Los migrantes

Sara Sefchovich

Nunca como hoy había existido un rechazo tan brutal hacia los millones de migrantes que sufren frente a nuestros ojos

Cada vez más personas huyen de sus países buscando refugio en otros. De África y Medio Oriente a Europa, de Centroamérica y México a Estados Unidos, de Asia a Medio Oriente, millones se mueven de un lado a otro del planeta para salvar su vida o mejorar su situación.

El fenómeno no es nuevo. Ya en el siglo XV el obispo Agustín de Hipona presenció en la ciudad de Cartago “cómo arribaba a esa urbe norafricana una marea de refugiados procedente de las ciudades europeas arrasadas por los bárbaros”. Hoy vemos el proceso inverso, pues a Europa están llegando los expulsados por los nuevos bárbaros y las guerras del día.

5 millones de personas han llegado a Turquía, Jordania y Líbano (país que tiene el mayor número de inmigrantes del mundo en relación con su propia población) desde que empezaron los conflictos recientes en el Medio Oriente. En 2015 Alemania recibió 1 millón y Suecia 10 mil a la semana.

A algunos se les considera refugiados, como los sirios, y por lo tanto elegibles para quedarse en esos países, y a otros no, como los afganos, pues se afirma que su país ya no está en guerra y las personas ya no tienen que huir de él. Estas consideraciones son problemáticas: tampoco se considera a Nigeria en guerra, a pesar de la presencia de Boko Haram y sus ataques a la población.

Hay otra categoría que se llama de migrantes económicos y en ésa tampoco se los acepta. A los que salen de países de África para ir a Italia cruzando el Mediterráneo (ese mar que según la publicidad de los cruceros para el verano “te espera con los brazos abiertos”, lo cual sin duda es cierto para los turistas pero no para ellos), se les impide el paso con barcos patrulla.

Hay países que han sellado sus fronteras sin importar la clasificación de quienes llegan a ellas: los del este de Europa y Australia. Otros se toman tiempo para pensar y decidir a quiénes aceptan: Canadá, Inglaterra, Estados Unidos. Hay algunos que los reciben, pero los dejan en los campos, sin permiso para salir o trabajar, como Líbano y Kenia.

La situación es difícil para quienes abandonan sus lugares de origen y dejan atrás a parientes y amigos, a sus muertos y sus posesiones, pero también para quienes viven en los países a los que éstos llegan, pues incluso con las mejores intenciones humanitarias, se trata de una irrupción que genera un cambio muy fuerte en lo social y lo cultural.

Por eso la derecha está ganando espacios con banderas de no migración en Alemania, Austria y Francia. Y Estados Unidos, una nación creada por inmigrantes, ha elevado a un candidato a la presidencia que promete expulsar a millones de mexicanos, construir un muro en la frontera y cerrarle la puerta a los musulmanes.

Quienes estudian estas cosas lo han dicho: el otro, el diferente, el “no yo” como le llama Pierre André Taguieff, es difícil de aceptar. Y los extranjeros siempre sirven bien de chivos expiatorios. El presidente de Venezuela ha responsabilizado a los colombianos que residen en ese país de la debacle económica y los ha expulsado. Casi la mitad de los ciudadanos de Israel propone la expulsión de los árabes que viven dentro de sus fronteras. En un pueblo de Portugal las esposas de los habitantes exigen a las autoridades deportar a las prostitutas brasileñas que les “roban a sus maridos”.

Hoy se enfrentan el paradigma liberal e ilustrado que supone que todos deben y pueden aceptar al otro, y el paradigma conservador y nacionalista que considera que desde por razones religiosas y culturales hasta por razones concretas de trabajo, vivienda y servicios, el “otro” es un competidor, cuando no francamente un enemigo.

Entre estos dos extremos se ha movido siempre el mundo y se sigue moviendo hoy. Pero nunca ello afectó de manera tan brutal a tantos millones de personas que están allí, frente a nuestros ojos, sufriendo y sin que parezca vislumbrarse solución.

Escritora e investigadora en la UNAM.

[email protected]
www.sarasefchovich.c om

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