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Conocí a José Luis Cuevas hace 17 años, luego de la muerte de su primera esposa, en una reunión en la mítica casa de San Ángel que le diseñó Teodoro González de León. En aquella ocasión, pese a su duelo, supe que estaba en presencia de un creador íntegro, de una persona noble y generosa. Incluso tuve la fortuna de recibir una nota acompañada de sus característicos dibujos. “Pronto necesitaré los servicios de una notaría y quien mejor que usted, Gilberto, para que me ayudara en estos trances”, me dijo en el documento que conservo enmarcado.
Su fama de dandy decadente, de enfant terrible del arte mexicano, la ganó en la década de los cincuenta, cuando públicamente se opuso a seguir las tendencias estéticas del muralismo. Esta postura antitética no sólo se reflejó en los elementos técnicos de sus trabajos, sino también en la actitud que asumió en sus comparecencias públicas, en las cuales exhibió su cosmopolitismo y su ánimo transgresor. Siguiendo esa tendencia, exacerbó las diferencias entre tradicionalistas y radicales al publicar su manifiesto La cortina de nopal, en el cual describía a un México vetusto, cerrado sobre sí, incapaz de explorar las vertientes que se imponían en otras latitudes.
Mucho se ha polemizado acerca de la influencia que en su trabajo teórico tuvo el crítico cubano José Gómez Sicre, supuesto redactor de varios de los libros y columnas que Cuevas firmó. En lo personal, desconfío de quienes insinúan un plagio o un contubernio pernicioso entre ambos, pues pude constatar la agilidad intelectual de Cuevas y la elocuencia y fervor con que defendía sus postulados. Además, las afinidades pueden hacer que dos personas confluyan en una perspectiva y alcancen ciertas semejanzas en la expresión de sus ideas.
La insolencia y la pasión por la deformidad armonizaban en Cuevas de tal modo que desarrolló una segunda pasión que explotó por la vía de la hipérbole, la de su autobiografía. Desde que comenzó la redacción, el proyecto fue volviéndose enigmático y fragmentario y se amplió hasta convertirse en un estupendo catálogo de anécdotas y reflexiones en torno al oficio pictórico, la literatura, la emotividad y la valentía que distingue a todos aquellos que deciden abrirse camino a sí mismos.
Como muchos iconoclastas, Cuevas se negaba a ser un esclavo de su contemporaneidad, y sus influencias estaban ligadas a un pasado al que él mismo procuraba dar forma a través de sus trazos. Admiraba a “El Bosco” y a Francisco de Goya, de quienes ponderaba su capacidad para representar la miseria y la sordidez de una realidad marcada por la enfermedad y la finitud. El carácter heterodoxo de su producción fue un rasgo sobre el que llamó la atención Juan García Ponce: “en la obra más antigua de Cuevas que al menos yo pueda recordar, no hay ninguna relación con el presente. Y este círculo no se cierra”.
En un mundo donde los sucesos trascendentes se diluyen, Cuevas era un acontecimiento permanente. Por ejemplo, el 26 de febrero de cada año era una fecha que sus más allegados esperaban con expectación, ya que ese día festejaban su onomástico “el grupo de los piscis”, formado por Raúl Anguiano, Eulalio Ferrer y él.
Coincidí con Cuevas por última vez hace unos meses. Esa tarde, percibí que el brío que lo había caracterizado se había tornado en una especie de melancolía. El distanciamiento de sus hijas y todos los problemas en los que se vio envuelto los últimos años le habían hecho mella.
Coherente con su talante provocador, desde su “mural efímero” hasta el performance que montó su familia en Bellas Artes en su funeral, Cuevas vivió toda su vida como quiso vivirla. Lo recordaré intransigente, arrojado, como el hombre que no estuvo satisfecho con el asombro y desafió a la indiferencia. La postal que se aloja en mi memoria es la del niño que empuñó el lápiz de Diego Rivera.
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