¿Qué de raro tiene?

Eduardo Brizio

El tema de los futbolistas extranjeros que “juegan” en nuestro país ha acaparado la opinión pública y ha polarizado las opiniones. Hay quienes piensan que son benéficos para el desarrollo balompédico, que en un mundo globalizado no son un “tapón” para los jóvenes talentos autóctonos y que “el que es perico donde quiera es verde”. Puede ser. Para mi gusto debería de ser una cuestión de calidad, no de cantidad.

Uno de los problemas, desde mi punto de vista, radica en que el 90% de los foráneos que son contratados, no dan resultado, no se adaptan, son unos troncos que solamente vienen a cambiar espejitos por oro y cumplen cabalmente con el propósito por el que fueron importados: proporcionar jugosas ganancias a la dupla promotor-directivo, sin mencionar que, en muchos casos, hasta el cuerpo técnico está coludido.

Pero el principal problema proviene de la herencia de Malinalli Tenépatl, Doña Marina, Malintzin o La Malinche, como usted prefiera llamarle, condición que le otorga a todo (absolutamente todo) lo que venga de fuera de México, automática superioridad sobre lo nuestro.

Esta situación se agudiza en el balompié nacional y lo viví en carne propia. Cuando me desempeñé como silbante: el presidente de la H. Comisión de Árbitros era “el doctor” (uruguayo), el instructor en jefe Arturo Yamasaky (peruano) y el preparador físico, mi queridísimo Tadeus Kempka (polaco).

Solamente me parecería aceptable que un no nacido en nuestro país desplace a un mexicano cuando demuestre una mayor capacidad o un mejor desempeño. Pero “la culpa no es del indio; sino del que lo hace compadre”. Bienvenidos todos aquellos extranjeros que vengan a aportar, no así los que solamente vienen a “robar”. De los que luego de que se les abrieron las puertas, se establecieron aquí, aprovechando todas las bondades de esta bendita tierra, reniegan y patean el pesebre... luego hablamos.

Llámenme ustedes chovinista si lo desean, pero la persona que forjó mi vida y más influencia ejerció sobre mi manera de pensar y de sentir, algún día me aconsejó: “Jamás te avergüences o reniegues de tu nacionalismo”.

Es mentira que la Constitución le otorgue a un naturalizado los mismos derechos que a un mexicano por nacimiento. Por ejemplo, un “adoptado” no puede contender para ser Presidente de la República, ni puede ocupar muchos puestos de elección popular. Luego entonces, si la propia carta magna es nacionalista, que yo lo sea (ya lo cantó Martín Urieta)... ¿Qué de raro tiene?

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