La tierra es redonda

Guillermo Fadanelli

“Vamos, hombre —le dije al pobre sujeto aquel—; ni siquiera lo que sabemos lo sabemos a ciencia cierta.” Yo me harto fácilmente de las fruslerías verbales, y ello debido a mi edad a cuya altura se ha instalado la rabia y el desprecio a la tontería aceptada como certeza. Se acaban los tiempos en que toda conversación podía ser saludable, una gimnasia para el espíritu o, si se prefiere, un aliciente para el conocimiento. La simpatía tiene su valor, y lo escribe aquí un ser antipático por convicción y naturaleza. Ser antipático es una de las pocas virtudes que poseo y que me ha rendido frutos, pues aleja a las personas de mí; y cada lejanía es como un trago de buen vino, una razón para continuar viviendo. Hace pocos días, mi buen amigo Héctor Iván González me recordaba estas líneas de Rilke: “Por la misma grieta en el aire / por la que te fuiste / entró la muerte y mostró / que todos actuamos en una obra sin importancia.” Desde que leí su correo no he dejado de pensar en que soy un actor de planta en una obra que carece absolutamente de trascendencia. Lo contrario sería terrible: el hecho de creer que uno posee determinado papel en la vida, que la miseria de carne parlante a la que uno se reduce posee algún significado o sentido trascendente y explicable. Actores de una obra cualquiera en la que un héroe no tiene cabida. Los héroes florecen y habitan en la mente de los seres cándidos, son necesarios para vivir y representar un papel “destacado” en la obra sin importancia a la que el verso de Rilke alude. Cuando soy testigo de la saña o encono con que los artistas e intelectuales pelean entre sí no puedo más que reírme pese a que después de la risa venga un desgano y vacío incomprensibles. No saben elegir a sus enemigos; se los inventan y dejan pasar por alto la silueta de los verdaderos criminales. Esa silueta que algún día muy próximo tomará forma y los expulsará de su casa, los humillará y los reducirá a partículas elementales de una política cósmica dispersa. Les propongo a todos estos escritores, intelectuales y académicos que elijan a un político, o a un empresario criminal y dediquen su imaginación para exponerlo al juicio público, para exhibir su ruindad y joderlo (¿O creen que ninguno de ellos afecta la creación de bienes intangibles del arte y el conocimiento?) Basta de tirar la imaginación por el excusado. Hagan algo bueno además de sus bellísimas y apreciables obras.

Cuando digo que no sabemos a ciencia cierta lo que sabemos me imagino que, en cuestiones de lenguaje y literatura, la mayor parte de los seres comunes (me incluyo como representante común de los seres antipáticos) creemos todavía que la tierra es plana. Y ya es demasiado halago comparar a algunos de nosotros con Ptolomeo o los medievales que pensaban en la tierra como el centro del universo. Creemos, por decirlo en palabras de Bertrand Russell, que el lenguaje es transparente y que el espacio que existe entre las cosas y nuestra percepción de esas cosas está vacío: para describir las cosas sólo tenemos palabras, instrumentos o herramientas que no son ni principio ni fin, sino sólo un medio dirigido a obtener un objetivo. La sola lectura de Wittgenstein o Carnap hasta Quine, Austin, John Searle e incluso el mismo Chomsky (a quien se le conoce mucho más por sus enunciados políticos que por sus aportaciones a la lingüística) pondría en entredicho nuestra seguridad en el lenguaje y en lo que estamos expresando cuando hablamos. John Serle, justamente se preguntaba: “¿Cómo representan nuestros estados mentales estados de cosas en el mundo?” No causaré su abulia alargando este tema, pero la lectura de algunos de estos filósofos nos haría infelices puesto que descubriríamos que la tierra es más o menos redonda, que no somos el centro del universo y entonces nuestra sabiduría medieval (y que me perdone Abelardo, Ockham o Duns Escoto) quedaría mermada muy seriamente. Así pues, si uno no ha puesto en coma, o en entredicho sus palabras y juicios, se convierte en un ser peligroso y sus certezas se tornan cuchillos que cortan la cordialidad y la prudencia que debería reinar entre todos aquellos que desean vivir unos pocos minutos más. A veces soy objeto de ataques por parte de alguno que otro escritor o soldado del medio de la literatura (sea que lo hagan amargura, resentimiento o simples deseos de joder). Hay uno en especial que no deja de tirar dardos de aire sólo porque algún día tuvo mi amistad. Pero yo no reacciono a las puyas —sólo respondo a la crítica argumentada con gracia o sustento, aunque sea inclemente conmigo— para no engrosar la atmósfera de la ñoñería generalizada. Desde que tengo uso de razón sé que a las personas que más me dañan no las conozco personalmente. Contra ellas voy y he ido siempre, ¿Lanzo piedras al viento? Es posible, pero algún día daré en el blanco.

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