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Un estudio reciente publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos sobre los Sistemas de Salud, muestra que el de México enfrenta problemas serios que no ha podido resolver. Algunos indicadores universalmente aceptados, lejos de mejorar, han decaído. Tenemos la esperanza de vida mas baja de todos los países de la OCDE. Mientras que en ellos esta aumentó, en promedio, tres años, entre 2000 y 2013, en México sólo aumentó poco más de un año. Durante ese mismo período, las muertes por cardiopatías solo disminuyeron 1% en México en contraste con la reducción de 48% observada en otros países de la Organización. Lo anterior, pese a que la inversión pública en salud, en esos mismos años, aumentó considerablemente.
Nuestro país había logrado avances significativos en materia de salud pública, sobre todo en la segunda mitad del siglo pasado. El Programa Nacional de Inmunizaciones lanzado en 1973, se convirtió en Programa de Vacunación Universal en 1991 y fue, en su momento, un verdadero modelo vanguardista. Desde 1982 nadie ha muerto en México por paludismo, que era la principal causa de muerte infantil en varias regiones del país. La terapia de rehidratación “Vida Suero Oral” permitió en unos cuantos años reducir a la mitad las muertes por diarreas en la población infantil. Los programas de Planificación Familiar evolucionaron a los de Salud Reproductiva y permitieron alcanzar un mejor equilibrio en las tasas de fecundidad, al tiempo que reivindicaron los derechos de las mujeres y de las parejas para decidir sobre el número de hijos deseados. En 1986 iniciaron las Encuestas Nacionales de Salud y en 1995 se creó el Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica. En suma: en 1950 la esperanza de vida en México era de 49 años. Para el año 2000 fue casi de 74, es decir se aumentó medio año de vida cada año.
Si con pocos recursos el sistema de salud había alcanzado logros estimables, cuando llegó el dinero se esperaba que estos se multiplicaran. Pero no fue el caso. La creación del Seguro Popular en 2003 propició un incremento sin precedentes en el financiamiento del los servicios de salud. Cifras publicadas por la Organización Mundial de la Salud basadas en las cuentas nacionales, indican que el gasto público en salud rebasó en 2012 el 6% del PIB. Que el Estado invierta más en proteger la salud de la población es sin duda loable. El problema es que estos recursos no han tenido el impacto esperado ni en los indicadores de salud pública ni en el gasto de bolsillo que las familias destinan a la salud, pues este solo se redujo de 52% anual a 49%. De hecho, el gasto de bolsillo en México constituye el 45% de los ingresos del Sistema de Salud según el estudio de la OCDE. Por cada millón de habitantes hay 11 hospitales públicos y 28 privados con fines de lucro. Tal pareciera que cada vez confiamos menos en nuestro sistema público y preferimos pagar de nuestra bolsa una consulta privada.
La pobreza tiene su propia patología y esto resulta inadmisible porque es una de las expresiones más cruentas de la desigualdad. Pero los problemas de salud no se resuelven solo con dinero. Aún las cifras alentadoras pueden ser engañosas. No basta, por ejemplo, aunque sea cierto, con que el gasto per cápita sea ahora muy similar en personas con y sin seguridad social. La cobertura aún no incluye a todos y la calidad de la atención muestra indicadores preocupantes: en México, la mortalidad durante el primer mes después de un infarto cardiaco es cercana al 30%. En los países de la OCDE, en promedio, es menor al 10%. Es el modelo de atención médica el que requiere la mayor atención, y no se le ha dado. Que haya más recursos es bueno, pero no es suficiente. Hay que empatar la asignación de recursos con los indicadores de impacto. Asegurarse que estos se usen con eficiencia y, por supuesto, con transparencia. Que queden en manos honestas y competentes, y no en las manos de los amigos personales de los gobernantes locales.
Los retos que tenemos por delante en materia de salud pública son formidables. Antes la prioridad era controlar diarreas e infecciones. Hoy los problemas prioritarios están en otra esfera: son la obesidad, la diabetes, el cáncer, los accidentes, las adicciones, los suicidios en los jóvenes, la violencia y la salud mental. Tenemos más del doble de diabéticos que el promedio de los otros países de la OCDE y el sobrepeso alcanza ya al 70% de nuestra población. Uno de cada cuatro embarazos en México ocurre en menores de edad: ¿dónde quedaron los programas de educación sexual? La burocracia se lleva el 8.9% del total del gasto en salud. Es el gasto administrativo más alto de la OCDE. El número de médicos y de enfermeras por cada mil habitantes es menor que el de otros países y sus salarios se han rezagado.
Se necesitan reformas estructurales que sean sostenidas e integrales, concluye el estudio que aquí hemos comentado. Se puede mejorar sustancialmente el acceso y la calidad. Hay que fortalecer la atención preventiva y personalizada, desarrollar la atención primaria como una especialidad médica y asignar recursos de manera más eficiente según las necesidades de cada región y no el número de afiliados. Aunque quienes elaboraron el estudio se enfocan más en el qué que en el cómo, sus recomendaciones son válidas. Habría que tomarlas en serio.
No tengo la menor duda: nuestro sistema de salud pública necesita hacer algunos ajustes para gozar de mejor salud. El reporte de la OCDE acierta al señalar varios puntos álgidos. Construir un Sistema Universal de Salud en nuestro país, como tantas veces se ha planteado, es tarea ardua pero no imposible. Tendría que ser un proceso gradual, de largo aliento, que forzosamente será políticamente complejo y costoso desde el punto de vista económico. Requiere ser respaldado por una verdadera política de estado. La tendencia actual en casi todo el mundo es impulsar reformas con esa orientación. Vale la pena intentarlo.
El recurso humano del que disponemos en el sector para ello es, en general, de buena factura, pero será indispensable una mayor capacitación técnica así como incentivos para su desarrollo personal con base en su desempeño. Las Facultades de Medicina y las Escuelas de Salud Pública tendrían que participar más activamente. Tienen mucho que ofrecer y también ajustes por hacer en sus planes y programas de estudio. El liderazgo y la rectoría sectorial de la Secretaría de Salud es fundamental. Lo es con o sin reformas. Hay que fortalecerla.
POSDATA. Hoy toma posesión el nuevo Director de la Facultad de Medicina de la UNAM, el Dr. Germán Fajardo. Lo designó la Junta de Gobierno la semana pasada. Sustituye en el puesto al Rector Enrique Graue. Le deseamos el mayor de los éxitos en su gestión.
Ex Secretario de Salud
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