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Nueva York, EU.— Esa añeja y noble práctica de contar con el aval de la ONU antes de hacer la guerra se ha vuelto un timo. Las potencias lo acaban de volver a hacer.
Estoy en el recién remozado edificio de las Naciones Unidas en la Gran Manzana. Reluciente pero igualito. Así lo decidieron: que no cambiara su fisonomía, pero que se modernizara. Las obras se retrasaron tres años (pasa hasta en las mejores familias), pero ya quedaron.
La terraza con vista al Río Este de Nueva York es inspiradora. El salón de la Asamblea General impone con su tribuna verde, histórica, poderosa. Y la sala del Consejo de Seguridad da la impresión de que si alguien hace ruido aparecerá un francotirador para ponerle una bala en la frente.
Con el liderazgo de Francia, la ONU acaba de aprobar una resolución autorizando a todos los países del mundo a hacer todo lo que haga falta para combatir al grupo terrorista Estado Islámico. Así de amplio. Así de vago. Así de peligroso.
En tiempos en que antes de hacer la guerra se pedía permiso, los países se sometían a las reglas del famoso artículo séptimo de la ONU, que respaldaba las intervenciones militares bajo ciertas condiciones y mandataba una supervisión estrecha de la comunidad internacional.
El artículo séptimo ahí sigue… nomás en el papel. Las guerras más recientes se han brincado a la ONU o por lo menos a su legislación. Sólo este año, Estados Unidos empezó a atacar a Siria de manera unilateral. Rusia recién comenzó a hacer lo mismo. Tampoco pidió visto bueno. Francia redobló sus bombardeos tras los ataques de París. Con esa tragedia como fortaleza en la negociación, Francia esquivó el artículo séptimo y logró la aprobación de esa vaga resolución que, en síntesis, otorga licencia a todos los países para hacer todo lo que quieran con la excusa de combatir el terrorismo del Estado Islámico, sin rendición de cuentas.
Al Consejo de Seguridad, Francia llegó de la mano de los otros cuatro grandes: Estados Unidos y Rusia, que ya estaban en falta, Gran Bretaña, que los ha acompañado, y China, que apenas sufrió la salvaje ejecución de los extremistas islámicos contra uno de sus ciudadanos. Los representantes de las demás naciones integrantes —son 5 lugares permanentes y 10 rotativos— no pudieron más que levantar la mano. Varios exhibieron su incomodidad por la redacción vaga, los descorteses modos para aprobarla y las graves implicaciones que puede tener su mal uso.
Así, con el aval de la ONU, las potencias y quienes quieran secundarlas pueden establecer todo tipo de controles sobre sus ciudadanos, violar normas judiciales, intervenir comunicaciones y realizar cualquier acto de guerra, siempre que sea con el argumento de que es contra los terroristas del Califato de Abu Bakr al-Baghdadi.
La vista hacia el Río Este luce fenomenal desde el edificio remodelado de la ONU. Lo que sale de ahí no se ve nada bien.
historiasreportero@gmail.com
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