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Mercè Rodoreda, más allá de sus novelas

11/06/2016
01:50
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Cuando leí La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda hace muchos años no sabía nada de su vida. La historia ocurre durante la Guerra Civil Española y está vista desde Colometa, esa joven que conoce al que será su marido en la Plaza del Diamante en Barcelona y a quien la guerra despojará no sólo de marido sino de medios para vivir, de ánimo para seguir. El punto de vista de Colometa es uno de los mejores ejemplos de cómo narrar la guerra sin estar en el frente, de la sinceridad de una voz, de la desesperación que no se explica, se siente. Del prólogo a otra de sus novelas copié una frase que adopté como divisa: “Escribir bien es difícil, por escribir bien entiendo decir lo esencial con la mayor sencillez”. Comprendí que esa cualidad era la que me había cautivado en la novela que fue producida como serie con bastante éxito en España, una vez que la novela fue traducida del catalán al español. Pensé que tal vez esa era una de las razones por las que tardó tanto tiempo en circular en las librerías de México. También quise saber más de ella, porque sus siguientes libros no me entusiasmaron tanto. De Veintidós cuentos en contra recuerdo alguno, en Flores y viajes me sorprendió la capacidad de elaborar estampas literarias de flores, un catálogo difícil de construir entre pétalos y corolas.

Su vida amorosa fue interesante, ocurrió a contrapelo. Antes de la guerra, vivía con su madre en la casa de su abuelo —un admirador de Joaquín Verdaguer, que hizo construir una estatua en el jardín y le inculcó el amor por la jardinería y la literatura— ; a la muerte de éste, el tío Juan Gurguí llegó a vivir con ellas. Veinte años mayor que Mercè, a los pocos años se casó con él, después de una dispensa papal por consanguinidad. Pero sus intereses literarios, sus publicaciones y premios le abrieron puertas y mundos que la llevaron primero al divorcio y dejar una vida holgada (en los treintas era posible divorciarse en España, después Franco acabaría con ello… y con la felicidad conyugal), luego a trabajar como correctora de catalán en el Comisariado de propaganda de la Generalidad durante la guerra. De allí, al exilio con el grupo de escritores que eran sus amigos, pensando que volvería pronto, por lo que dejó al cuidado de su madre a su único hijo. Pero volvió cuarenta años después. Los amigos se instalaron en Roissy-en-Brie, cerca de París, en una construcción antigua que ofrecía refugio a escritores. Allí empezaría su larga relación amorosa con otro escritor: el poeta Armand Obiols, seudónimo de Joan Prat, que estaba casado. La presencia de su suegra y su cuñada en ese grupo de exilio no fue impedimento para que Armand siguiera su vida con Mercè, huyendo de los nazis, instalándose en Burdeos, al final de la guerra, luego en Paris, y finalmente en Ginebra. En la revista que dirigía Obiols, Revista de Catalunya, y en otras que circulaban en México y en Chile, Mercè publicó cuentos. A la muerte de Obiols dejó Ginebra, donde pasó su mejor momento como escritora: La calle de las Camelias, La plaza del Diamante, fueron escritas allí, comenzó Espejo roto que fue terminada en Gerona. La muerte de Obiols en 1972 fue un duro descalabro, por su ausencia y porque supo que tenía, desde hacía más de 12 años, una relación amorosa con otra mujer.

En Gerona pasó los últimos años de su vida, primero compartiendo una casa con amigas de antes de la guerra. Luego sola. Murió en 1983 y dejó una novela inconclusa: La primavera y la muerte que se publicó dos años después. Poco antes había recibido el Premio de Honor de las Letras Catalanas.

Tal vez había perdido la batalla en el terreno amoroso (si es que tal cosa se puede afirmar), en la escritura estuvo en pie hasta su muerte. Por ello afirmaba: “Una novela se hace con una gran cantidad de intuiciones, con una cierta cantidad de imponderables, con agonías y con resurrecciones del alma, con exaltaciones, con desengaños, con reservas de memoria involuntaria... toda una alquimia. Una novela es, también, un acto mágico. Refleja lo que el autor lleva dentro sin que casi sepa que va tan cargado de lastre”.

Mónica Lavín (DF, 1955) es autora de novelas, cuentos y crónicas. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, Narrativa de Colima por Café cortado y Premio Iberoamericano de Novela Elena...

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