Obama en la universidad

Sara Sefchovich

Hace unas semanas, el presidente de Estados Unidos dio una de las conferencias magistrales que se acostumbran dar en el país vecino para cerrar el año escolar y despedir a los graduados, a las que se invita a personalidades del mundo de la política, los negocios o el espectáculo, para que sirvan de inspiración, modelo y estímulo a los jóvenes.

El discurso fue espectacular. Obama comparó lo que era ese país hace treinta años y lo que es hoy, explicando de manera sencilla, pero con datos y ejemplos, las diferencias entre el ayer y el hoy, con el fin de demostrar que las cosas han mejorado, y mucho.

Se refirió al ámbito educativo, pero también de la salud, el empleo, la delincuencia y el cambio en las ciudades. Especial énfasis hizo en las oportunidades para los negros y las mujeres.

Habló de becas, de espacios para todos los que deseen estudiar, y de posibilidades de trabajo al terminar, y afirmó que el mundo está abierto para ellos en cualquier campo que deseen elegir: ciencias, tecnología, humanidades, artes, espectáculo. Los invitó a sumarse a lo que ya existe, pero también a inventar cosas nuevas y a crear, porque la sociedad, dijo, requiere de todo eso, y el límite sólo depende de su energía, entusiasmo y capacidad.

Por supuesto, cuando escuché esas palabras, me fue imposible no pensar en lo que está sucediendo en México con la educación.

La cantidad de días que miles de niños no van a la escuela por una causa o por otra, sea un puente o un paro magisterial; las condiciones de deterioro de tantas escuelas, como las normales rurales, con su pobreza y abandono; la dificultad para cambiar los contenidos educativos y los modelos pedagógicos; y eso no sólo porque muchos maestros se niegan a ello, sino también los alumnos, como aquellos que protestaron porque se les “quería imponer” el estudio del idioma inglés y la computación. Y también pensé en las instituciones de educación superior que no tienen cupo suficiente para recibir a quienes desean estudiar y el desperdicio que significa la deserción o que no obtengan el título; y al mismo tiempo, en los miles de jóvenes que sí terminaron sus estudios sea en alguna institución nacional o extranjera, pero no consiguen trabajo. Hace algunos años hablé en este espacio de EL UNIVERSAL, de un joven a quien Pemex becó durante años y cuando regresó, no le dieron empleo y ahora ya se lo llevaron los noruegos. Un ejemplo entre muchos.

Desde hace dos siglos nos han venido diciendo que la educación es una de las grandes metas y prioridades. Esto es así porque a ella se le atribuyen las mayores virtudes para mejorar el futuro de las personas y del país. Y sin embargo, si hay una zona de desastre en México, es precisamente la educación, al punto que algunos especialistas la consideran de plano una catástrofe. Según Eduardo Andere, en términos educativos, nuestro país sólo puede compararse con los más pobres de América Latina y a nivel mundial con algunos africanos. El rezago es cada vez mayor y la brecha cada vez más difícil de cerrar con los países ricos.

¿Qué hacer?

Lo que me impresionó del discurso de Obama es que mostró que todo cabe y todo debe caber: sea mirar al mercado, con los sistemas de trabajo, productividad y competitividad que éste impone; sea descubrir o inventar desde nuevas tecnologías hasta canciones; sea hacer investigación, desde la científica hasta la social y la humanista; sea crear arte y cultura. Lo que importa es que, como ha dicho Johanna Filip, esos “aprendizajes permitan adquirir los suficientes conocimientos y habilidades como para integrarse y participar en la vida social y para desempeñarse eficientemente según las demandas del medio social, cultural y económico en que se vive”.

¿Estamos caminando aquí para lograr eso? El presidente Obama asegura que ellos sí. Yo no creo que nosotros podamos decir lo mismo. Y la verdad, me dio envidia.

Escritora e investigadora en la UNAM.

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www.sarasefchovich.com

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