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Novísimos. Nuestro Iván Ilich

Christopher Domínguez Michael

De las novelas mexicanas de la actualidad acaso ninguna me ha impresionado tanto como Las mutaciones (Antílope, 2016), de Jorge Comensal. Apenas rebasa las 200 páginas esta primera novela a la vez humorística y funeral, una historia clínica devenida en tanatografía. La trama es sencilla. Un abogado enferma de una particularmente agresiva forma de cáncer en la lengua, asombro de los ambiciosos oncólogos que lo atienden por su rareza y quienes hacen del expediente, con toda y las muestras extraídas tras la operación, una promesa de arrollador éxito científico.

Sin lengua —sin habla—, el licenciado Ramón Martínez habrá de vivir su agonía comunicándose con un “cuaderno de conversaciones”, como el que utilizaba el sordo Beethoven (en una novela no exenta de melomanía, pues uno de los oncólogos, por si faltase algo para hacer atractiva a Las mutaciones, disfruta de ese placer solitario gracias a Bach), a través del cual pide lo imposible. Mediante sus recados, el moribundo —el cáncer de lengua hace metástasis en el pulmón— exige respeto por su voluntad, sobre todo pecuniaria. Fracasa, éste soldado del bien morir, en convencer a su estoica esposa Carmela y a sus erráticos hijos, de la necesidad de actuar jurídicamente contra su codicioso hermano, quien podrá aprovecharse, una vez que fallezca, de su desfalcada familia. Con malogrado sigilo leguleyo, Ramón calcula que su propio suicidio será la joya de la corona en la defensa del patrimonio heredado a los suyos.

La novela tiene un regusto flaubertiano en la doble pareja compuesta por la criada Elodia y el loro Benito, trasuntos de aquellos aparecidos en Un corazón sencillo (1877), donde la atribulada Felicité, otra empleada doméstica, identifica a su pajarraco con el Espíritu Santo, jugando una función semejante a la de Benito —así nombrado por la admiración del masónico abogado por el Benemérito— frente a su dueño. Esa semejanza ya la había notado el poeta David Huerta, quien, además, agregó en estas mismas páginas de EL UNIVERSAL, que al mexicano Comensal (1987) lo distingue “el brillo de su prosa” y la precisión poética.

Las mutaciones abundan en expresiones afortunadas, expresivas de la intimidad del joven novelista con su materia, desde las viejas palabras chilangas que a la memoria del moribundo regresan debido al silencio obligatorio, como cadáveres lingüísticos emergidos desde el fondo del dolor, hasta sentencias del orden aforístico, como aquella que describe al optimismo como una forma laica de la superstición. Así como Flaubert subtituló su Madame Bovary llamando la atención sobre su carácter de romance sobre las “maneras” de su provincia normanda, Comensal no teme ni transcribir, con discreción, el habla de los capitalinos ni referirse a la nostalgia del agonizante por el Popo y el Izta, vigías ocultos tras el neblumo del Valle de México, que tanto le preocupa. En su nombre, su procaz loro, elevándose hasta el árbol más alto del jardín hogareño, mira a la pareja de volcanes al escaparse un rato de su jaula.

La novela cuenta con un par de epígrafes, uno revelador, de Susan Sontag (La enfermedad y sus metáforas, desde luego) y otro, enigmático, de Rosario Castellanos (es bueno y es noble acordarse a veces de ella). Y no sólo las reflexiones sobre el saber médico (o su crítica), sino la oncología y su historia van siendo bordadas por Comensal en el telar de Las mutaciones. El llamado saber psicoanalítico también hace acto de presencia a través de la tragedia freudiana o del incordio lacaniano, pues al drama de la familia Martínez se agrega una historia paralela, la de Teresa, psicoanalista sobreviviente del cáncer mamario dedicada al acompañamiento de pacientes víctimas de ese mal, a los cuales ella auxilia medicinalmente con mariguana, remedio al que acabará por recurrir el abogado Martínez, lo cual da a la novela un toque de urgencia contemporánea. Ello pese a la presencia, necesaria pero intrusiva, del joven paciente hipocondriaco de Teresa.

Si Comensal hace explícita su deuda con Flaubert, no por obvio puedo dejar pasar el aire de familia que une a Las mutaciones con La muerte de Iván Ilich (1886), de Tolstói. Ambos héroes, sanos, fueron letrados exitosos. Burgueses, como se decía antes. Pero los dos sólo obtienen consuelo vicario de un empleado y Elodia es para Ramón lo que Guerásim para Iván Ilich, como si la verdadera conmiseración fuese imposible entre quienes están unidos por la sangre.

“¿Por que a mí?”, le preguntó un amigo incurable a su enfermera, hace muchos años. “¿Por qué no?”, le respondió ella. Ese diálogo esta implícito en Las mutaciones, una novela que viene de la literatura universal para regresar a ella, pues su asunto es un “núcleo inamovible, una suerte de alma universal, ‘alma’ en el sentido más profano, ferratero, como el aluminio de una tubería de polietileno”, según dice el propio Jorge Comensal, cuyos personajes, si calculan “el cambio de los hábitos, las ideas y las emociones”, descreen, en cambio, de que el alma, tan desprestigiada, pueda mudar. Conclusión virtuosa en una novela, no se olvide, sobre los antiguos humores del cuerpo, sino escrita desde del humor, el más agudo y por ello tan volátil, de los sentidos.

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