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¿Nuevas pistas para entender a la delincuencia?

Sara Sefchovich

Un día sí y otro también nos informan que capturaron a un importante terrorista o a un capo del narcotráfico. Pero tanto el terrorismo como el narco siguen allí, enormes, activos y creciendo. Parecería como si la estrategia no sirviera más que para reproducirlos, como sucede con las células cancerosas, algo que ya escribió hace tiempo Eduardo Guerrero: “El arresto o eliminación de un capo de una gran organización criminal suele propiciar su división, lo que ocasiona el nacimiento de nuevas organizaciones criminales”.

En una entrevista reciente en la que el escritor Roberto Saviano comenta la recaptura de El Chapo, da algunas claves que pueden ser útiles para comprender el fracaso de dicha estrategia. Dice que el hecho de que Guzmán Loera se declare abiertamente narcotraficante, lo cual hizo en la entrevista con Sean Penn, significa que no es el jefe máximo de su cartel. Quien lo es, asegura el escritor, no se reconoce a sí mismo como tal y mucho menos lo dice. Allí está el colombiano Pablo Escobar, quien se declaraba empresario. Y es más, los jefes nunca tienen tan alta visibilidad, sino al contrario, siempre buscan el bajo perfil.

Si le creemos al autor de libros sobre las mafias italianas y el trasiego mundial de cocaína, queda claro que una de dos: o El Chapo se sentía demasiado seguro de que no lo encontrarían y por eso hizo esas provocadoras afirmaciones, o, efectivamente no es el jefe máximo.

Saviano no es el único que piensa así. Cuando hablé en este espacio sobre la recaptura del delincuente, un lector me escribió: “En la Comarca Lagunera se sabe de la existencia de un verdadero barón de las drogas, un capo del más altísimo nivel. Él sí dueño de la empresa. En mayo de 2013 sufrió un atentado por parte de los grupos rivales y unas cuantas horas después de haber sido internado en el sanatorio fue visitado por los gobernadores de Coahuila y Durango. El señor es totalmente intocable para cualquiera de los tres órdenes de gobierno”.

Lo anterior remite a la tesis de Edgardo Buscaglia, quien ha dicho que la lucha contra el narcotráfico en México está condenada al fracaso porque se limita a combatir al gerente de la empresa y no al dueño.

Esto, en el caso del terrorismo, es completamente cierto.

El tema entonces está en los jefes, a quienes desconocemos completamente en ambos tipos de criminalidad.

En el caso del narco, Saviano afirma que se ha producido un cambio en la manera en que se da la sucesión y lo ejemplifica con el caso de El Chapo, en cuya organización no se ha dividido el cártel y no han asumido el liderazgo ni los hijos de Guzmán ni nuevos líderes, sino que los viejos jefes son los que están retomando las riendas.

¿Por qué se producen estos cambios? La respuesta del autor italiano es muy interesante: porque los delincuentes conocen muy bien lo que sucede en el otro lado, el de sus perseguidores. Y esto es así porque están informados, y no solamente por sus cómplices y espías, sino porque leen y estudian.

Esta afirmación, difícil de creer en nuestros esquemáticos esquemas, conduce a otra importante y es que, si se quiere entenderlos, habría que dejar de ver las cosas como nos las quieren vender por igual en el discurso oficial que en la literatura y el cine, siempre en blanco y negro, y darle más complejidad, conocer a los involucrados en sus historias y personalidades.

A ello habría que agregar que, como han dicho Buscaglia y Luis Astorga, también hay que conocer las complicidades entre los delincuentes, los políticos y las fuerzas de seguridad, y, por si eso no bastara, como he dicho yo, hay que reconocer la complicidad con que cuentan por parte de grandes capas de la población.

Todo esto para explicar por qué no se puede acabar con ninguno de estos dos tipos de delincuencia, con todo lo diferente que son cada una y por más que parezca que a ambas se les combate intensamente.

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.com

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