En honor de El Bosco

David Huerta

La diversidad de las formas, la vivacidad de la composición, el esplendor de las escenas en El jardín de las delicias, ese inagotable cuadro de El Bosco, no igualan el poder de seducción de su centro enigmático: su misterio, pues ¿ qué significa, qué es o qué nos dice esta serie vertiginosa de imágenes pintadas hace medio milenio? Nadie ha podido explicarlo y sin embargo esta obra única sigue incitando a quienes la ven en uno de los muros del madrileño Museo del Prado.

Hace unos días, fui a ver una película sobre El jardín de las delicias y sobre El Bosco, acompañado de una de las admiradoras más fervorosas de esa maravilla de la pintura, del espíritu, del genio. La cinta se llama El jardín de los sueño y es otra maravilla; en buena medida, porque abre una vertiente insólita en la historia del cuadro: la forma en que lo han visto un puñado de escritores modernos; pues la mayoría de los comentaristas, aquí, en la película, son principalmente escritores, aunque aparecen asimismo algunos otros artistas, historiadores y pensadores.

El animador de este espectáculo cinematográfico es el holandés Reindert Falkenberg y es holandés, también, el escritor que más nos llamó la atención por la fogosidad y el brillo de sus intervenciones: el gran Cees Nooteboom. Valdría la pena hablar un poco de quienes no son escritores, pero me limitaré a mencionar a la cantante Renée Fleming, quien lee e interpreta con una voz espléndida, en una escena conmovedora, una partitura que aparece en El jardín…, y al filósofo francés Michel Onfray, porque lo que dice es muy hermoso.

Parte del misterio es un asunto onomástico. Pues si bien es conocido universalmente como El jardín de las delicias, no es para nada seguro que este cuadro se llame así realmente; el dato preciso está extraviado, acaso para siempre, en las brumas del siglo XV y pienso que conocer el verdadero título no ayudaría mucho a entenderlo. ¿Lo que pintó El Bosco tiene como tema, si seguimos la señal del título, una reflexión visible sobre el deleite, un jardín alegórico como el del libro Roman de la Rose y tantos otros textos medievales, un alegato doctrinario sobre el pecado y sus irradiaciones? Casi todos los escritores hablan con lucidez sobre la obra y escucharlos es una de las recompensas de ver esta cinta. Digo “casi”, porque hay algunos comentarios prescindibles en los que quienes hablan piensan más en su propio lucimiento que en el cuadro; hasta el vanidoso Salman Rushdie trata de meterse en la mente de El Bosco y habla con entusiasmo de lo que ve en las imágenes.

Pero el escritor más elocuente y sagaz de los que aparecen en El jardín de los sueños es, como ha quedado dicho líneas arriba, Cees Nooteboom, un viejo admirable que aun, de pronto, habla un poco de español —es conocida su vocación hispanófila. Es el mejor camarada de El Bosco en esta película, su espectador más apasionado, su mayor explorador.

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