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Tardes con Lampedusa

Christopher Domínguez M.

Volví a ver El gatopardo, de Visconti. Volví a leer, después, El gatopardo de Lampedusa, resignado a que el poder de la imagen (y más aun sí la filma un Visconti) mata al poder de la palabra cuando se trata de grandes cineastas. Por ello rehuyo mirar adaptaciones cinematográficas de mis libros preferidos. Suelen desordenar la película propia que uno mismo construye de sus clásicos aunque si el filme es muy malo, éste se olvida a favor de la memoria primigenia. A veces es al revés: nada me fue más estimulante para releer a Jenofonte y compañía que la película de Zack Snyder.

Vuelvo a El gatopardo y a la curiosa historia de su autor, el príncipe siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896–1957) quien, tras ser rechazada por varias editoriales, no llegó a ver publicada su novela. Cuando el loco de Feltrinelli osó editarla en 1958, gracias a la insistencia de Giorgio Bassani, el príncipe ya había muerto sin ver ese capricho suyo de vejez, más propio de Rossini que del entonces imperante neorrealismo, convertido en el gran clásico italiano de la segunda mitad del siglo XX. Inspirado en la vida de su abuelo, el Príncipe de Salina que ve desembarcar en su isla a Garibaldi y a sus camisas rojas listas para la unificación del reino italiano, Lampedusa escribió una novela impar sobre la decadencia. Fue mal recibida tanto por el tradicionalismo siciliano como por la poderosa izquierda italiana; unos la hallaban denigratoria del orgullo isleño, otros, retardataria y nostálgica. Pero Aragón la alabó en París y el jefe comunista italiano, Palmiro Togliatti, quien de todo opinaba, la decretó obra maestra, usando el expediente de Marx ante Balzac: cuando una novela nos enseña el declive de un mundo, toca al lector interpretarla debidamente como una invitación a la revolución. El autor, con su texto, bien podía quedarse amarrado y amordazado en una silla mientras el “realismo de nuevo tipo” hacía de las suyas. Lo cuento no por la tristeza reaccionaria que rutinariamente se me atribuye, si no porque el propio Visconti tuvo reparos ideológicos al filmarla, él mismo un aristócrata de izquierdas, temiendo que su presentación del Risorgimento de 1860 fuese visto en los términos de Tancredi, el adorado sobrino del gatopardo, quien al volverse garibaldino, afirmó que “si queremos que todo siga como ésta, es necesario que todo cambie”, frase repetida sin cesar cuando de demagogos se trata. Pero el príncipe de Salina, alter ego de su heredero y descendiente Lampedusa, descreía, según David Gilmour, su biógrafo, del oportunismo de su Tancredi.

Entiendo, en esta relectura, que El gatopardo es una novela sobre la muerte, como la que Tolstói dedicó gloriosamente a su Iván Ilich, uno entre muchos y mortal inmortal entre los personajes novelescos. Con el príncipe de Salina, lo afirma Lampedusa y lo sugiere Visconti, muere una ciudad antigua rodeada por el mar mediterráneo. Sicilia debía su pequeña civilización, no demasiado orgullosa de sí misma, a sus gloriosos y contumaces invasores, uno tras otro a lo largo de los siglos.

Lampedusa pasó su vida dedicado a la lectura y a la enseñanza privada de la literatura. Adicto a los isleños, fue autor de siluetas a la vez didácticas y preciosistas sobre los autores de la otra isla suya, la que tiene en Londres su capital. Clasificaba a los escritores entre los escritores flacos, muy flacos y gordos: entre los primeros destacaba a Stendhal, entre los segundos a los poetas simbolistas y a los epigramistas franceses, y entre los terceros, a los pesos pesados, desde Dante a Proust. Odiaba a la ópera, destructora de la mente italiana, decía. Sólo respetaba a los críticos verdaderamente grandes (Hazlitt, Lamb, Sainte–Beuve, De Sanctis): los demás podíamos irnos al diablo. De su escritura, la más abundante, está no en italiano sino en francés, la lengua con que se comunicaba con Licy, su remota esposa, una psicoanalista báltica. Cuando apareció El gatopardo, un vanguardista envidioso dijo que el príncipe Lampedusa había hecho retroceder medio siglo a la literatura italiana. Así había sido, por fortuna, habría pensado Lampedusa, un príncipe genial y desganado.

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