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Ciencia, comunicación y pánico

Mónica Lavín

Los asuntos de salud, de nuevos virus que pueden mutar y ser más virulentos nos enfrentan con nuestra vulnerabilidad

Es tema de todos los días, encabezado de periódico, su nombre también tiene dos sílabas, pero no es el Papa ni El Chapo, es el zika. Un virus que se aisló por primera vez en el bosque de zika en Uganda, del que se supo en Micronesia en 2007, en la Isla de Pascua en 2014 y que ahora existe en las áreas tropicales del Continente Americano. En México en concreto se han reportado 34 casos (la secretaria Mercedes Juan López así lo ha informado), la mayoría en Chiapas porque al virus lo transmite el mosquito Aedes aegypti, que como veíamos en nuestros libros de primaria, es propio de aguas estancadas. Los moscos pueden ser vectores de enfermedades virales como paludismo, dengue y ahora, de exóticos nombres, el chikungunya y el zika. La parte de la población que preocupa respecto al zika son las mujeres embarazadas, nos dicen los expertos, porque los casos de bebés nacidos con microcefalia, reportados en Brasil, parecen estar relacionados con este virus cuyos síntomas son fiebre, conjuntivitis, sarpullido.

La palabra virus asusta. La relacionamos con el VIH que cobró tantas vidas antes de que se encontraran medicamentos para controlar sus estragos, con el ébola que se salió de cauce desde los laboratorios del Congo, con la influenza que nos costó en México unos días de habitar el horror hace algunos años, y la vida de varios, entre ellos el querido escritor tijuanense Federico Campbell. Asusta la macabra manera de estos agentes, que necesitan del material genético de otro para replicarse, que son media hélice de ADN y que ya en el organismo vivo engañan al material genético para multiplicarse. Es una táctica terrorista la de estos organismos a medias. Sin habitar el cuerpo de otro están condenados a la extinción, en otros a la sobrepoblación. Por eso nos aterra su amenaza de pandemia.

Pero la aparición de virus no es cosa nueva (fueron identificados en 1899). La humanidad dio grandes pasos después de que Watson y Crick descubrieron la cadena helicoidal del ADN en 1953, lo que permitió reconocer el mecanismo de reproducción y desenmascarar a estos apócrifos infiltrados en el territorio que vampirizan. Algunos virus se contagian de manera directa, otros, como el zika, requieren de un mosquito cuyo apetito hematofágico los coloque en el torrente de algún mamífero. Si ya en su momento fueron exageradas las medidas que se adoptaron, en tiempos de Calderón, ante los primeros brotes de influenza H1N1 en nuestro país, ahora el señalamiento de algunos países de no viajar a México también parece una exageración innecesaria. Hay mucho que hacer en la investigación sobre los verdaderos daños del virus y su prevención. Por lo pronto hay que evitar la presencia del mosquito y la exposición a él. Para lo primero, recomiendan los expertos no dejar que se acumule agua a cielo abierto, ni en tambos, llantas y otros métodos que suelen usarse donde el agua corriente escasea. Para lo otro, un grupo de científicos ingleses ya ideó un falso Aedes que seduce a la hembra real, cuya descendencia muere antes de ser adulta. La población del mosco dañino decrece, ignoro si las consecuencias ecológicas a largo plazo de este método biotecnológico se han aquilatado. Pero pareciera que la ciencia alcanzó a la ficción. En Brasil ya lo han adoptado como medida urgente para que el zika no tenga vectores de transmisión.

Los asuntos de salud, de nuevos virus que pueden mutar y ser más virulentos nos enfrentan con nuestra vulnerabilidad. También con nuestra capacidad de sortearla a través de los hallazgos científicos, la prevención y la educación. Nos recuerdan hazañas como la del doctor Balmis, que trajo la vacuna de viruela a México, transportando las cepas en niños inoculados, de cuyas pústulas de virulencia reducida se vacunaba a los otros. Corría la primera década del siglo XIX. Gobierno e iglesia fueron los agentes clave para que prosperara o fuera rechazada esta primera campaña masiva de vacunación, como lo podemos leer en la espléndida novela de Javier Moro A flor de piel (donde nos enteramos que la palabra vacuna es por esas primeras cepas atenuadas que se obtenían de las vacas). Aún lo son, igual que los comunicadores. Y la responsabilidad de no causar pánico e informar adecuadamente es enorme. La Organización Mundial de la Salud así lo debe aquilatar, mientras la ciencia da zancadas para que las vacunas y antivirales (como la del dengue que ya se usa en México) puedan ser fabricadas a tiempo.

Escritora

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