No, no hay esperanza

Sara Sefchovich

La semana pasada hablé en este espacio de la importancia que tiene la participación de los ciudadanos para horadar el muro de la indiferencia de los funcionarios frente a nuestros problemas y necesidades.

No hubo un solo lector que estuviera de acuerdo conmigo en que eso es posible. “No se haga ilusiones” es lo menos que me dijeron los que fueron amables.

Un lector me escribió para relatarme los resultados de su esfuerzo en ese sentido: en la colonia donde vivo hay una calle en la que es un peligro cruzar. En 2011, vecinos presentamos una solicitud en la delegación para que lo resolvieran. Nos mandaron a llevar la queja a otra oficina. Y de allí a otra. Y por fin, cuando la recibieron, durante meses nos hicieron dar vueltas para terminar diciendo que la queja debía ir a la dirección de vialidad del DF que se encarga de regular el tránsito. Lo hicimos, pero no sucedió nada.

Para no hacerle largo el cuento, estábamos tan molestos que fuimos a la Comisión de Derechos Humanos del DF. Ellos enviaron a una persona que escuchó el caso. A fines de noviembre de 2015, recibimos por fin la respuesta: una carta muy formal, en la que nos informaban que habían enviado nuestra queja a las oficinas que tienen que atender esos casos y que las respuestas habían sido (resumo): 1.“Que no tienen atribuciones para el cierre de vialidades para fines e intereses de los particulares así como para autorizar la implementación de señalamiento”; 2. “Que lo que tiene que ver con esa calle es operado por la Delegación conforme a sus atribuciones, pero que se procederá a pedir el reforzamiento al personal operativo de vialidad de la zona a fin de salvaguardar la integridad física de la ciudadanía”; 3. “Que en su inspección observaron que hay presencia de elementos que dan fluidez a la carga vehicular y que en su opinión técnica en materia de protección civil, no se encontraron elementos suficientes que generen riesgo inminente”.

En febrero de 2016, un nuevo oficio informaba que con fundamento en los artículos tal y tal del reglamento tal y tal, “el presente expediente de queja se concluye por haberse solucionado durante el trámite”. Habían pasado cuatro años de esfuerzos ciudadanos y montones de oficinas involucradas y no se había resuelto nada. Ese crucero sigue siendo peligroso para los peatones. El lector termina su correo diciendo: “La burocracia tiene como función y motivación única en la vida la de impedir que las cosas se hagan”.

Otros lectores me mandaron historias parecidas que demuestran que es imposible lograr algo con la autoridad. Uno me envió la carta de una ciudadana a un periódico de circulación nacional, en la que cuenta cómo el municipio se metió en un terreno de su propiedad, sin pedirle permiso, para instalar la desembocadura de tubos pluviales de la calle. Han pasado tres administraciones municipales y en todas han tratado de que les resuelvan este asunto pero nadie les hace caso.

Hay relatos sobre vecinos que se apropian de áreas comunes, cierran calles e impiden el paso a los demás, y a pesar de que se cumplen todos los pasos que exige la ley y se entregan los documentos comprobatorios, no consiguen nada. Hasta el delegado de la Cuauhtémoc se ha quejado de los edificios invadidos en su demarcación, como el de la colonia Condesa que ha salido en la televisión, en el cual a punta de pistola sacaron a los residentes y con todo y que durante dos años los vecinos denunciaron, nadie les hizo caso. Y cuando por fin les hicieron, la organización que los apoya solicitó un amparo y horror de horrores, lo obtuvo.

Por eso un lector me manda lo que tristemente es su conclusión y con la que no me queda más que estar de acuerdo: “La única manera que existe para que le hagan caso a los ciudadanos es juntarse con otros, y armar un desastre en la vía pública. Entonces sí los van a llamar a dialogar”.

Escritora e investigadora en la UNAM.

[email protected]
www.sarasefchovich.c om

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