Veinte minutos a solas con 'El Chapo'

Héctor De Mauleón

El jefe del agente le pidió que le tomara una foto al 'Chapo' “para validar la información de la captura y para corroborar su identidad”. La foto le llegó al Comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales, quien la envió a su vez al secretario de Gobernación

A las 9:08 de ese día, Joaquín El Chapo Guzmán y Orso Iván Gastelum, alias El Cholo, salieron de una coladera en el centro de Los Mochis. El Cholo iba armado.

Se apoderaron de un Jetta blanco, que abandonaron a unas cuadras para despistar a la policía en caso de que el auto fuera reportado como robado, y abordaron entonces un Focus Rojo.

Los conductores despojados reportaron el robo al C-4. Uno de ellos dijo que los asaltantes eran “dos tipos en ropa interior”.

Cuatro kilómetros más adelante, en la carretera Los Mochis-Navojoa, dos agentes de la Policía Federal detectaron al Focus que huía a toda velocidad. El Cholo iba al volante. No quiso detenerse. Tuvieron que darle un “cerrón”. Una versión dice que El Chapo iba agachado en el asiento de atrás.

Los federales obligaron a los prófugos a descender del auto. Se percataron de que Gastélum traía un arma en la mano. El Cholo es conocido como uno de los hombres más sanguinarios del Cártel del Pacífico. Sin embargo, no tuvo oportunidad de disparar.

El Chapo les preguntó si sabían quién era.

—Sí sabemos —respondió uno de los federales.

El Cholo les dijo que venía un grupo armado a rescatar a su patrón y que iban a matarlos si no los dejaban irse.

—Guarde silencio —dijo un agente.

Subieron a los detenidos a la parte trasera de la patrulla. A través de la radiofrecuencia escucharon que 30 camionetas con hombres armados se aproximaban a Los Mochis. Que venían por la carretera en la que había sucedido la detención.

Vía telefónica, los agentes solicitaron refuerzos a sus superiores. Sabían que si empleaban la comunicación por radio, la gente del Chapo iba a escucharlos. Todo era confuso. El narcotraficante y su jefe de seguridad estaban mojados y llenos de lodo. El Chapo repetía:

—Ayúdenme a llegar a Chemoris. Les arreglo la vida para siempre.

Los agentes confesaron luego a sus superiores que se morían de miedo. Pero uno de ellos había estado dos semanas antes en el homenaje que se rindió al único sobreviviente del ataque que en mayo de 2015 derribó un helicóptero en el que viajaban 18 policías federales —y en el que 10 mil policías ovacionaron de pie al sobreviviente. Ese agente dijo que al ver al Chapo en la patrulla recordó aquel momento, y supo que no iban a dejarlos solos.

Su jefe le pidió que le tomara una foto al Chapo “para validar la información de la captura y para corroborar su identidad”. La foto le llegó al Comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales, quien la envió a su vez al secretario de Gobernación.

Para entonces había llegado otra patrulla con dos agentes más. Los policías resolvieron buscar una zona segura. Calcularon que no les daría tiempo de llegar a su cuartel, al otro lado de Los Mochis.

Así que decidieron esperar refuerzos en el motel Doux. Escondieron las patrullas en el garaje, para que no se vieran desde la calle. Tomaron la habitación 51, que se encuentra al fondo, y también la 19, que conecta a la azotea. Dos de los agentes subieron a ésta y se apostaron ahí con sus armas largas, temiendo lo peor. Vieron pasar un helicóptero de la Marina y le hicieron señas desesperadas. Pero el piloto no los vio.

Los otros dos elementos se quedaron en la habitación 51. Habían dejado al Cholo esposado en una de las patrullas para no distraerse de lo esencial: El Chapo. Le tomaron otra foto para que sus superiores vieran dónde lo tenían. Pasaron los minutos. El Chapo, sentado al borde de la cama, los medía, los estudiaba. Les ofreció empresas, casas, negocios, dinero.

Llegaron entonces al motel seis agentes más.

—Me van a venir a rescatar, va a haber un regadero de sangre, mejor déjenme ir, ayúdenme a llegar a Chemoris —les dijo El Chapo.

—Cállese —ordenó uno de los agentes, y luego dijo a sus compañeros: —No hablen con él.

Pasaron todavía unos 20 minutos. Llegaron los marinos y el Ejército.

—Se te acabaron tus vacaciones de seis meses —le dijo el comandante de la Marina que lo detuvo en 2014.

—Sí, se me acabaron –respondió El Chapo.

En “el invierno de nuestro descontento” casi nunca es posible relatar una historia así. Los agentes que lo detuvieron pasaron unos 20 minutos a solas con El Chapo, un delincuente que lleva 30 años comprando y corrompiendo todo lo que toca.

Esos jóvenes no se dejaron tentar.

Una historia así debe ser contada. Ya lo creo que debe ser contada.

@hdemauleon

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