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Alepo: tablero de ajedrez

Luis Herrera-Lasso

Rusia, Turquía e Irán están de acuerdo en que la salida al conflicto sirio debe incluir que Bashar al-Ásad siga en el poder

Aleppo es la segunda ciudad de Siria. Ciudad histórica en las orillas del Éufrates, capital económica del país y baluarte de la gastronomía árabe, catalogada por la UNESCO patrimonio histórico de la humanidad. El 85% de la población es sunní, aunque tiene una minoría de 15% de congregaciones cristianas orientales.

Aleppo perdió su encantó a partir de 2012 al convertirse en campo de batalla entre las fuerzas de Bashar al-Ásad y la oposición. La mayor parte de sus 2.5 millones de habitantes han perdido al menos un pariente, parte o todo su patrimonio y ahora viven fuera o sobreviven. Y la guerra continúa, con un saldo de un cuarto de millón de muertos en el país y sin visos de solución.

El llamado Estado Islámico es el enemigo común declarado de vecinos y amigos, pero esto no queda claro en los hechos. Estados Unidos y Europa, otrora actores claves en el acontecer del Medio Oriente, se encuentran inmersos en sus propios problemas. V. Putin, al ver la inactividad de Occidente, decidió que era el momento para recuperar influencia en la zona. Con el pretexto de combatir al Estado Islámico, lleva dos años apoyando militarmente al presidente sirio en su lucha contra la oposición. Y no pierde oportunidad de seguir avanzando.

El 15 de julio, Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía de 2014 a la fecha (primer ministro de 2005 a 2014), es objeto de una intentona de golpe de Estado por un segmento del ejército. Su reacción es extrema. Al punto que acaba de anunciar la salida de 38 mil presos por delitos del fuero común para dejar espacio en las prisiones a 17 mil detenidos: militares, policías y civiles, considerados desleales. Los europeos ciertamente alzaron la ceja. Solamente Siria, Irán y Rusia se hicieron solidarios con Erdogan, quien el 9 de agosto visitó a Putin en Moscú. Hace seis meses se esperaba un choque inevitable entre Rusia y Turquía y ahora son aliados en Siria.

Pero ahí no termina la historia. Después de siete décadas de relación que podría calificarse de distante entre Rusia e Irán, el gobierno persa anuncia haber habilitado una pista en Hamadán, al noroeste de Irán, para la salida de aviones rusos hacia Aleppo. Los bombarderos rusos ahora sólo deben recorrer 900 kilómetros, en lugar de los 2 mil que la separan de Rusia.

Rusia, Turquía e Irán están de acuerdo en que cualquier salida al conflicto en Siria debe contemplar la permanencia en el poder de al-Ásad, heredero de Háfez al-Ásad, que con un golpe de Estado llegó al poder en 1971. Para Bashar al-Ásad, Siria constituye patrimonio familiar. Para asegurarse en el poder, al que llega en el año 2000 con 97% de los votos como único contendiente, se mantienen vigentes las leyes de 1963, cuando se instauró el régimen militar que “prohíbe el derecho a formar asociaciones, organizaciones o partidos políticos para expresar o defender sus opiniones”.

Vladimir Putin ha sido muy claro al señalar que esta alianza servirá para combatir el terrorismo y al extremismo. El terrorismo por definición es extremista, de donde sólo queda pensar que el enemigo es también la oposición a al-Ásad en Siria, y quizás el principal.

En la vuelta al pasado cabe recordar que los tres países en mención fueron imperios. El Imperio Persa, el Imperio Otomano y el Imperio Ruso. Los otomanos y los persas de hoy pertenecen a las dos ramas opuestas del Islam, los primeros sunnitas, los segundos chiítas. Siria hace tiempo cayó de la gracia de los árabes musulmanes de la Península Arábiga. Difícil imaginar cómo la nueva tríada se repartirá el botín, mientras China se mantiene en silencio, Estados Unidos en su debacle electoral y los europeos en sus intentos de no desintegración.

Especialista en temas de seguridad y política exterior

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