La vergüenza de nuestras prisiones

Alejandro Hope

En las cárceles en México tenemos un infierno administrado por el Estado, donde no hay derecho que valga y donde habita uno de cada 400 adultos mexicanos

Si quieren conocer el alma de un país, no vayan a sus escuelas, sus parques o sus plazas: vayan a sus prisiones. Fiodor Dostoievsky decía, con razón, que “el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”. Y en esa métrica, la sociedad mexicana sale más que reprobada.

Hace dos días, el Inegi dio a conocer los resultados de la primera Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad (ENPOL). De ese ejercicio, construido con amplias entrevistas a más de 60 mil reos, surge un retrato espantoso de nuestro sistema de justicia penal en genérico y de nuestras cárceles en específico.

Algunos datos son particularmente atroces:

1.— Una quinta parte de los presos (21.5%, para ser preciso) fue arrestado en un lugar privado, sin orden de aprehensión de por medio.

2.— La violencia psicológica es deprimente habitual. Seis de cada 10 reos fueron incomunicados o aislados al momento de su detención. A más de la mitad, se les amenazó con levantarles cargos falsos. Más de la tercera parte aseguró que se les impidió respirar momentáneamente, sofocándolos, asfixiándolos o metiendo su cabeza en agua.

3.— La violencia física es igualmente común. Al momento de su detención, casi 60% de los entrevistados recibió puñetazos o patadas. Cuatro de cada diez recibió golpes con objetos, uno de cada cinco fue torturado con descargas eléctricas y uno de cada veinte fue víctima de una violación sexual.

4.— Tres de cada diez reos están esperando aún sentencia. De esos procesados, dos terceras partes lleva más de un año en prisión y 43% lleva más de dos.

5.— En prisión, no es lo mismo ser rico que ser pobre. Para los reos con defensor privado, en 64% de los casos se buscó demostrar la inocencia del inculpado. Para los que sólo tenían defensor de oficio, sólo en 29% de los casos se hizo lo mismo.

6.— El hacinamiento es una realidad constante de los penales. Casi la mitad de los prisioneros (45.6%) comparte celda con cinco o más reos. Uno de cada ocho prisioneros debe compartir cama. Dicho de otro modo, el sistema penitenciario mexicano es incapaz de proporcionar una cama por prisionero. Ni siquiera eso puede.

7.— El delito no para dentro de los centros penitenciarios. Uno de cada tres reos ha sido victimizado dentro de la cárcel. Y no sólo son victimizados por otros prisioneros, sino también por las autoridades. Cuatro de cada diez reos fueron víctimas de corrupción en alguna de las fases de su proceso legal.

Ahora, pueden o no creer estas cifras. Pueden suponer que la población penitenciaria no se distingue necesariamente por su honestidad. Pueden asumir que algo de esto es exageración de los prisioneros. Y puede que tengan algo de razón.

Pero aún si estas cifras son sólo parcialmente correctas, hay un hecho incontrovertible: tenemos un infierno administrado por el Estado, donde no hay derecho que valga y donde habita uno de cada 400 adultos mexicanos.

Sin considerar el hecho de que nuestras prisiones son focos de violencia, delito y desorden, sin sumar los motines y las masacres, sin incluir en el análisis las extorsiones y los secuestros que se organizan dentro de las cárceles mismas, arreglar nuestra catástrofe penitenciaria debería de ser prioridad nacional por puro sentido de vergüenza.

Y arreglarla pasa por dejar de usar la prisión para cada delito y cada ofensa. Implica aprender a llevar procesos con inculpados en su casa y no en la cárcel. Significa proteger, con barros y verrugas y todo, al nuevo sistema de justicia penal. Supone no hacer la contrarreforma que la Conago y la CNS quieren que hagamos.

Eso o decidimos que queremos seguir siendo una sociedad bárbara.

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