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Gambusinos

Mónica Lavín

Escribo en The Hermitage en el cayo de Manasota en Florida, un pequeño enclave que mantiene el condado de Sarasota y donadores particulares, donde uno puede ser invitado a escribir, pintar, componer música. La casa es de 1907 y fue literalmente reconstruida de escombros. Me ha tocado compartir el espacio con el escritor sudafricano Tony Epril, con el que fuera fotógrafo de Michael Jackson, Todd Gray, y la poeta Barbara Ras, entre otros. Aquí se pierde la noción del día de la semana… el domingo no tiene un atributo diferente. Como es una zona de retirados y es difícil toparse con algún joven, hay gente en la playa todos los días.

Por la mañana, casi con la salida del sol, me preparo un café y miro desde mi buhardilla por la ventana que da al mar. Me pregunto por qué habría alguien de escoger la noche en este lugar para trabajar, si después de la sorpresa de las estrellas la oscuridad es una constante. En cambio los dos extremos del día son la danza de la luz, la sorpresa siempre. Uno no puede resistir contemplarlos. Porque en la ciudad es apenas un fragmento de cielo el que vemos por las ventanas o sobre nuestras cabezas. Aquí es todo el cielo para mí y la inmensidad del Golfo de México. El sol sale por el manglar y se acuesta en el horizonte. En esa hora temprana el cielo es rosa tierno y los pelícanos reposan sobre el agua, alguna que otra gaviota vuela y el sol nuevo le da en el pecho iluminándola de manera particular. ¿Será gaviota? Aquí hay libros de aves para que uno resuelva sus dudas, pues es muy placentero nombrar. Identificar. En esos amaneceres vi a un hombre con audífonos amarillos y un aparato que iba tanteando la arena, como si la auscultara. ¿Qué imagina que hay bajo la superficie? El hombre se parece a esas garzas blancas de patas amarillas que también están en la orilla.

Estás en un lugar para sentir, dice mi hija María. Es verdad. Hundo los pies en la arena desde mi silla de plástico blanco y bebo café mientras amanece. El asombro me ocupa. Aquí uno es testigo de la vida de forma más directa, me refiero a las águilas pescadoras que esperan sobre una rama coronadas de blancas plumas con esa altivez de emperadores. Más tarde se les ve con el pez entre las garras volar a la rama donde lo devorarán. O los manatíes que respiran como personas, fatigosos de su enorme cuerpo al que alimentan sólo con vegetales en el manglar. Todo es encontrar la comida para seguir vivo, para reproducirse y dejar huella de la especie, y entre esa algarabía de vida —los cangrejos en la playa, la tortuga que cruza el jardín, las huellas de algún mamífero que anduvo entre el manglar, las garzas azules que picotean un pez, lo sueltan en las olas, lo toman de nuevo y cuando están seguras de su muerte lo engullen en un sólo movimiento (lo he visto sin poder comprender que el pez entero pueda pasar por su cuello esbelto)— también la muerte ocurre. Una zarigüeya de un blanco lavado en la playa, una garza a la que sólo se le adivina la cresta que pavoneaba como tiara de reina. Nosotros los hombres y las mujeres, que también cumplimos nuestro ciclo biológico, tenemos la capacidad de soñar. Por eso me enternecen estos viejos niños que ya no hacen castillos de arena pero traen unas grandes palas con colador para que se filtre el agua y encuentren algo. Lo que sea. Buscan tesoros, dientes negros de tiburones, o conchas, o hasta algún metal precioso. Quieren sorprenderse. Algunos pescan, no por hambre sino también por toparse con algo, por robarle un secreto al mar. Eso hacemos todos.

Yo necesito remontar la puntualidad del ciclo de vida para sorprenderme con nuestros gestos de dulzura o desesperación, con nuestra capacidad de amistad, de risa, de amor, de cobijo, de inventar. Del asombro y el deseo de compartirlo. A lo mejor eso es lo que estamos haciendo cuando escribimos (cuando leemos), hundir la pluma en la arena para desenterrar tesoros, para ser niños otra vez y encontrar lo inesperado, para hacer mundos de palabras, permanentes, efímeros, qué más da. No sabemos hacer otra cosa, somos gambusinos.

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