El deseo de perderse en las tinieblas

Guillermo Sheridan

Entre las extensas, atribuladas y febriles cartas que desde Mérida, en 1937, Octavio Paz mandó a su novia Elena Garro (a quien él llama “Helena”), el joven militante que se prepara para ingresar al Partido Comunista da cuenta de un drama que lo conmovió tan profundamente que casi lo manda a buscar su personal “corazón en las tinieblas”: el drama de los indios dedicados a recolectar chicle —otra planta milagrosa y otra condena, como el henequén— en las selvas de la península yucateca.

A Paz lo enfureció el trato a los indios explotados en ese remanente de las castas por los comercializadores de chicle, europeos y norteamericanos, y por sus socios yucatecos: terratenientes y sindicatos. Luego de asistir a una convención de chicleros le escribe a Helena: “No hablan español. Totalmente borrachos, degenerados por los ingleses y los líderes. Algo terrible. Me dan la impresión de lo implacable, de la desesperación más pura. La vergüenza del hombre. Yo estoy rodeado de gentes que no se avergüenzan de su existencia, que están conformes y tranquilos con sus conciencias y su vida; también me rodean los hombres de la clase media, los hombres topos y los hombres sapos, que se esconden y jamás se confiesan su vergüenza, su condición. Los chicleros son otra cosa: son la canallería pura que llega después de meses en la selva a cualquier poblacho a degradarse, a morirse, a olvidar esa selva, esa soledad y esa desgracia; luego, como fieras, otra vez a la selva, a olvidar la ciudad, las borracheras y el lodo que se les mete en la boca, que les meten en la boca todos los bandoleros que habitan la ciudad, todos los malvados y canallas que forman nuestra sociedad. Y nosotros somos de esos. Somos igualmente bandoleros y canallas.”

La parte de culpa que siente ante estos marginados hasta de la marginación, va más allá del “despiadado y cruel” capitalismo y se reconoce parte de “la vergüenza del hombre” que explota a otros hombres. Más allá de los argumentos políticos, su lado poético se siente llamado por “las fuentes secretas de la espontaneidad y de la unidad en lo más obscuro, antiguo e inefable”, por la “sabiduría de la corrupción y la disolución”. El horror del drama chiclero le provoca entonces un vehemente deseo de saltarse la “muralla de la cultura” para caer en el “lado oscuro” y hace planes para, a lomo de mula, acceder a lo más recóndito de las tinieblas y disolver sus vínculos sociales “en ese sufrimiento tan grande, y tan inconveniente, tan mineral y estúpido, uno que me haga olvidar mi falsa imagen, que me devuelva lo que soy. Y con gran vergüenza y tristeza de hombre, del chiclero que todos llevamos dentro, chiclero hipócrita mucho peor que éstos, explotados y víctimas.”

¿Qué es lo que lo mueve? El “interés de conocer eso, de tocar esa terrible llaga de México, del planeta y de la especie humana”. Algo de ánimo libertario y de altruismo, pero también la fantasía de perderse, de negar su carácter (y su destino) de joven intelectual revolucionario. Logró el exilio a Yucatán, pero ahora quiere un destierro: “El odio a mí mismo me está haciendo partir más lejos”, le escribe a Helena. Estoy “en la situación del que parte más lejos todavía, hasta borrar de su corazón su propia imagen, la imagen que ustedes, amigos míos, amante mía, conocieron. El odio de lo que me rodeaba, el amor de lo que me cercaba, me hizo venir. El odio a mí mismo me está haciendo partir más lejos.”

Además de la rebeldía, se halla seducido por una atracción del abismo que algo tiene de náusea existencial y suicidio diferido: “Todo inútil, todo falso. Inventamos algo para no morir y luego sufrimos para que no mueran nuestras invenciones. De pronto el hombre se queda desnudo, sin nada que asirse, hundido dentro de sí, viéndose a sí mismo. Y yo me veo como algo desoladoramente estéril, veo a la muerte, a una ridícula e incansable muerte disfrazada de vida.” Y luego de varios días, cuando ya está a punto “de mandarte un telegrama avisándote que salía para los campos chicleros”, cancela el proyecto.

La explicación —y muchas otras más, a ese y a otros tipos de predicamento— se halla en mi nuevo libro, Los idilios salvajes, el tercero de los volúmenes que he estado escribiendo sobre la vida y la obra de Octavio Paz y que en estos días pondrá en circulación Ediciones Era.

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