atención el subtítulo: “Échale gasolina a tu cerebro y consigue todo lo que te propongas”. Abrí al azar una de sus páginas que decía: “Twitter te hace creer que eres sabio, Instagram te hace creer que eres buen fotógrafo y Facebook te hace creer que tienes amigos. El despertar será durísimo”. Creo que tiene mucha razón.
Estar presente a todas horas en redes sociales y recibir una oleada de información en poco tiempo, puede enmascarar la realidad. Se estima que, en las llamadas sociedades industrializadas, una de cada tres personas que tiene conexión a internet se siente sola, casi siempre o al menos con frecuencia.
La soledad, al igual que el rechazo, la traición o la vergüenza, tiene consecuencias importantes en nuestras vidas: la angustia y la depresión, sobre manera. Ese cerebro solitario capta a su entorno social como algo hostil. Y se manifiesta físicamente: aumenta la presión arterial, se alteran los niveles de algunas hormonas en la sangre, disminuye la calidad del sueño o simplemente se experimenta una sensación de malestar general con síntomas vagos e imprecisos. Aparecen entonces la ansiedad, la tristeza y la irritabilidad. El tema, por ser cada vez más frecuente, no es menor.
La soledad puede ser tan dolorosa que, a pesar de las redes sociales, la sensación de desamparo en la sociedad virtual, esa de la que al parecer ya no podremos escapar, lejos de disminuir, tiende a crecer. El mundo sin límites de la red —imprescindible en la vida moderna— nos convierte, cada vez más, en una suerte de testigos ausentes. Cierto, puedes seleccionar tu versión: los favoritos en Twitter o los me gusta en Facebook, pero esto no deja de ser más que un simulacro de intimidad. Bastan unas cuantas conexiones perdidas para que aflore de inmediato la sensación de soledad. La exclusión virtual es tan poderosa como el rechazo social. La sensación que experimenta un usuario compulsivo de su teléfono celular cuando comprueba que, de pronto, ya no tiene cobertura, puede ser tan intensa como la de un náufrago en medio del mar, cuando se percata de que su radio ha perdido la señal.
Y es que internet puede ser el juego de espejos perfecto. Genera la ilusión de que cada uno de los usuarios es tomado en cuenta. Permite construir una personalidad virtual que, en caso de fracasar, se puede modificar fácilmente. Te puedes reinventar periódicamente, ocultar tus inseguridades y miedos, edificar un yo aceptable en una realidad ficticia y, con propiedades de varita mágica, convertir a un sapo en príncipe, con tan sólo un movimiento de ratón.
Experimentar con nuevas formas de ser es, sin duda, atractivo, puede ser incluso divertido y, en algunos casos, efectivo. Y por si fuera poco, el espacio virtual te da, además, una sensación de seguridad: ¡puedes hacer varias cosas a la vez!. También es cierto, la realidad virtual le ha abierto puertas a muchas personas para interactuar con otras. Es algo así como la venganza de los introvertidos. Quizá por eso mismo ha sido un espacio tan exitoso para encontrar pareja. La pregunta de fondo, sin embargo, sigue siendo: las redes sociales, la expresión más clara de la globalización, ¿nos hacen más o menos solitarios?
Hay quienes al despertar cada mañana, lo primero que hacen es revisar un largo pergamino escrito, en su mayoría, por gente a la que no conocen. No obstante, se sumergen de inmediato en el Twitter. Para quien está inmerso en su soledad, pareciera que ese patrón, que se repite, se vuelve gradualmente irresistible: ¿adictivo?. Cuestión de expectativas. Sentirse solo es algo subjetivo. No es otra cosa más que la distancia entre lo que uno tiene y lo que desearía tener.
Las estadísticas nos muestran que la soledad no tiene sexo. Se reconoce con más frecuencia en los adolescentes y en las personas de más de 70 años, pero no es exclusiva de estos grupos de edad. En la sociedad líquida, metáfora utilizada por el original sociólogo de la posmodernidad, Zygmunt Bauman, resulta que optamos cada vez más por no consolidar nuestras relaciones personales. Como si vivir una sola realidad fuera insuficiente. La oferta de relaciones que ofrecen las redes sociales se vuelve entonces atractiva, pero nos hace perder el sentido del tiempo. En cierta forma, nos obliga a parar el reloj. Y el tiempo es lo que es. Su paso nos consume y es inexorable.
La soledad globalizada, pues, caracterizada por relaciones efímeras con los demás, no duraderas, imbuida en el consumo y en el espectáculo cotidiano de la virtualidad real, constituye un efecto indeseable del mundo actual. Forma parte de esa sociedad individualista que hemos construido.
¿Guarda esa soledad alguna relación con el incremento en las tasas de suicidio y en el consumo de drogas que se han observado en los últimos años? Por lo menos hay indicios. Es posible. En todo caso, es la misma virtualidad que propicia el desarrollo de patrones de conducta que buscan satisfacer —casi siempre sin éxito— la necesidad básica que tenemos de comunicarnos, de relacionarnos con otros y de experimentar situaciones placenteras. Si esta epidemia es real, entonces el mundo virtual, paradójicamente, no atenúa la soledad. En el mejor de los casos, la encubre.
CAMBIO DE TERCIO. Escucho, con asombro, opiniones que afirman, sin cortapisas, que las derrotas que sufrió el PRI en algunas entidades en las recientes elecciones, se deben a las iniciativas presidenciales sobre la regulación del uso de marihuana y los enlaces matrimoniales entre personas del mismo sexo. ¿De veras? ¿O sea que los problemas regionales y las necesidades locales, el mal gobierno, la corrupción, la impunidad y la sagacidad de los candidatos triunfadores no contaron?
Mal haríamos en aceptar, sin más, los juicios de quienes no creen que es mejor tratar de construir una sociedad con igualdad de derechos, sin excepciones, y lo disimulan al esgrimirlo como argumento electoral. El análisis individual de cada elección dará información más confiable. Ya lo dijo hace tiempo el legendario político norteamericano Tip O’Neill: “Toda la política es local”. Vale la pena leer su libro.
Presidente del Aspen Institute en México
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