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La voluntad de publicar: Resistencia

Mónica Lavín

Ser editor independiente tiene algo de quijotesco. Sobre todo en un país de pocos lectores. El editor apuesta, hay una persona con ciertos gustos, olfato y deseo de dar difusión a las obras literarias, en vez de una editorial que con sistemas de evaluación de las obras que recibe, decide si sí o no. El criterio comercial pesa sobre el sueldo de los muchos empleados. El editor independiente se la juega de otra manera. Tirajes pequeños, coediciones. En México, como en el mundo, las editoriales independientes están haciendo un papel extraordinario. Baste ir a la feria que las reúne año con año en la Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica. Joaquín Mortiz, por ejemplo, en su tiempo fue una editorial independiente (hoy parte del grupo Planeta), que dio a conocer a Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Agustín, y que resultó la plataforma de prestigio paras las generaciones siguientes.

Hace unos días se dio a conocer al ganador del Premio Lipp, un premio a semejanza del parisino, que otorga un restaurante, el Brasserie Lipp, y en el caso de México, comparte con la Secretaría de Cultura. Al jurado, del que soy parte, después de leer más de 40 obras concursantes, nos llamó la atención, al abrir la plica, el nombre del autor, Rafael Baldini (que recuerda mucho al Arturo Bandini de John Fante), periodista de origen argentino, radicado en México desde hace más de 30 años, que concursaba con su primera novela (como lo supimos el día de la entrega del premio), Un gato en el Caribe. Luego nos sorprendió el nombre de la editorial Resistencia, la misma editorial del premio de la emisión anterior cuando lo obtuvo Rogelio Flores con Un millón de gusanos. El V premio, que fue el que se otorgó este año, abrió su convocatoria ampliándola a autores de cualquier edad y sin importar las muchas o pocas novelas que hubiesen publicado. Resistencia había vuelto a enviar una de sus novelas por publicar (ya que esta es la particularidad de este premio, las novelas deben formar parte del programa de producción de las editoriales) y había acertado con esta primera novela de Baldini, que a su vez estaba sorprendido. Dijo que llevaba tiempo escribiendo esta historia ubicada en Belice en los años 70, una novela negra con un enorme brío narrativo y de lenguaje con personajes fuera de serie, y que no pensaba ni publicarla. Pero la editora Josefina Larragoiti lo animó, la metió a concurso y ganó.

Los resultados de este concurso ponen sobre la mesa el papel de las editoriales independientes que apuestan sobre calidades literarias y propuestas frescas, que toman riesgos distintos, que toman riesgos punto. Que creen en ciertos libros y que están formando su catálogo con una vocación romántica: más acto de fe que ecuación práctica. Resistencia fue fundada en 1998 por Larragoiti, entre sus propuestas está el material gráfico, la ilustración de obra o la elaboración de objetos o juegos a partir del trabajo con artistas plásticos como Arturo Rivera, Gilberto Aceves Navarro, Felipe Ehrenberg. Una clásica Agenda de la Luna es su caballito de pelea cuyas ventas año con año proveen parte de los recursos para otros atrevimientos. Si algunas veces ha coeditado con instituciones y estados, Larragoiti se precia de sobrevivir por cuenta propia. La narrativa y poesía de autores nuevos, jóvenes, primeras obras de varios, antologías audaces de jóvenes poetas como los tres tomos de Hasta agotar la existencia son su interés primordial. El libro de poesía de Indran Amirtanagayam, de Sri Lanka, traducido al español e ilustrado por Gerardo Cantú, obtuvo mención bronce en el Premio Quorum de Diseño 2006, por su propuesta de diseño editorial.  Baste este retrato para reconocer la importancia de las editoriales independientes en el panorama de las publicaciones literarias. Son un oasis, cuyos resultados se miran, como en dos premios consecutivos Lipp para la editorial Resistencia. Un premio no debe ser sólo una satisfacción privada, debe ser puente con el lector, como sucede en la tradición anglófona donde los premios sí importan y leer un Pullitzer o un Booker es una garantía. La tradición en los premios se crea poco a poco, es también una vocación romántica que vale la pena mantener y crecer, y que convoque lectores.

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