Ricardo el risueño

Alejandro Hope

La filosofía Anaya: decirle sí a la vida. Ver venir con buena cara las derrotas. O, mejor aún, no verlas. O relativizarlas. O trasladarlas enteritas a terceros

Nada le quita la sonrisa a Ricardo Anaya. Nada. Nadie. Nunca. Ni la peor de las tragedias ni la mayor de la derrotas. Con él, las nubes dejan pasar siempre los cálidos rayos de sol. Con él, el proverbial vaso se ve siempre medio lleno.

Ejemplo: el domingo pasado, recibió noticias algo menos que alentadoras. La candidata panista a gobernadora del Estado de México, la que Ricardo puso, propuso e impuso, resultó un tanto cuanto decepcionante. Empezó de puntera y acabó de colera. Su porcentaje electoral fue el menor recibido por un abanderado del PAN en tierras mexiquenses desde 1987. Su caudal absoluto de votos anduvo como por la mitad del recibido en 1999.

Eso hubiera desanimado a cualquiera, pero no a Ricardo. El Estado de México era sólo una de las elecciones en juego. Una grande, sin duda. Cinco veces Coahuila y quince veces Nayarit, en términos de población. Pinche mil veces Coahuila y Nayarit y Veracruz juntos, en términos simbólicos. Pero era sólo una. Y una es la mitad de una.

En las demás, victoria. “Ganamos tres de cuatro”, dijo Ricardo, exultante, con su imborrable sonrisa. “Sí se pudo / Sí se pudo”, corearon sus entusiastas seguidores y dedicados colaboradores.

Luego resultó que sí se pudo, pero se pudo menos de lo que se hubiera podido. En Coahuila, se cruzaron la maña, la mafia y los Moreira. La victoria se tornó conflicto de pronóstico reservado, con posibilidad amplia de derrota.

Entonces de las cuatro que tenía, ya solo quedaban dos, dos, dos. Y una era de gobiernos municipales. Y otra era en el cuarto estado con menos población del país y dónde se obtuvo, más o menos, el mismo porcentaje de votos que en 2011 (cuando el PAN no tuvo aliados ni alianza).

Pero eso no desalentó a Ricardo. Para nada. Mantuvo la cara de júbilo durante el llegue televisivo con ese otro joven maravilla de la política nacional, Enrique Ochoa Reza. Fácil de palabra, hábil con la cartulina (según rumores, ya le dan descuento por cliente frecuente en Lumen), Anaya apuntó que nunca el PAN había llegado a una elección presidencial “tan fuerte”. Fuerte y con todo, dirían algunos ocurrentes.

La fortaleza, por supuesto, no se mide en votos o preferencias electorales o simpatía de la población, sino, siguiendo el mejor canon priísta, en estructura, burocracia, presupuesto, clientelas y (sobre todo) gubernaturas. Trece para el PAN, según el hombre de la eterna sonrisa.

Y bueno, esas trece van a acabar siendo doce cuando se resuelva (para mal) lo de Coahuila. Y de esas doce, ya había once antes del domingo. Y esas once no sirvieron ni tantito para evitar la debacle en el Estado de México. Pero no le hace: el cabalístico trece luce lucidor en una cartulina.

Esa es, en suma, la filosofía Anaya: decirle sí a la vida. Ver venir con buena cara las derrotas. O, mejor aún, no verlas. O relativizarlas. O trasladarlas enteritas a terceros, que para eso están. Y, eso sí, celebrar como propia y unipersonal cualquier victoria, aunque a otros les toque el mérito.

Y sonreír siempre, sin falta, sin descanso, sin razón, y aún si al público le parece notoriamente inapropiado y hasta obsceno que un dirigente panista traiga mueca de satisfacción después de sendas victorias priístas.

Sonríe y la vida te sonreirá.

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