El creador del desagüe del Valle de México y la cantina que su obra inspiró

Mochilazo en el tiempo

En este tiempo de inundaciones diarias, achacadas a lluvias inusitadas, EL UNIVERSAL recuerda a Enrico Martín, el hombre que diseñó el desagüe del Valle de México y a la emblemática cantina que su obra bautizó: El Nivel

Texto: Mauricio Mejía Castillo

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Al término de la avenida del Cinco de mayo, en su cruce con Monte de Piedad en el centro histórico de la capital mexicana, se levanta una estatua que muchas veces es ignorada por los cientos de personas que diariamente pasan junto a ella. Mide ocho metros de altura. La base es un prisma de mármol de Yautepec con una cara a cada punto cardinal. Ésta es dominada por una mujer de bronce. Vestida con toga augusta y coronada por los puentes que representa su escudo, es una alegoría de la Ciudad de México.

Pero, ¿a quién fue erigido este monumento? Puede ser la pregunta del paseante que la encuentra en la plazuela del marqués; la torre poniente de Catedral flanqueándolo. La respuesta: a Enrico Martínez.

Nadie sabe si era Martín o Martínez. Tampoco si era alemán, holandés, andaluz o mexicano. Sólo es sabido que fue él quien diseñó el desagüe del Valle de México y que, dice Vicente Riva Palacio en México a través de los siglos, “ocupó la atención de la corte de España durante treinta y cinco años”.

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El Monumento Hipsográfico se ubica desde 1924 frente al Monte de Piedad, como se puede observar en esta imagen capturada en 1947.

Las lluvias torrenciales que sufrió la capital de la Nueva España en los primeros años del siglo XVII ocuparon la atención de los dos virreyes que en ese tiempo la gobernaron: don Juan Mendoza y Luna, marqués de Montes Claros, de 1603 a 1607, y don Luis de Velasco, de 1607 a 1611.

Las grandes inundaciones, el crecimiento de los lagos y el desbordamiento de los numerosos ríos que tenía la metrópoli son memorables hasta la actualidad. Por ello desde el virreinato de Mendoza y Luna se proyectó la idea del desagüe. Pero el costo material y humano que esta empresa significaba resultó insostenible. Era preferible la instalación de diques para evitar nuevas inundaciones. Fue Velasco el que, el 23 de octubre de 1607, inauguró las obras del desagüe. La construcción inició el 28 de noviembre, previa la misa de rigor.

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Imágenes de 1970 donde se observa el monumento a Enrico Martínez en su ubicación actual.

Cuenta el general Riva Palacio: “Enrico Martín era un hombre de gran actividad, de inquebrantable constancia y de vastos conocimientos; había sido nombrado por el rey cosmógrafo real, era intérprete de la Inquisición, impresor de libros, astrólogo, frenólogo y matemático hidráulico; pero fuera de todo esto la obra colosal del desagüe del Valle de México hubiera bastado para inmortalizarle”.

En aquella obra colosal trabajaron 471 mil 174 jornaleros y tuvo un costo (bajo para la época) de 73 mil 611 pesos. Lo cual prueba, según el historiador, que los trabajadores fueron “miserablemente retribuidos”.

Ningún superlativo sobra ante la empresa de Enrico Martín en aquel valle todo rodeado de montañas, abundantes los lagos y ríos. Por lo tanto, justo era que se levantara un monumento en su honor en la principal plaza del país: el Zócalo capitalino.

Fue el propio Vicente Riva Palacio, Ministro de Fomento de Porfirio Díaz, el encargado de hacerlo en 1878, 246 años después de la muerte del sabio.

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Tomas del Monumento Hipsógrafico visto desde la calle 5 de mayo en un par de imágenes de los años 70.

La estatua no es un simple adorno. Es conocida como Monumento Hipsógrafico porque representa a las medidas puntuales que rigen a la metrópoli. En su cara hacia el oriente está escrita con letras de oro la posición geográfica exacta de la Ciudad de México: 19º 26´ 04´´5 latitud norte y 99º 06´42´´ longitud oeste de Greenwich. Tiene una en cada lado, en mármol también, la longitud precisa de un metro, una yarda y una vara. Además, establece hacia qué punto cardinal se encuentran (o encontraban) los grandes lagos que bañaban a la capital: Zumpango, al sur; San Cristóbal, al poniente; Xochimilco al oriente; Tlalocan al norte.

La estatua estuvo en un inicio en la esquina de Moneda y Seminario, justo al otro lado de Catedral. Fue trasladada en 1924 a su ubicación actual. El Monumento Hipsógrafico cumple, además de orientar al capitalino, demostrándole qué lugar ocupa en el mundo, con homenajear al gran sabio sin el cual la Ciudad de México hubiera sucumbido ante las inundaciones.

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Imagen de 1922 donde se observa de lado izquierdo el Palacio del Ayuntamiento con menos pisos. De lado derecho el Centro Mercantil, actual gran Hotel de la Ciudad de México. Al centro el monumento a Enrico.

Cantina el nivel, la primera con licencia en la capital

Martín dejó otro legado a la capital. En el lugar donde colocó el primer nivel para medir el crecimiento de las áreas lacustres, justo en el predio frente al cual estaría su estatua, fue fundada en 1872 la primera cantina con licencia de la capital. La labor del matemático inspiró el nombre: El Nivel. El negocio llegó a convertirse en un ícono de la metrópoli en sus 156 años de vida; punto obligado para tomarse una copa.

“Lo mismo iban presidentes que periodistas, que arqueólogos, antropólogos y antrólogos”, recuerda en entrevista con EL UNIVERSAL Armando Ramírez, cronista de la ciudad. “Era un lugar donde uno podía encontrar a los cuates, a un escritor, poeta, historiador, gente de la cultura. Se sabía que siempre se encontraría inevitablemente a alguien. A eso debe su fama”.

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Fachada de la famosa cantina El Nivel.

René Avilés Fabila, Emiliano Pérez Cruz, Luis Felipe Ehremberg, Andrés Henestrosa, José Alvarado, eran algunos de los clientes emblemáticos de la cantina. Ramírez afirma que su sitio privilegiado (frente a Palacio Nacional, a un a cuadras de la Academia de San Carlos y del Colegio de San Ildefonso) era el gran aliciente de El Nivel. También sus tortas.

Con Marco Antonio Campos, Salvador Reyes Nevares y Jacobo Zabludovsky continúa el rosario de los nombres notables de la parroquia. Ramírez cuenta la leyenda de que Adolfo López Mateos iba a “la hora del amigo”.

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Imágenes del interior de la cantina El Nivel a inicios de la década de los años 90.

“Era la democracia andando. Funcionarios de la alta cultura o poetas en ciernes [convivían con] boleros, billeteros. Es un ícono de pleno priismo. Cuando los políticos todavía tenían ese baño de acercarse a las masas. Era muy simbólico. En aquella época era como un ágora. Era un ícono de lo que fue el siglo XX y es la añoranza, la decadencia, de la conversación que ya no existe en la Ciudad de México. Era un México más íntimo. Cuando había convivencia de horas bebiendo, conversando de política, de arte, de mujeres, de futbol, de toros. Era el último grito de la cultura priista”.

El dos de enero de 2008, El Nivel cerró sus puertas. Las manifestaciones en la esquina de Moneda y Seminario para que volviera a dar servicio fueron inútiles. Tras un litigio, la Universidad Nacional Autónoma de México se quedó con la propiedad. Ahí se instaló la sede del Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad (PUEC). No existe una placa que recuerde que en ese mismo sitio estuvo uno de los emblemas de la capital. Ni siquiera se menciona en la página de internet del PUEC. Armando Ramírez resume en una frase tajante: “al cerrarse El Nivel, la Ciudad de México perdió su nivel humano”.

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Vista actual del edificio en el que se encontró la cantina El Nivel.
 
Fotos antiguas: Archivo EL UNIVERSAL y Colección Villasana-Torres.

Fuentes: México a través de los siglos, tomo IV, Historia del Virreinato, de Vicente Riva Palacio, y entrevista al cronista Armando Ramírez para EL UNIVERSAL. 

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