El caso mexicano suele ponerse como ejemplo de que la observación electoral puede contribuir a robustecer las democracias. Los vertiginosos cambios que las instituciones electorales experimentaron en las últimas dos décadas estuvieron siempre expuestos al escrutinio de organizaciones especializadas en la observación. Ello ha contribuído a incrementar la confianza en los comicios, al tiempo que ha propiciado valiosas recomendaciones, muchas de las cuales han sido insumo para nuevas reformas.

Por eso es sorprendente que en México haya pasado casi inadvertido el décimo aniversario de la Declaración de Principios de observación internacional de elecciones, suscrita en la ONU en octubre de 2005. En ese entonces, 21 organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales que venían desarrollando tareas de observación, lograron consensuar reglas esenciales sobre las cuales cimentar sus misiones, así como un Código de Conducta que genera certeza en cuanto a lo que los visitantes internacionales pueden hacer.

El momento fue casi fundacional porque lograba condensar las mejores prácticas detectadas por los gigantes de la observación, incluyendo a la propia ONU, la OEA, la Comisión Europea, la Comisión de Venecia, el Centro Carter, la Unión Africana e IDEA Internacional. Los signatarios (hoy 51) coinciden en el objetivo de generar metodologías de observación que eleven el nivel de integridad de los procesos electorales y la confianza en las instituciones e incrementen la comprensión internacional mediante el intercambio de experiencias.

Un concepto central en la Declaración de Principios es el de independencia. Las misiones de observación deben tomar medidas para garantizar que sus miembros no tengan interés alguno en la elección que visitan y para evitar que autoridad alguna interfiera en sus labores.

Asimismo, establece algunas reglas para garantizar la imparcialidad de los informes de las misiones. Se deben propiciar canales de diálogo con todos los actores involucrados, incluyendo las fuerzas políticas contendientes, los representantes institucionales y los medios de comunicación. Es una buena práctica compartir información con las organizaciones nacionales de observación.

Uno de los aspectos que se ha transformado en el tiempo tiene que ver con el ámbito temporal. Mientras que en un inicio la observación puso el énfasis en el día de la jornada, la tendencia actual sugiere una evaluación de todas las etapas del ciclo electoral. De esa manera, la observación ha transitado hacia una comprensión más integral.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. En estos años han ido apareciendo nuevos desafíos. Los principales están ligados a la sustentabilidad de las organizaciones de observación, toda vez que la multiplicación de organizaciones ha redundado en una competencia más fuerte por los recursos. De hecho, algunas organizaciones internacionales han dejado de emprender misiones de observación, para concentrarse en la asistencia técnica.

Además, las elecciones se han vuelto más complejas, de manera que las misiones han debido desarrollar metodologías específicas en temas de financiamiento, voto electrónico, resolución de disputas, etcétera. Ello ha encarecido la observación, precisamente cuando los recursos internacionales para la observación están más competidos.

Por eso hay que celebrar que ya no sean sólo el INE y el Tribunal Electoral los que están captando observación internacional para el país. La presencia este año de misiones internacionales para la elección del Distrito Federal hizo evidente la utilidad de estos ejercicios en elecciones locales y la necesidad de que se desarrollen metodologías específicas para ese propósito.

Miembro del Consejo General del Instituto Electoral del Distrito Federal.

@yuribeltranm

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