La noticia era esperada. Aún así, cuando la oposición siria anunció el jueves que era poco realista pensar que las conversaciones proyectadas para fines de enero se llevarían a cabo, seguimos esperando que un milagro pudiera salvar a esas pláticas. Pero la verdad es que 2016 no arranca bien para Siria. No que 2015 hubiese sido un buen año, lejos de ello. Pero en medio del caos, el último trimestre parecía empezar a mostrar señales de acercamiento entre las muy diversas partes que componen el conflicto. Tras la aproximación entre las administraciones Obama y Rouhani, Irán había sido finalmente incluido en las negociaciones para Siria. Rusia y sus rivales geopolíticos parecían empezar a detectar terrenos comunes. Incluso Turquía, quien había marcado la salida de Assad como condición necesaria para iniciar cualquier negociación, exhibía cierta flexibilidad en esa postura. En ese entorno, varias de las milicias y grupos rebeldes que hoy combaten en Siria, también terminaron el año dándonos esperanzas desde su reunión en Riad. Todo parecía listo para iniciar 2016 con una conferencia internacional de paz. No era más que un principio, pero era algo. Sin embargo, no habíamos terminado de comernos las uvas y bebernos la champaña, cuando los dos grandes rivales regionales, Irán y Arabia Saudita, arrancaban el año con la escalada de su enfrentamiento diplomático, lo que sin duda arroja, entre otras cosas, lamentables consecuencias para este proceso de negociaciones. Veamos por qué.

Siria no es un conflicto, sino muchos conflictos. A nivel interno, lo que inició como una lucha política, se fue transformando en una guerra con múltiples componentes, algunos de ellos religiosos y sectarios, algunos de ellos puramente locales, otros transnacionales e internacionales. Algunos de los actores que se enfrentan incluyen: (1) El presidente Assad y sus fuerzas regulares, (2) Fuerzas irregulares de sirios que apoyan al presidente Assad. Contra ellos luchan: (3) El mal llamado “Ejército” Sirio de Liberación, el cual es en realidad un paraguas que agrupa a decenas de milicias no todas operando bajo un mismo mando o de manera coordinada, (4) Milicias islámicas locales, (5) El frente Al Nusra, la organización local afiliada a Al Qaeda, la cual se compone principalmente de militantes sirios, pero que también incluye militantes extranjeros. (Muchas de estas milicias y actores no solo combaten contra Assad, sino que combaten entre sí. En 2015, finalmente se formó una coalición o frente más o menos unido entre algunas de esas muy diversas milicias, tanto las islámicas como algunas de las laicas. Esa coalición consiguió importantes victorias en contra del presidente), y (6) Contra todos, pelea Daesh (ISIS o “Estado Islámico”), la cual hasta 2014 formaba parte de Al Qaeda. Esta organización está inicialmente compuesta de iraquíes y extranjeros de muchos otros países de la región y fuera de ella. Hoy, sin embargo, ISIS cuenta también con gran cantidad de combatientes sirios. No todos ellos, por cierto, se unen a esta organización por cuestiones ideológicas, como lo relata Marwan Hisham para el New York Times desde Raqqa, Siria. Muchos se ven obligados a sumarse ya sea por la coerción, o bien por la paga, en un entorno donde el dinero puede salvar el pellejo o el de la familia.

A nivel regional, Siria es el terreno de choque de dos grandes ejes. De un lado, el eje chiíta liderado por Irán y del otro, el eje sunita liderado por Arabia Saudita y por Turquía (a veces también enfrentadas entre sí). Irán aporta a Assad dinero, armas, y personal militar de élite. Adicionalmente, dentro de este eje, al lado de Assad combate la milicia libanesa chiíta de Hezbollah, fundada, armada, entrenada y financiada por Teherán. Del otro lado, Arabia Saudita, Turquía, Qatar y otros países aliados, apoyan, financian y arman a distintas milicias rebeldes para combatir a Assad. Por otra parte, Israel, enemigo de muchos de los actores que combaten en Siria, interviene militarmente cada vez que detecta que las posiciones o la fuerza de Hezbollah (o directamente de Irán), se fortalecen.

Por si lo anterior no fuera suficiente, Siria es también escenario de enfrentamiento entre potencias globales. De un lado, Estados Unidos y sus aliados apoyan, financian y arman a la rebelión desde hace años, y del otro, Rusia financia y arma a Assad, además de apoyarlo diplomáticamente desde el inicio de la guerra. Con la emergencia y crecimiento de ISIS en 2014, el conflicto se complicó aún más. Washington decidió finalmente entrar al terreno de lucha, pero no enfrentándose a Assad, sino liderando una coalición de países para bombardear a ISIS, tanto en Irak como en Siria. Rusia por su parte, decide también entrar de manera directa para fortalecer la posición de Assad, y lo hace combatiendo a ISIS, pero más contundentemente, atacando a toda clase de milicias rebeldes, muchas de las cuales son apoyadas por Washington y/o sus aliados regionales.

Esta complejidad conlleva múltiples repercusiones. Entre otras: (a) Dado que los diversos actores internos cuentan con respaldo regional e internacional, se produce un equilibrio que prolonga la guerra. Cada vez que una de las partes es debilitada en el terreno de combate, llega armamento fresco, financiamiento, o respaldo indirecto o directo por parte de alguna potencia, que le revive y le coloca en posición de seguir peleando, (b) Muchos de los actores tienen más de un enemigo en el conflicto, lo que les orilla a veces a tomar decisiones de no enfrentar a cierto oponente, para que éste luche contra algún otro enemigo considerado prioritario. Por ejemplo, en ciertos momentos, el presidente Assad decide no combatir a ISIS para que esta organización enfrente a otros enemigos del régimen. O bien, Turquía en un principio se niega a participar en la coalición contra ISIS porque en su cálculo, ello fortalecería a Assad, su enemigo mayor. El resultado de este tipo de decisiones es que todo el tiempo hay actores que se debilitan, pero paralelamente hay otros actores que se fortalecen, situación que también tiende a prolongar el conflicto. Por último, (c) Como consecuencia de todo lo anterior, una resolución eficaz para esta complejísima guerra, debe por fuerza incluir terrenos comunes entre los múltiples actores internos, transnacionales e internacionales. Esta última es la parte más difícil porque no basta que Assad y la “rebelión” se pongan de acuerdo. Es necesario, además, que los intereses de Moscú y Washington, y los de los ejes de potencias sunitas y chiítas, estén todos alineados.

Lo que sucedió el año pasado es que varias de las potencias implicadas fueron víctimas directas o indirectas de ISIS. Ello resultó en la identificación de un enemigo común y, por tanto, en la confluencia de algunos de sus intereses. Si bien ello no se traduce automáticamente en acuerdos, estos países estuvieron dispuestos a explorar posibles vías de salida y empujaron a distintos actores internos a hacer lo propio. Al final del año pasado, ocurre en Riad una cumbre en donde varias fuerzas opositoras encuentran bases para sumar sus posiciones y dejan el terreno listo para 2016 que parecía iniciar con la esperanza. Sin embargo, cuando Arabia Saudita e Irán escalan su enfrentamiento y rompen relaciones diplomáticas, las consecuencias para el conflicto sirio son inmediatas, lo que se está empezando a reflejar en las posturas de los actores internos enfrentados. Tendremos que ver si Washington y Moscú tienen la voluntad y capacidad de disminuir las tensiones entre Riad y Teherán, y de ofrecer siquiera algo de esperanza, ya no digamos a los millones de refugiados y desplazados de los últimos años, sino a los otros millones de víctimas que se van a producir en este 2016 si no se alcanza pronto una solución a la guerra más dramática del siglo que corre.

Twitter: @maurimm

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